Cuando Roma se fue de rumba (III y final)

Lecciones de vida

PEDRO DE LA HOZ, enviado especial
pedro.hg@granma.cip.cu

ROMA.— No basta con enseñar pasos, cantos y toques u ofrecer referencias históricas y contemporáneas de lo que es y debe ser la rumba. Tan importante o más aún, se trata de establecer un espacio de convivencia y comprensión de la autenticidad de un complejo sonoro y danzario que marca, al igual que el son, la heredad de un mestizaje único.

Orlando, el Bailarín, ofrece una lección magistral.

Como el tango o el flamenco, la rumba es un estado de gracia. Y como tal se expresó a lo largo de las jornadas del Fórum Internacional Timbalaye 2012, que aconteció en la capital italiana en el inicio de esta primavera.

Uno de los escenarios principales del encuentro fue el Centro Malafronte de la Asociación Recreativa Cultural Italiana (ARCI). Allí radica el taller que, dirigido por Ulises Mora e Irma Castillo, ha hecho de la expresión rumbera una fortaleza en esta parte del mundo.

Daniele Lorenzi, ejecutivo de ARCI, explicó a Granma que la realización del Fórum se inscribe como un nuevo hito en la larga y profunda colaboración entre la organización y las instituciones culturales de la Cuba revolucionaria.

Pedro Fariñas, el Príncipe de la diana.

"Este empeño se corresponde —explicó— con los principios de una asociación defensora del multiculturalismo, la diversidad cultural y, sobre todo, de los valores humanistas que compartimos."

Las estrellas docentes del taller vinieron de Cuba especialmente para el evento: Pedro Celestino Fariñas y Orlando Alonso.

A Fariñas la rumba le sale por los poros. Posee una voz de barítono curada en la academia de la calle. Alto y delgado como un junco, recuerda un ceremil de cantos pero también improvisa como un felino. Muestra su dentadura dorada como si en ella habitara su luz interior. Caballo de batalla en algunas de las agrupaciones por las que ha transitado, entre ellas Yoruba Andabo, se desempeña desde hace más de una década como maestro de folclor en el Ballet de la Televisión Cubana.

Alonso es conocido como Orlando, el Bailarín. A los 78 años de edad responde a la guía de la percusión sin perder la elegancia de los movimientos ni la dinámica gestual. El genio le viene por vía materna: Manuela Alonso, fundadora del Conjunto Folclórico Nacional, figura en el panteón de las grandes rumberas cubanas de todos los tiempos.

Fariñas y Orlando impartieron lecciones de vida; la rumba como sentimiento y estilo, convicción y renuevo. Bambúes, columbias, guaguancoes de recia estirpe y fina estampa. Guardianes de la tradición y a la vez con los poros abiertos a la modernidad.

Al término del taller se presentó la segunda entrega de la revista Timbalaye, que con una frecuencia bianual aspira a reflejar no solo la dinámica social del proyecto sino también el conocimiento de diversos aspectos de la cultura popular cubana y de sus principales estudiosos.

Es así que en las páginas del número, coordinado editorialmente por la musicóloga Cary Diez, laureada productora musical, se consagró un apartado a la labor investigativa fundacional de Argeliers León y se registran valoraciones, de Miguel Barnet, María Teresa Linares y la poetisa Nancy Morejón.

A esas alturas del evento se supo que desde La Habana quedaba instalado un fórum digital sobre la rumba en el portal de Cubarte, con la colaboración de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Casi en la despedida se proyectó en uno de los salones de ARCI el documental sobre la obra de Barnet, Cimarrón, biografía de un esclavo, del realizador cubano Juan Carlos Tabío.

Luego sonaron los tambores. Julito Dávalos, sacándole chispas al quinto. Fariñas, invocando al Diablo Tun Tun. El Bailarín, bordando pasillos indescifrables sobre el tabloncillo. Fiesta de la alegría y la resistencia, de la identidad y la raíz. Timbalaye abrirá nuevos capítulos.

 

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