Como el tango o el flamenco, la rumba es un estado de gracia. Y
como tal se expresó a lo largo de las jornadas del Fórum
Internacional Timbalaye 2012, que aconteció en la capital italiana
en el inicio de esta primavera.
Uno de los escenarios principales del encuentro fue el Centro
Malafronte de la Asociación Recreativa Cultural Italiana (ARCI).
Allí radica el taller que, dirigido por Ulises Mora e Irma Castillo,
ha hecho de la expresión rumbera una fortaleza en esta parte del
mundo.
Daniele Lorenzi, ejecutivo de ARCI, explicó a Granma que
la realización del Fórum se inscribe como un nuevo hito en la larga
y profunda colaboración entre la organización y las instituciones
culturales de la Cuba revolucionaria.
"Este empeño se corresponde —explicó— con los principios de una
asociación defensora del multiculturalismo, la diversidad cultural
y, sobre todo, de los valores humanistas que compartimos."
Las estrellas docentes del taller vinieron de Cuba especialmente
para el evento: Pedro Celestino Fariñas y Orlando Alonso.
A Fariñas la rumba le sale por los poros. Posee una voz de
barítono curada en la academia de la calle. Alto y delgado como un
junco, recuerda un ceremil de cantos pero también improvisa como un
felino. Muestra su dentadura dorada como si en ella habitara su luz
interior. Caballo de batalla en algunas de las agrupaciones por las
que ha transitado, entre ellas Yoruba Andabo, se desempeña desde
hace más de una década como maestro de folclor en el Ballet de la
Televisión Cubana.
Alonso es conocido como Orlando, el Bailarín. A los 78 años de
edad responde a la guía de la percusión sin perder la elegancia de
los movimientos ni la dinámica gestual. El genio le viene por vía
materna: Manuela Alonso, fundadora del Conjunto Folclórico Nacional,
figura en el panteón de las grandes rumberas cubanas de todos los
tiempos.
Fariñas y Orlando impartieron lecciones de vida; la rumba como
sentimiento y estilo, convicción y renuevo. Bambúes, columbias,
guaguancoes de recia estirpe y fina estampa. Guardianes de la
tradición y a la vez con los poros abiertos a la modernidad.
Al término del taller se presentó la segunda entrega de la
revista Timbalaye, que con una frecuencia bianual aspira a reflejar
no solo la dinámica social del proyecto sino también el conocimiento
de diversos aspectos de la cultura popular cubana y de sus
principales estudiosos.
Es así que en las páginas del número, coordinado editorialmente
por la musicóloga Cary Diez, laureada productora musical, se
consagró un apartado a la labor investigativa fundacional de
Argeliers León y se registran valoraciones, de Miguel Barnet, María
Teresa Linares y la poetisa Nancy Morejón.
A esas alturas del evento se supo que desde La Habana quedaba
instalado un fórum digital sobre la rumba en el portal de Cubarte,
con la colaboración de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).
Casi en la despedida se proyectó en uno de los salones de ARCI el
documental sobre la obra de Barnet, Cimarrón, biografía de un
esclavo, del realizador cubano Juan Carlos Tabío.
Luego sonaron los tambores. Julito Dávalos, sacándole chispas al
quinto. Fariñas, invocando al Diablo Tun Tun. El Bailarín, bordando
pasillos indescifrables sobre el tabloncillo. Fiesta de la alegría y
la resistencia, de la identidad y la raíz. Timbalaye abrirá nuevos
capítulos.