La escena de auténtico rostro popular

A partir del próximo fin de semana, el Conjunto Folclórico Nacional conmemorará su medio siglo de existencia con una temporada en el teatro Mella

PEDRO DE LA HOZ

Foto: Luis KordaEl 7 de mayo de 1962 un grupo de hombres y mujeres irrumpía en un palacete de la Plaza de la Catedral que hasta poco antes había sido la sede de un banco. Viejos y jóvenes, vendedores ambulantes y lavanderas, albañiles y fregadores de autos, empleados públicos y carpinteros, voceadores de periódicos y estibadores, antiguos buscavidas y amas de casa —con los dedos de las manos se contaban otros que poseían experiencia acreditada como artistas— comenzaban a vivir la aventura de crear la primera compañía profesional dedicada al rescate, conservación y desarrollo de las expresiones folclóricas.

Todos, sin embargo, eran dueños de un inapreciable tesoro. Portadores de una sabiduría ancestral, llevaban en la sangre los cantos y las danzas heredadas de varias generaciones y mantenían vivas esas tradiciones.

"La fundación del Conjunto Folclórico Nacional (CFN) —cuenta ahora Rogelio Martínez Furé, ese cubano reyoyo de la estirpe de Fernando Ortiz— solo se explica por la existencia de la Revolución, que desde un inicio en su política cultural le dio importancia a esa zona de la creación vital para el alma de la nación y que siempre había sido preterida, discriminada y marginada por las elites. No fue fácil impulsar el proyecto; había muchos prejuicios y numerosos obstáculos; desde los que pensaban que aquello representaba atraso, o era cosa de negros, o implicaba dar carta blanca a la brujería, hasta los que creían que no podía ser serio profesionalizar a personas de origen humilde, sin instrucción".

"Pero en menos de un año —recuerda— llevamos a las tablas un programa que dejó a muchos boquiabiertos: el ciclo congo, el ciclo yoruba y para cerrar, la obra Rumbas y comparsas. Desde un principio dejamos en claro nuestros fundamentos: el Conjunto no pretendía una reproducción etnográfica del sustrato folclórico, algo imposible, pues el folclor solo se produce en las comunidades y familias como expresión espiritual propia de su entorno social. El conjunto nacía para representar obras que reflejaran el folclor; obras, por tanto, con una dramaturgia escénica, con un sentido del espectáculo. Y ya desde entonces prestamos atención a la diversidad de nuestra cultura popular: a las músicas y danzas de nuestros campos y ciudades, a lo ritual y lo profano, a lo que nos venía de África, pero también de Europa, y mucho más importante, a lo que se había originado en el proceso de construcción de nuestra identidad".

Junto a Rogelio en aquel momento fundacional estuvo el coreógrafo mexicano Rodolfo Reyes, cuya experiencia resultó decisiva para el montaje del repertorio. Mas no deben olvidarse otros ángeles tutelares: Isabel Monal, al frente del teatro Nacional; Raquel y Vicente Revuelta, que arroparon los principales protagonistas; a la inolvidable Gilda Hernández y, desde luego, al esencial Argeliers León. Y, claro está, nada hubiera sido posible sin el fuego y la inteligencia popular de maestros como Jesús Pérez, Nieves Fresneda, Zenaida Armenteros, Manuela Alonso, el Goyo, Felipe Alfonso, Isora Pedroso, Julián Villa, los Pelladito, Lázaro Ros y tantos otros que sucesivamente, como reconoce el actual director general del CFN, abonaron la senda para que las nuevas generaciones, ya formadas en el sistema de la enseñanza artística creado por la Revolución, convirtieran a la compañía en una institución de acendrada cubanía y proyección universal.

 

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