Hélio Pellegrino, sicoanalista y escritor, decía que no hay nada
más radical que creer en la resurrección de la carne, según lo
profesa el dogma cristiano. Y así lo escribió en su texto Apuesta
pascual.
¿Qué significa creer hoy en la resurrección de la carne? Carne
significa, para la doctrina cristiana, la consistencia material del
Universo. Según el apóstol Pablo no solo resucitarán con Jesús los
seres humanos sino toda la Creación (Romanos 8).
Por más fantasiosa que esta creencia resuene en los oídos de
quien no tiene fe, el hecho es que ella es la única posibilidad de
derrotar a nuestro enemigo ineluctable: la muerte. Esa dama de la
guadaña que, a la luz de la razón, dice la última palabra, aunque la
ciencia se empeñe en prolongar nuestra existencia —en base a
cirugías y ejercicios—, es vencida por la esperanza de que hay luz
al final del túnel.
La Pascua, en su origen hebreo, es un hecho político: bajo el
reinado del faraón Ramsés II, en el 1250 a.C., conducidos por Moisés
los hebreos se liberaron de la esclavitud en Egipto. Basta eso para
que hoy sea conmemorada como incentivo para combatir toda forma de
opresión, prejuicio y discriminación.
Nacemos de la misma manera, al morir tendremos todos el mismo
destino y, mientras tanto, las desigualdades imperan en nuestro modo
de vivir. Diferencias de condiciones sociales y culturales influyen
en nuestras ópticas desfiguradas y, en general, criminales, en
relación al otro. Es el caso del hombre que se cree superior a la
mujer, del blanco que discrimina al negro, del heterosexual con
prejuicio hacia el homo, del rico indiferente ante el pobre.
Ejemplos actuales son la criminalización de los inmigrantes por
parte de los países ricos, la sospecha de que todo musulmán es un
terrorista en potencia y los discursos electorales de los
precandidatos republicanos a las elecciones presidenciales en los
EE.UU.
La Pascua, para los cristianos, además del hecho político
encabezado por Moisés, es sobre todo la proclamación de que Jesús,
asesinado en Jerusalén hacia el año 30 de nuestra era, condenado por
dos poderes políticos, venció a la muerte y manifestó su naturaleza
también divina.
Una fe que comporta la creencia en la divinidad de un predicador
tenido por subversivo por las autoridades de su tiempo, debe al
menos preguntarse: ¿por qué lo asesinaron? ¿no era un hombre bueno?
¿no hizo solo el bien?
La fe vacía el sentido de la resurrección de Jesús cuando no se
pregunta por las razones de su muerte. Él no quería morir. Le
suplicó a Dios, al que trataba con la intimidad relacional de un
hombre a su padre, que alejase de él aquel cáliz de sangre. Tuvo
miedo. Se refugió en una plantación de olivos. Apresado, no negó lo
que había hecho y predicado, y pagó con la vida su coherencia.
Asesinaron a Jesús porque él quería lo obvio. Esto obvio es tan
obvio que, todavía hoy, muchos fingen no verlo: vida en plenitud
para todos (Juan 10,10). Y no es preciso saber economía, basta con
usar la aritmética para darse cuenta de que hay suficiente riqueza
en el mundo para asegurar una vida digna a sus siete mil millones de
habitantes.
La renta mundial per cápita es hoy de 9 390 dólares. Sin embargo,
basta mirar alrededor para ver a nuestros semejantes tirados por las
aceras, rebuscando en la basura para alimentarse, viviendo en
champas, sometidos a trabajo esclavo. Basta con mirar un canal de TV
para encontrarse con el rostro cadavérico de los africanos
hambrientos. Basta con hojear el periódico de cada día para leer que
dos tercios de la humanidad todavía viven por debajo de la línea de
la pobreza. Y que el 20 % de la población concentra en sus manos el
84 % de la riqueza global.
Pascua significa paso, travesía. El domingo nosotros, los
cristianos, iremos a la iglesia a celebrar esta que es la más
importante fiesta litúrgica. ¿Y qué cambiará en nuestras vidas?
¿Saldremos de nuestro conformismo para ayudar a romper las ataduras
de la opresión? ¿Vamos a cambiar nuestra óptica del lugar del
opresor para encarar la realidad a través de los ojos del oprimido,
como sugería Paulo Freire?
Es fácil tener religión y profesar la fe en Jesús. Lo difícil es
tener la espiritualidad y la fe de Jesús.