A juzgar por la cobertura mediática, el actual ciclo electoral
presidencial en Estados Unidos solo tiene como elemento importante
la pugna entre Mitt Romney y Rick Santorum por la nominación
presidencial republicana y la parte demócrata prácticamente no tiene
participación alguna. Como consecuencia se tiene una visión parcial
y sensacionalista de la contienda, con su carga de escándalos,
chismes, declaraciones desafortunadas y acusaciones malintencionadas
con las que los aspirantes republicanos y los PAC y SúperPac que los
apoyan inundan todos los espacios de comunicación televisiva, plana,
radial o de la web.
El tema comienza a aburrir por lo repetitivo y se habla de que
los republicanos sienten ya la "fatiga de las elecciones primarias",
pero la costosa pugna para decidir el nominado como candidato a la
presidencia, en la cual se han invertido cientos de millones de
dólares, pudiera prolongarse hasta que concluyan, a finales de junio
próximo, las primarias, caucuses, convenciones distritales y
estaduales y la Convención Nacional Republicana que se efectuará del
26 al 29 de agosto de este año.
Los dirigentes del Partido Republicano decidieron hacer para las
elecciones del 2012 una reestructuración del proceso de las
primarias; es decir, de las elecciones internas del partido, con la
idea de que la estructura partidista pudiera ejercer un mayor
control sobre la designación de delegados a la Convención Nacional.
Sustituyeron el simple procedimiento anterior en el cual el
aspirante ganador de una primaria o caucus recibía la totalidad de
los delegados a la Convención del estado correspondiente, por un
enrevesado y paulatino mecanismo de asignación que asegurara que
ningún aspirante pudiera obtener, en los primeros meses de la etapa
de primarias, la mitad más uno de los delegados necesarios para
garantizar su nominación presidencial en la Convención. Tomaría
dedicar íntegramente varias ediciones del periódico Granma
para poder ofrecer una explicación medianamente entendible de este
nuevo procedimiento. Ni los analistas norteamericanos han intentado
hacer esa explicación y son cautelosos al adelantar predicciones
sobre cómo y cuándo, en las actuales circunstancias, un candidato
podría contar con los 1 144 delegados que necesita para ser
nominado.
El tiro les ha salido por la culata a los republicanos. Las bases
más conservadoras del partido, descontentas con la actuación de las
estructuras de dirección y cuestionando a sus líderes, han
interpuesto una tenaz resistencia contra la eventualidad de que Mitt
Romney, que cuenta con el respaldo del establishnrent,
resulte nominado para aspirar a la presidencia. El proceso
eleccionario se ha visto sumido en el caos.
Se han celebrado 34 elecciones internas (29 estados y cinco
territorios coloniales) y se han adjudicado casi la mitad de los
delegados (1134), incluyendo 40 de los superdelegados que no son
electos sino que asumen esa condición por derecho propio. Hasta el
26 de junio faltan otros 22 eventos (21 estados y la capital
federal) que adjudicarán 1154 delegados (el 45,9 %).
Según los cómputos de la Associated Press que empleamos (con la
salvedad de que no son exactos por la complejidad apuntada más
arriba), Romney cuenta ya con 563 votos y le restan 581 votos para
alcanzar la nominación. Las cifras para Santorum son mucho más
desventajosas: cuenta con 263 delegados, equivalentes a un 23 % de
los asignados y tendría que obtener 881 delegados en las restantes
primarias, que equivale al 77 % de los que aún no han sido
asignados.
La ventaja alcanzada por Romney es prácticamente decisiva. Ya se
han celebrado las elecciones internas en la mayor parte de los
estados del sur y medio oeste, en los cuales Santorum o cualquier
candidato conservador resultaba favorito producto del predomino de
las bases más conservadoras y de la población rural. Por tanto, la
ruta para el exsenador por Pennsylvania se le hace más cuesta arriba
porque ahora tendrá que presentar batalla en la mayor parte de los
estados más populosos, con grandes centros urbanos y con menos
predominio de elementos del "tea party"; los evangélicos blancos
fundamentalistas y de conservadores acérrimos, tales como New York,
California, New Jersey y Utah (en este último Romney es favorito
absoluto) donde están en juego 337 delegados y la mayoría de los
cuales serán ganados por Romney. Las mejores posibilidades de
triunfo de Santorum están en un reducido grupo de estados, el más
importante de los cuales es su natal Pennsylvania (72 delegados) y
otros como Wisconsin, Indiana, North Carolina, West Virginia,
Montana y South Dakota con 198 delegados en total, cifra muy
distante de la que requiere obtener para disputarle la nominación a
Romney. La táctica de Santorum ha estado concentrada en trabajar los
sectores más conservadores en las zonas rurales o de menor
población, lo cual le ha dado el triunfo en once estados y le ha
permitido ahorrar gastos de propaganda electoral. Mientras, Romney,
disponiendo de más abundantes recursos, ha puesto el énfasis en las
ciudades y centros urbanos y donde las bases del partido son menos
conservadoras o más moderadas, y con esa táctica ha llenado su bolsa
con más del doble de delegados que su rival.
Cada vez es más evidente que, producto del poder del dinero y el
control del establishment republicano sobre los mecanismos
electorales, se impondrá la nominación de Romney, pero también va
concretándose el posible escenario, indeseado y temido por los
republicanos, de una Convención dividida. Lo único que pudiera
evitarlo es que las presiones de la dirigencia republicana y los
ricos donantes que la respaldan convenzan a Santorum de abandonar
sus aspiraciones.
Como hemos señalado con anterioridad, las reglas de la Convención
Republicana establecen que cualquier aspirante que logre la mayoría
simple en al menos cinco estados tendrá que aparecer en la boleta de
la Convención y con su reciente victoria del 24 de marzo en
Louisiana, Santorum ya acumula once triunfos. Es una jugada cantada
porque así lo obliga la regla del partido aun cuando exista un
candidato que acumule a su favor la mitad más uno de los delegados.
Por eso, según algunos rumores que circulan en los círculos
políticos norteamericanos bien informados y de lo que nada se habla
en los medios públicos, los integrantes del equipo de Romney están
hablando privadamente con la gente de Santorum para ofrecerles
algunos cargos en el futuro y eventual gabinete ministerial de
Romney, como incentivo para que aquel abandone su aspiración y lo
apoye en la Convención. Esta es una práctica común en los procesos
electorales presidenciales norteamericanos, pero es poco usual que
se haga en fecha tan temprana.
En cuanto a Obama, exento de las exigencias de un combate
electoral intestino en las filas demócratas, no descuida su
aspiración y tiene organizado un poderoso e impresionante equipo de
campaña electoral que, según un artículo del New York Times del
pasado 8 de marzo, tiene listo un plan de ataque para desatarlo en
cuanto esté claro quién será el nominado como aspirante presidencial
republicano.
El corazón de la maquinaria de Obama radica en un inmenso local
del tamaño de un terreno de fútbol en el complejo de edificios
conocido como One Prudencial Plaza en Chicago. Tiene filiales en
cada uno de los cincuenta estados y en el Distrito de Columbia. Solo
en el One Prudencial Plaza trabajan unas 300 personas que en enero
del 2012 devengaron un salario total de tres millones de dólares.
Decenas de estrategas políticos, analistas de datos, especialistas
de mercadotecnia o productores de web laboran incesantemente
diseñando planes y programas para comunicarse, de manera directa y
constante, con decenas de millones de simpatizantes y posibles
votantes para hacerles llegar los mensajes políticos, instarlos a
registrarse y concurrir a las urnas en las elecciones generales o
solicitarle sus aportes financieros para la campaña electoral. La
actividad se lleva a cabo en un ambiente de secreto y discreción,
empleando las más sofisticadas técnicas y todo el potencial de la
tecnología de la información.
Pero cuando llegue el momento en que se designe el candidato
republicano y se haya puesto algún orden en la casa, la ventaja que
ha logrado Obama tendrá que enfrentarse a un equipo rival que
aplicará técnicas y mecanismos similares y contará con fondos que
nada tendrán que envidiarle al de los demócratas.
La campaña final será muy reñida y Obama tendrá que luchar para
borrar el sentimiento de decepción y frustración en una amplia gama
de votantes demócratas, ante el incumplimiento de las promesas
electorales del actual presidente de Estados Unidos y su tendencia a
conciliar con los grandes intereses económicos y ceder a las
demandas de los sectores más reaccionarios del espectro político
estadounidense. El desarrollo de estos acontecimientos será asunto a
seguir y valorar en los próximos siete meses.