Estos fenómenos provocaron la muerte a 20 448 personas y la
evacuación de 300 mil, así como la destrucción de 720 mil viviendas,
45 diques, 78 puentes y 3 918 carreteras, entre otros perjuicios
materiales.
Y fue precisamente una ola de 14 metros de altura la que
desencadenó el accidente nuclear en la prefectura de Fukushima, a
unos 240 kilómetros de Tokio. El impacto dañó tres de los seis
reactores de la central Daichi, que había sido diseñada para un
maremoto de 5,7 metros como máximo, y cuyo sistema de refrigeración
falló debido a cortes en el suministro eléctrico.
La emergencia atómica no causó ninguna muerte de forma directa,
pero sí forzó la evacuación de 80 mil personas en un radio de 20
kilómetros alrededor de la planta, como consecuencia de las fusiones
registradas en los reactores y las fugas de radiación que se han
detectado en alimentos, agua, cultivos y ganadería. Muchos
residentes se quedaron sin empleos y otros permanecen en refugios
viviendo en la incertidumbre. "¿Cuándo podremos regresar?", se
preguntan.
Takeshi Takahashi, jefe de la central, propiedad de la Tokyo
Electric Power (Tepco), dijo recientemente que esta "funciona con un
equipo improvisado" y que se mantiene "bastante frágil".
Desde diciembre último los reactores nucleares están parados en
"frío" (el sistema de refrigeración está a presión atmosférica y el
núcleo a una temperatura inferior a 100 grados centígrados) y se
supone que no existan emanaciones de sustancias contaminantes, pero
los residentes de Fukushima aún temen por los efectos de estas en su
salud, sobre todo a largo plazo.
Ellos tienen criterios divergentes en cuanto a si Japón debiera
continuar usando o no la energía atómica para generar electricidad.
"Décadas atrás los habitantes de Fukushima construimos un cartel que
decía: La energía atómica hará prosperar a nuestra ciudad. Ahora me
doy cuenta de que las desventajas superan con creces las ventajas...
He llegado a pensar que fue un error invitar a la central nuclear a
que entrara en nuestras vidas", dijo un ciudadano de Futaba, a menos
de 20 kilómetros de la planta.
"Abandonar las plantas nucleares equivale a repensar nuestro modo
de vida", comentó en cambio Lina Ohara, de 33 años, que vive a unos
30 kilómetros de Fukushima. "Mis padres viven en Tokio y quieren que
me vaya, pero mi marido trabaja aquí y, aunque estoy preocupada,
hemos decidido quedarnos", dice Ohara.
"Sigo las noticias en la televisión a diario y compruebo los
valores de radiactividad", explica esta mujer que tiene un niño de
cinco años y una de tres, a quienes no permite salir a la calle para
jugar. Sin embargo, recuerda que en Japón el 30 % de la energía
proviene de sus más de 50 instalaciones nucleares.
En tanto, el Gobierno nipón se preocupa por paliar los perjuicios
del fatídico 11 de marzo, calculados en 650 mil millones de dólares.
En fecha reciente aprobó un anteproyecto de ley para financiar los
trabajos que dirige la Oficina de Reconstrucción, constituida luego
de la tragedia.
También promueve ejercicios a nivel local para que los japoneses
sepan dónde resguardarse en caso de un tsunami. Llamaron a los
centros de investigación científica a que trabajen en el
perfeccionamiento de los sistemas de pronóstico antisísmico con que
cuentan en el país, y a que evalúen los beneficios que les podrían
brindar las energías renovables de acuerdo con su modelo económico.
Se trabaja en la reconstrucción de las infraestructuras dañadas
mientras se determinó limitar la vida útil de las centrales
nucleares a 40 años, en aras de evitar una sobreexplotación de las
mismas que ponga en riesgo la seguridad de los trabajadores y los
habitantes en zonas aledañas a su ubicación.
No obstante, especialistas de todo el mundo auguran que Japón
podría tardar una década en redimirse completamente. Y quizás el
ritmo con que se avanza no cumpla con todas las expectativas, pero
no por eso se debe desconocer el esfuerzo que las autoridades han
hecho para reacomodar la vida de los japoneses, quienes asumen los
momentos de crisis como oportunidades para mejorar.