Yolanda, un “taller” del buen decir

DILBERT REYES RODRÍGUEZ

Foto del autorEscucharla en el aula, dicen los muchachos, es como un bálsamo pacífico y necesario que compensa el ajetreo en la fábrica y la bulla del torno, del golpe de martillo sobre el metal, o de las llaves caídas al piso con frecuencia.

Pareciera que, como a la uva en el buen vino, el tiempo le revela a Yolanda Núñez Chalet lo mejor de sus esencias, y al cabo de 40 años de maestra, oírle su clase de Español es un placer que degustan los alumnos de la Escuela Técnica Luis Ángel Milanés, de Granma.

"Con 15 años fui parte de los llamados ‘makarenkos’, después graduada en la Profesoral de Holguín, dos años de servicio en Puerto Padre, y luego ingresé a esta, que ha sido la escuela de mi vida", narra.

Su temprana pasión por el magisterio dependió en algo de la madre, "que aunque quiso, la economía familiar no le permitió estudiar ni ejercer; pero junto a mi padre se ocupó de inculcarme valores imprescindibles en un maestro, como la responsabilidad, querer al prójimo, y sobre todo, sentir amor profundo por lo que se hace. Esa ha sido la esencia de mi fidelidad a la profesión".

En aquel ambiente singular, dominado por el taller, la herramienta y la presencia masculina, Yolanda nunca dio espacio al prejuicio; sino que, al contrario, encontró allí el camino hermoso y fecundo de su obra, "porque el obrero y el técnico deben saber decir y escribir bien sus términos afines; pues la rudeza del oficio no significa que quien lo desempeñe sea vulgar o escriba mal la palabra".

"Mis mayores satisfacciones —asegura— las encuentro a diario en el estudiante hecho un adulto, en una tienda, en el hospital, en la ‘botella’ cuando vengo o salgo de la escuela, y el chofer me dice: vamos, profe, que la llevo. Es como ver el fruto maduro de mi obra, y me complace".

Sin embargo, ella contrapone algunas inconformidades que fueron tendencias asociadas a la estrechez de los noventa: "el menoscabo al contacto directo y frontal del profesor con el alumno. En mi modesta opinión, hay que pintarse la mano con la tiza y hablarle al muchacho mirándole a los ojos", afirma.

"Me alegra el despertar de la enseñanza técnica en Cuba, no solo porque el obrero calificado o el técnico de nivel medio sean una fuerza decisiva en la economía; sino también porque la vocación podría volver a ser un asunto familiar, heredada por los hijos de sus padres obreros y técnicos, motivados aquellos por el contacto cercano y diario. No habría que forzar la vocación".

 

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