Desde Haití

Tradiciones naif en las calles

AMELIA DUARTE DE LA ROSA Enviada especial

Foto de la autoraHaití es una galería a cielo abierto. Las calles de su ciudad parecen un santuario del arte naif, una mixtura colorida y brillante de magia, misticismo y realidad cotidiana. Cientos de cuadros, esculturas, máscaras y decorados de orfebrería se exhiben permanentemente en muros, aceras y paredones de cada una de las callejuelas de la urbe.

Una breve caminata por Puerto Príncipe es suficiente para encontrar trazos minuciosos de gran potencia expresiva, figuras desproporcionadas y contornos definidos —tan característicos de la corriente naif— en lienzos que abordan temáticas relacionadas con la vida campesina, la familia, las costumbres y la religión. Reproducciones exactas de pintores consagrados como Philomé Obin, Héctor Hyppolite, Bernard Séjourné, Wilson Bigaud y otras, producto de la imaginación de los artistas, en su mayoría autodidactas, aparecen a la venta en los lugares más inesperados.

Todo parece indicar que las pinturas haitianas echan por tierra la tecnología empleada, hoy en día, para el cuidado y durabilidad del arte. Desafían inmutables el tiempo y permanecen al aire libre como garantía de su calidad. Aún después del terremoto, cuando se destruyeron galerías y museos y la nación perdió sus principales obras de arte, las calles volvieron a inundarse de cuadros. No podía ser de otro modo en un país cuyas artes plásticas ocupan un lugar especial en la historia del arte.

Reflejo de la expresión y sensación de su gente, el movimiento pictórico es uno de los elementos más sobresalientes y universales de la cultura haitiana, nacida de las tradiciones francesas y africanas. Sin embargo, no siempre fue la nación uno de los mejores exponentes de la corriente que desarrolló el aduanero Henri Rousseau, en Francia.

La ingenuidad, el primitivismo, la intuición e instinto del naif haitiano hicieron su aparición hacia fines de la década del 40 del pasado siglo. Según explican los estudiosos del tema, fue en 1944 cuando el maestro y artista norteamericano, Dewitt Peters, abrió un Centro de Arte que rápidamente se convirtió en cátedra de formación para un gran número de artistas.

De esa manera el arte plástico alcanzó un auge tal dentro del país que fue escogido para la decoración de la Catedral de la capital, considerada —antes de su derrumbe hace dos años— monumento representativo del arte naif de Haití. El país se convirtió, en poco tiempo, en una cantera inagotable de pintores y autores de la expresión.

Folclórico, simbólico y espiritual, el naif haitiano de corta vida todavía y de largo alcance artístico, forma parte de la idiosincrasia del pueblo y constituye, además, uno de los elementos identitarios y más gráficos de Haití para el mundo. Cuando en mayo próximo comience la Oncena Bienal de La Habana también un artista haitiano, Maksaens Denis, estará presente con una instalación que, confeccionada con materiales de los escombros de la ciudad, quizás sea una buena oportunidad para reencontrar los caminos de la tradición artística de este país.

 

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