Durante un tiempo pensé que la gritería balcón a balcón, o
calle-balcón era un asunto del neorrealismo italiano de los años
cuarenta y cincuenta.
Nada de eso.
Que levante la mano todo testigo de una estridencia callejera que
hubiera hecho enmudecer a Roberto Rossellini, a la mismísima Anna
Magnani en uno de aquellos desgarramientos en blanco y negro que la
hicieron pasar a la historia del cine.
––Los teléfonos, la culpa es de los teléfonos— me dijo hace años
un amigo en tiempos en que las líneas parecían estar recorridas por
un silbido de huracanes y una llamada a Mantilla podía hacer
descolgar un auricular en Remanganaguas.
––Oyeeee... ¿tú me oyes?..., grita que no se oye nada.
Historia antigua, por suerte, la de tener que gritar en los
teléfonos.
Pero se sigue gritando.
Grita una dependiente en la tienda para preguntarle a otra si
quedan ajustadores rosados, y le grita Perico a Chucho en el cine
para decirle que ya llegó y que suba.
En el cine se gritaba fundamentalmente por dos razones
tolerables: en las matinés, los muchachos enloquecidos con las
peripecias de la pantalla, y cuando la película se rompía; aquel
imparable "cojo suelta la botella" del que tanto se ha hablado.
Un cine que se respetara no admitía otro tipo de grito, o al
menos se hacía una advertencia (en algunos, porque en otros, llegaba
el "pa’fuera", sin remedio).
Quizá un día, o dos días, o tres días se pueda gritar (tensiones,
los nervios, amores contrariados, ¿cómo ir al estadio a ver un juego
de pelota y quedarse uno callado...?), pero comunicarse gritando es
una trampa tendida por la barbarie.
Dos personas hablan. Una aporta razones, la otra, pasiones. La
primera analiza, la otra sube el tono; la primera llama a la
reflexión, la otra suelta el primer grito. La primera persona se
cansa, explota y también tensa las cuerdas vocales.
Y el gritón se revuelve de gozo, porque una vez más ha llevado el
debate a su terreno.
Entonces, que griten ellos.