Cuando Roma se fue de rumba (II)

¿Viste?... ¡Agua!

PEDRO DE LA HOZ , Enviado especial
pedro.hg@granma.cip.cu

ROMA.— Una noche insular, caribeña y cálida se prefigura sobre el escenario del Teatro Italia, vetusta edificación que domina la medianía de la Vía Bari, en el corazón de Roma.

Foto: Manuela GrustoIrma Castillo y Ulises Mora, directores del espectáculo y prinicipales animadores de Timbalaye 2012.

Con varios días de antelación se agotan las capacidades para presenciar el espectáculo de gala del Forum Internacional sobre la Rumba Timbalaye 2012.

El público, en su mayoría, sabe a lo que va. Pero ni aun los más enterados, entre ellos los participantes que desde diversos puntos de Europa han respondido a la convocatoria, dejan de sorprenderse ante el despliegue de imágenes, ritmos y ejecuciones coreográficas que, por algo más de hora y media, sostienen la pujanza de una de las más auténticas expresiones de la cultura popular cubana.

La rumba no viene sola. Transita por las imágenes de la apertura, un conciso material audiovisual realizado por el joven creador Brian Delven. Al concebir el espectáculo, su director, Ulises Mora, ha querido arropar la rumba con las músicas y bailes que la nutren, aquellos que arribaron a la Isla con los negros esclavizados, imantados por las deidades originarias y los tambores sagrados. Pero también con otras músicas y bailes surgidos, como la rumba misma, en el proceso de afirmación de una nueva identidad transculturada.

Foto: Manuela GrustoArelys Savón, exsolista del Conjunto Folclórico Nacional y reconocida maestra.

De manera que, como una fulguración, ocupan el proscenio Eleguá con su garabato, Oggún con sus metales, Changó con su hacha de triunfo, Ochún melífera y seductora y Yemayá dómine de las aguas. Y suenan los toques congos. Y se abre el abanico hacia el son a lo Ignacio Piñeiro, los pregones callejeros y la delicadeza de Drume negrita. Tiempo de admirar el ingenio coreográfico de Gipsy García, el señorío de Arelys Savón, la entrega en los pasos de Mario Quintín, la gracia de las muchachas y muchachos italianos de la compañía de Irma y Ulises, y el infalible y recio toque de los tamboreros liderados por Humberto la Película y Julito Acosta.

Desde Nápoles viene Tambumba, el osado y visceral experimento del maestro Giovanni Imparatto, quien alterna y fusiona la tradición de la tamburada napolitana con los efluvios rumberos.

Hasta que gana en profundidad la diana de Pedro Celestino Fariñas y se le hace espacio a las improvisaciones danzarias de Orlando el Bailarín, dos leyendas del folclor que han viajado de uno a otro confín del océano para sentar cátedra, quienes tendrán una mención especial en la tercera y última crónica de esta serie. Basta decir por ahora que al rumbear, ponen aquí de moda una muletilla que repiten al término de cada ejecución: "¿Viste?... ¡Agua!"

Al final todos comprenden mejor las palabras con las que el poeta y etnólogo Miguel Barnet ha abierto la jornada: "La rumba es un sentir, una exaltación, una atmósfera. Lasciva y provocadora huele a patio de solar, a plante ñáñigo, a toque de santo. Es tan cubana que nada la ha podido adulterar. Ni los intentos de modificarla entre las farandulescas luces del cabaret o los espectáculos de music hall. Ella se ha dejado vestir de lentejuelas, pero a la vez, se las ha sabido sacudir cuando el quinto repica con ganas y las cucharas golpean con ardor".

 

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