Haití
es una galería a cielo abierto. Las calles de su ciudad parecen un
santuario del arte naif, una mixtura colorida y brillante de magia,
misticismo y realidad cotidiana. Cientos de cuadros, esculturas,
máscaras y decorados de orfebrería se exhiben permanentemente en
muros, aceras y paredones de cada una de las callejuelas de la urbe.
Una breve caminata por Puerto Príncipe es suficiente para
encontrar trazos minuciosos de gran potencia expresiva, figuras
desproporcionadas y contornos definidos —tan característicos de la
corriente naif— en lienzos que abordan temáticas relacionadas con la
vida campesina, la familia, las costumbres y la religión.
Reproducciones exactas de pintores consagrados como Philomé Obin,
Héctor Hyppolite, Bernard Séjourné, Wilson Bigaud y otras, producto
de la imaginación de los artistas, en su mayoría autodidactas,
aparecen a la venta en los lugares más inesperados.
Todo parece indicar que las pinturas haitianas echan por tierra
la tecnología empleada, hoy en día, para el cuidado y durabilidad
del arte. Desafían inmutables el tiempo y permanecen al aire libre
como garantía de su calidad. Aún después del terremoto, cuando se
destruyeron galerías y museos y la nación perdió sus principales
obras de arte, las calles volvieron a inundarse de cuadros. No podía
ser de otro modo en un país cuyas artes plásticas ocupan un lugar
especial en la historia del arte.
Reflejo de la expresión y sensación de su gente, el movimiento
pictórico es uno de los elementos más sobresalientes y universales
de la cultura haitiana, nacida de las tradiciones francesas y
africanas. Sin embargo, no siempre fue la nación uno de los mejores
exponentes de la corriente que desarrolló el aduanero Henri Rousseau,
en Francia.
La ingenuidad, el primitivismo, la intuición e instinto del naif
haitiano hicieron su aparición hacia fines de la década del 40 del
pasado siglo. Según explican los estudiosos del tema, fue en 1944
cuando el maestro y artista norteamericano, Dewitt Peters, abrió un
Centro de Arte que rápidamente se convirtió en cátedra de formación
para un gran número de artistas.
De esa manera el arte plástico alcanzó un auge tal dentro del
país que fue escogido para la decoración de la Catedral de la
capital, considerada —antes de su derrumbe hace dos años— monumento
representativo del arte naif de Haití. El país se convirtió, en poco
tiempo, en una cantera inagotable de pintores y autores de la
expresión.
Folclórico, simbólico y espiritual, el naif haitiano de corta
vida todavía y de largo alcance artístico, forma parte de la
idiosincrasia del pueblo y constituye, además, uno de los elementos
identitarios y más gráficos de Haití para el mundo. Cuando en mayo
próximo comience la Oncena Bienal de La Habana también un artista
haitiano, Maksaens Denis, estará presente con una instalación que,
confeccionada con materiales de los escombros de la ciudad, quizás
sea una buena oportunidad para reencontrar los caminos de la
tradición artística de este país.