Crónica de un espectador

Medianoche en París

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

El estreno de la comedia Medianoche en París, el último filme de Woody Allen, es de esas películas —en estado de extinción— de las que se habla bien a la salida del cine.

Medianoche en París, de estreno en La Rampa.

Hablarán bien los buscadores del "entretenimiento" puro, y los que exigen inteligencia incluida, y un despliegue intelectual pletórico de imaginación, y los románticos, y los nostálgicos, y los que, siendo todo lo anterior, tengan los pies en la tierra para comprender que la vida real suele ganarle la pelea a la vida imaginada; un mazazo argumental que no le quita a Medianoche en París su connotación de cuento de hadas para adultos.

Al igual que hizo con La rosa púrpura del Cairo (1985), Woody Allen mueve su historia parisina en un plano real y otro imaginario. El real tiene que ver con un joven escritor (de nuevo un álter ego del autor) que coincide en la capital gala con su novia y los padres de esta, gente de dinero. El joven ––excelente Owen Wilson en cuanto a vampirizar todo lo que Woody Allen representa–– es un próspero guionista de Hollywood que quisiera dar otro paso en el escalón intelectual y convertirse en novelista. Ah, el París de los años veinte —sueña— con su bohemia de escritores y pintores. ¿Quién tuviera a Hemingway a mano para que le revisara la novela terminada que lleva bajo el brazo y sobre la que nadie se interesa?

Malabarista de los acosos existenciales, Allen se sirve de su protagonista para referirse a todos aquellos que, aun llevando una vida de éxitos, creen que mejor les hubiera ido de otra manera. Y recurre a una magia, que no cuento, para que el guionista reviva el París de sus ensueños y se encuentre con una galería de personajes: Hemingway, Fitzgerald y su esposa Zelda, Gertrude Stein, Dalí, Buñuel, Picasso, todos envueltos en chismes y enredos.

La visión del joven Hemingway (Corey Stoll) —vehemente, bebedor hasta atragantarse, dispuesto a entrar en cualquier pelea por pura reafirmación viril–– es todo un banquetazo para la risa. Personajes icónicos, envueltos en una atmósfera surrealista, en la que el protagonista se sumerge llevado de la mano de la siempre cambiante Marion Cotillard, como un toque hipnótico de la mujer francesa que de esos tiempos nos llega.

Ya desde los primeros momentos, la música y las imágenes de París van conformando un ambiente de fina ternura y de ensueños, en el que asistiremos a dos historias de amor cambiantes en el tiempo. Un filme bien elaborado en sus componentes básicos y con una reconstrucción de época que, sin ser un despliegue de recursos millonarios (inimaginable en Allen) convence, principalmente porque sabe jugar con las atmósferas y valores prevalecientes en dos épocas y, lo principal, por sustentarse en un sólido guion.

Solo siendo el gran escritor que es, Woody Allen, con setenta y seis años de edad, más valorado en Europa y en otras partes del mundo que en su propio país, puede entregar cada año una película con el interés suficiente como para no dejarla pasar y, a veces, tan buena como esta.

Ahora mismo está en Roma dirigiendo a Roberto Begnini (La vida es bella), de nuevo a Penélope Cruz y a los veteranos Alec Baldwin y Ornella Muti.

La fórmula para seguir en lo alto no es un secreto: el director sabe que, sin dejar de ser todo el tiempo él, tendrá que ser, al mismo tiempo, diferente.

 

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