Crónica de un espectador

Hugo

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

En una parte de su exageradamente aclamada Hugo, Martin Scorsese le hace decir a Georges Méliès (Ben Kingsley) que fueron el tiempo y su propia incapacidad para renovarse lo que hicieron que se olvidaran de él. Una verdad tan aplastante como que esa misma necesidad de transformación artística la busca el director norteamericano con su película, que llegó a la entrega de los Oscar de este año con catorce nominaciones y terminó adjudicándose solo los denominados "premios técnicos" (aunque el arte no deje de estar presente en cada uno de ellos): fotografía, dirección artística, edición de sonido, mezcla y efectos visuales.

Reconocimientos que, según la escala de valores de la Academia, hacen pensar en fastuosidad, producción millonaria (170 millones de dólares costó Hugo) y, para rematar, Tercera Dimensión (3D) como garantía de una visualidad arrolladora.

El maestro Martin Scorsese enganchado por primera vez en la 3D y él, que además de excelente realizador es un teórico del cine, defendiéndola como lenguaje del futuro.

Pero sabe Scorsese que al menos que no cambien los gustos masivos trabajados por la industria —y que son los que deciden en el negocio del cine—, en 3D no podrá realizar contundencias artísticas al estilo de Taxi Driver y Toro salvaje.

Hugo permite entonces hablar del primer "filme familiar" de Scorsese, que como todos los realizados en 3D debe, además de deslumbrar, estar concebido para un público que incluya a los niños, a los padres, a los abuelos y hasta al mismísimo gato inteligente de la casa

Poco criticable el concepto de "filme abarcador", si no fuera por los límites y concesiones que se imponen (o imponen los 170 millones).

Vista en su conjunto, Hugo es una espectacular cinta desbordada de imágenes memorables y, lo mejor, el homenaje que se le brinda a Georges Méliès, el primero que, mientras los Lumière se empeñaban en atrapar solo imágenes documentales, comprendió que el cine podía ser una fábrica de ilusiones, que no por gusto mago había sido él, y baste con recordar su Viaje a la luna (1902), obra maestra del trucaje.

Esa reconstrucción del mundo de Méliès valdría toda la película. Y también la historia central, que habla de un niño que en los años veinte del siglo pasado vive escondido en la estación de trenes de París y se encarga de arreglar allí los grandes relojes, mientras su tío borrachín permanece perdido. Un niño huérfano que, además, está obsesionado con componer un robot misterioso, regalo de su padre, también relojero.

Sin embargo, en sus propósitos de balancear emociones y momentos de humor, el director supera con poco lo dramáticamente trillado para una película comercial concebida con una fuerte carga infantil.

O lo que es lo mismo: lo predecible se impone bastante y hasta lo cómico, con Sacha Baron como un fiero guardián de la estación de ferrocarriles, resulta discutible, además de que a la película le sobran personajes que la alargan innecesariamente.

¿Recomendaciones?

No nos perdamos el espectáculo Hugo, pero tengamos en cuenta que para disfrutar sin reparos la cinta en todos sus componentes, sería bueno sumirnos en aquella misma magia de las matinés dominicales, que alguna vez dejamos prendida en una butaca.

 

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