Ellos, de pie, en las afueras de la Sala Villena de la UNEAC,
conversaban animadamente con el maestro Guido López Gavilán, quien
los había invitado a presentarse en la instalación. Ella pianista;
guitarrista él, los músicos traían bajo la manga un proyecto que
conserva mucho de exploración y de descubrimiento. Tanto como lo
tiene una iniciativa que busca acercar los mundos de la música
clásica y el flamenco, un cruce de caminos que, a pesar de algunas
aproximaciones, aún permanece como una tierra ignota ante los ojos
del gran público.
Serge López fue el primero en subir al íntimo y cálido escenario.
Saludó al público con gestos nerviosos— que se revelaron más tarde
como una de las marcas de su identidad— y comenzó a repasar su
repertorio con una proyección escénica trabajada con la austeridad
de un bardo que prefiere los espacios pequeños a las multitudes.
Armado únicamente con su voz y la guitarra, el intérprete y
compositor apenas conversaba entre tema y tema, como si no quisiera
perder el hilo anecdótico de esas canciones, contadas sobre todo a
ritmo de bulerías, a las que ancló sus sueños, sus reivindicaciones
y sus andanzas por la vida.
Serge, en efecto, encarna el paradigma del artista flamenco que
va por el mundo sin rumbo fijo para ofrecer un retrato de sus
orígenes, de sus incansables búsquedas espirituales y de su relación
con las diferentes culturas universales de las que ha formado parte
para dejarlas grabadas luego en su obra.
Desde los primeros instantes el público quedó prendido de sus
historias. Tristes, nostálgicas, de despedidas y reencuentros.
Canciones que parecen hechas a la medida de esos seres noctámbulos
—en los que muchos nos hemos convertido alguna vez— que apuran la
noche entre recuerdos, copas, deseos de aventuras y melodías llenas
de soledad.
Natalie Marín lo acompañó en la segunda parte de la velada. La
pianista eligió recrear, entre otras, obras de Debussy y Ravel
mientras Serge la secundaba desde la guitarra. En principio, quizás,
no se percibía con lujo de detalles cómo sería el resultado final de
la unión entre ambos lenguajes definidos por sensibilidades y
orígenes tan distintos.
Pero a medida que acoplaban sus diversas maneras de entender el
arte sonoro, los instrumentistas demostraban que habían realizado
una de sus mejores jugadas individuales al embarcarse en un proyecto
que rompe fronteras entre el flamenco y la llamada música culta, y
ofrece múltiples posibilidades para un diálogo solvente entre ambos
géneros.
Esta idea volverá a ser retomada por ambos en un futuro cercano.
Ya la habían mostrado con antelación en otros escenarios
internacionales donde, según Natalie, despertó el interés del
público y la crítica. Y en La Habana no fue la excepción.