En
una parte de su exageradamente aclamada Hugo, Martin Scorsese
le hace decir a Georges Méliès (Ben Kingsley) que fueron el tiempo y
su propia incapacidad para renovarse lo que hicieron que se
olvidaran de él. Una verdad tan aplastante como que esa misma
necesidad de transformación artística la busca el director
norteamericano con su película, que llegó a la entrega de los Oscar
de este año con catorce nominaciones y terminó adjudicándose solo
los denominados "premios técnicos" (aunque el arte no deje de estar
presente en cada uno de ellos): fotografía, dirección artística,
edición de sonido, mezcla y efectos visuales.
Reconocimientos que, según la escala de valores de la Academia,
hacen pensar en fastuosidad, producción millonaria (170 millones de
dólares costó Hugo) y, para rematar, Tercera Dimensión (3D)
como garantía de una visualidad arrolladora.
El maestro Martin Scorsese enganchado por primera vez en la 3D y
él, que además de excelente realizador es un teórico del cine,
defendiéndola como lenguaje del futuro.
Pero sabe Scorsese que al menos que no cambien los gustos masivos
trabajados por la industria —y que son los que deciden en el negocio
del cine—, en 3D no podrá realizar contundencias artísticas al
estilo de Taxi Driver y Toro salvaje.
Hugo permite entonces hablar del primer "filme familiar" de
Scorsese, que como todos los realizados en 3D debe, además de
deslumbrar, estar concebido para un público que incluya a los niños,
a los padres, a los abuelos y hasta al mismísimo gato inteligente de
la casa
Poco criticable el concepto de "filme abarcador", si no fuera por
los límites y concesiones que se imponen (o imponen los 170
millones).
Vista en su conjunto, Hugo es una espectacular cinta
desbordada de imágenes memorables y, lo mejor, el homenaje que se le
brinda a Georges Méliès, el primero que, mientras los Lumière se
empeñaban en atrapar solo imágenes documentales, comprendió que el
cine podía ser una fábrica de ilusiones, que no por gusto mago había
sido él, y baste con recordar su Viaje a la luna (1902), obra
maestra del trucaje.
Esa reconstrucción del mundo de Méliès valdría toda la película.
Y también la historia central, que habla de un niño que en los años
veinte del siglo pasado vive escondido en la estación de trenes de
París y se encarga de arreglar allí los grandes relojes, mientras su
tío borrachín permanece perdido. Un niño huérfano que, además, está
obsesionado con componer un robot misterioso, regalo de su padre,
también relojero.
Sin embargo, en sus propósitos de balancear emociones y momentos
de humor, el director supera con poco lo dramáticamente trillado
para una película comercial concebida con una fuerte carga infantil.
O lo que es lo mismo: lo predecible se impone bastante y hasta lo
cómico, con Sacha Baron como un fiero guardián de la estación de
ferrocarriles, resulta discutible, además de que a la película le
sobran personajes que la alargan innecesariamente.
¿Recomendaciones?
No nos perdamos el espectáculo Hugo, pero tengamos en
cuenta que para disfrutar sin reparos la cinta en todos sus
componentes, sería bueno sumirnos en aquella misma magia de las
matinés dominicales, que alguna vez dejamos prendida en una butaca.