Las elecciones presidenciales del 2012 en Estados Unidos

A mitad de camino, los republicanos siguen en disputa y Obama se prepara

Ramón Sánchez-Parodi Montoto (*)

A juzgar por la cobertura mediática, el actual ciclo electoral presidencial en Estados Unidos solo tiene como elemento importante la pugna entre Mitt Romney y Rick Santorum por la nominación presidencial republicana y la parte demócrata prácticamente no tiene participación alguna. Como consecuencia se tiene una visión parcial y sensacionalista de la contienda, con su carga de escándalos, chismes, declaraciones desafortunadas y acusaciones malintencionadas con las que los aspirantes republicanos y los PAC y SúperPac que los apoyan inundan todos los espacios de comunicación televisiva, plana, radial o de la web.

El tema comienza a aburrir por lo repetitivo y se habla de que los republicanos sienten ya la "fatiga de las elecciones primarias", pero la costosa pugna para decidir el nominado como candidato a la presidencia, en la cual se han invertido cientos de millones de dólares, pudiera prolongarse hasta que concluyan, a finales de junio próximo, las primarias, caucuses, convenciones distritales y estaduales y la Convención Nacional Republicana que se efectuará del 26 al 29 de agosto de este año.

Los dirigentes del Partido Republicano decidieron hacer para las elecciones del 2012 una reestructuración del proceso de las primarias; es decir, de las elecciones internas del partido, con la idea de que la estructura partidista pudiera ejercer un mayor control sobre la designación de delegados a la Convención Nacional. Sustituyeron el simple procedimiento anterior en el cual el aspirante ganador de una primaria o caucus recibía la totalidad de los delegados a la Convención del estado correspondiente, por un enrevesado y paulatino mecanismo de asignación que asegurara que ningún aspirante pudiera obtener, en los primeros meses de la etapa de primarias, la mitad más uno de los delegados necesarios para garantizar su nominación presidencial en la Convención. Tomaría dedicar íntegramente varias ediciones del periódico Granma para poder ofrecer una explicación medianamente entendible de este nuevo procedimiento. Ni los analistas norteamericanos han intentado hacer esa explicación y son cautelosos al adelantar predicciones sobre cómo y cuándo, en las actuales circunstancias, un candidato podría contar con los 1 144 delegados que necesita para ser nominado.

El tiro les ha salido por la culata a los republicanos. Las bases más conservadoras del partido, descontentas con la actuación de las estructuras de dirección y cuestionando a sus líderes, han interpuesto una tenaz resistencia contra la eventualidad de que Mitt Romney, que cuenta con el respaldo del establishnrent, resulte nominado para aspirar a la presidencia. El proceso eleccionario se ha visto sumido en el caos.

Se han celebrado 34 elecciones internas (29 estados y cinco territorios coloniales) y se han adjudicado casi la mitad de los delegados (1134), incluyendo 40 de los superdelegados que no son electos sino que asumen esa condición por derecho propio. Hasta el 26 de junio faltan otros 22 eventos (21 estados y la capital federal) que adjudicarán 1154 delegados (el 45,9 %).

Según los cómputos de la Associated Press que empleamos (con la salvedad de que no son exactos por la complejidad apuntada más arriba), Romney cuenta ya con 563 votos y le restan 581 votos para alcanzar la nominación. Las cifras para Santorum son mucho más desventajosas: cuenta con 263 delegados, equivalentes a un 23 % de los asignados y tendría que obtener 881 delegados en las restantes primarias, que equivale al 77 % de los que aún no han sido asignados.

La ventaja alcanzada por Romney es prácticamente decisiva. Ya se han celebrado las elecciones internas en la mayor parte de los estados del sur y medio oeste, en los cuales Santorum o cualquier candidato conservador resultaba favorito producto del predomino de las bases más conservadoras y de la población rural. Por tanto, la ruta para el exsenador por Pennsylvania se le hace más cuesta arriba porque ahora tendrá que presentar batalla en la mayor parte de los estados más populosos, con grandes centros urbanos y con menos predominio de elementos del "tea party"; los evangélicos blancos fundamentalistas y de conservadores acérrimos, tales como New York, California, New Jersey y Utah (en este último Romney es favorito absoluto) donde están en juego 337 delegados y la mayoría de los cuales serán ganados por Romney. Las mejores posibilidades de triunfo de Santorum están en un reducido grupo de estados, el más importante de los cuales es su natal Pennsylvania (72 delegados) y otros como Wisconsin, Indiana, North Carolina, West Virginia, Montana y South Dakota con 198 delegados en total, cifra muy distante de la que requiere obtener para disputarle la nominación a Romney. La táctica de Santorum ha estado concentrada en trabajar los sectores más conservadores en las zonas rurales o de menor población, lo cual le ha dado el triunfo en once estados y le ha permitido ahorrar gastos de propaganda electoral. Mientras, Romney, disponiendo de más abundantes recursos, ha puesto el énfasis en las ciudades y centros urbanos y donde las bases del partido son menos conservadoras o más moderadas, y con esa táctica ha llenado su bolsa con más del doble de delegados que su rival.

Cada vez es más evidente que, producto del poder del dinero y el control del establishment republicano sobre los mecanismos electorales, se impondrá la nominación de Romney, pero también va concretándose el posible escenario, indeseado y temido por los republicanos, de una Convención dividida. Lo único que pudiera evitarlo es que las presiones de la dirigencia republicana y los ricos donantes que la respaldan convenzan a Santorum de abandonar sus aspiraciones.

Como hemos señalado con anterioridad, las reglas de la Convención Republicana establecen que cualquier aspirante que logre la mayoría simple en al menos cinco estados tendrá que aparecer en la boleta de la Convención y con su reciente victoria del 24 de marzo en Louisiana, Santorum ya acumula once triunfos. Es una jugada cantada porque así lo obliga la regla del partido aun cuando exista un candidato que acumule a su favor la mitad más uno de los delegados.

Por eso, según algunos rumores que circulan en los círculos políticos norteamericanos bien informados y de lo que nada se habla en los medios públicos, los integrantes del equipo de Romney están hablando privadamente con la gente de Santorum para ofrecerles algunos cargos en el futuro y eventual gabinete ministerial de Romney, como incentivo para que aquel abandone su aspiración y lo apoye en la Convención. Esta es una práctica común en los procesos electorales presidenciales norteamericanos, pero es poco usual que se haga en fecha tan temprana.

En cuanto a Obama, exento de las exigencias de un combate electoral intestino en las filas demócratas, no descuida su aspiración y tiene organizado un poderoso e impresionante equipo de campaña electoral que, según un artículo del New York Times del pasado 8 de marzo, tiene listo un plan de ataque para desatarlo en cuanto esté claro quién será el nominado como aspirante presidencial republicano.

El corazón de la maquinaria de Obama radica en un inmenso local del tamaño de un terreno de fútbol en el complejo de edificios conocido como One Prudencial Plaza en Chicago. Tiene filiales en cada uno de los cincuenta estados y en el Distrito de Columbia. Solo en el One Prudencial Plaza trabajan unas 300 personas que en enero del 2012 devengaron un salario total de tres millones de dólares. Decenas de estrategas políticos, analistas de datos, especialistas de mercadotecnia o productores de web laboran incesantemente diseñando planes y programas para comunicarse, de manera directa y constante, con decenas de millones de simpatizantes y posibles votantes para hacerles llegar los mensajes políticos, instarlos a registrarse y concurrir a las urnas en las elecciones generales o solicitarle sus aportes financieros para la campaña electoral. La actividad se lleva a cabo en un ambiente de secreto y discreción, empleando las más sofisticadas técnicas y todo el potencial de la tecnología de la información.

Pero cuando llegue el momento en que se designe el candidato republicano y se haya puesto algún orden en la casa, la ventaja que ha logrado Obama tendrá que enfrentarse a un equipo rival que aplicará técnicas y mecanismos similares y contará con fondos que nada tendrán que envidiarle al de los demócratas.

La campaña final será muy reñida y Obama tendrá que luchar para borrar el sentimiento de decepción y frustración en una amplia gama de votantes demócratas, ante el incumplimiento de las promesas electorales del actual presidente de Estados Unidos y su tendencia a conciliar con los grandes intereses económicos y ceder a las demandas de los sectores más reaccionarios del espectro político estadounidense. El desarrollo de estos acontecimientos será asunto a seguir y valorar en los próximos siete meses.

(*) Jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington entre 1977 y 1989 y viceministro de Relaciones Exteriores.

 

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