Toda
una vida ha dedicado José Massip a defender la irreductible alianza
entre justicia y poesía. Lo ha hecho desde una apasionada y lúcida
defensa de la cultura como raíz y fronda de la nación, de sus luchas
y resistencias, de sus avatares y conquistas.
Ahora, a punto de cumplir 86 años de edad, se le reconoce una de
las parcelas cultivadas por su talento creador, al conferírsele el
Premio Nacional de Cine 2012, la más alta distinción concebida por
el Ministerio de Cultura y el ICAIC para destacar los aportes a la
cinematografía nacional.
Un jurado presidido por Eslinda Núñez e integrado por Raúl Pérez
Ureta, Leonardo Acosta, Sara Vega y Gerardo Chijona, decidió, de
manera unánime, adjudicar el galardón a Massip, tanto por su obra
cinematográfica como por su constante labor como maestro de
generaciones de cineastas.
El premio le será entregado el próximo 24 de marzo, al
conmemorarse el aniversario 53 de la creación del ICAIC, institución
a la que estuvo ligado desde los días fundacionales, cuando rodó
Los tiempos del joven Martí y Por qué nació el Ejército
Rebelde.
Nadie podrá olvidar la dimensión clásica de algunas de sus
realizaciones. Allí está Historia de un ballet (1962),
testimonio de primerísimo orden sobre el proceso de creación
danzaria de la Suite yoruba, del maestro Ramiro Guerra;
Madina Boe (1968), reflejo vital de un episodio de la lucha
anticolonial de los pueblos africanos; y su obra de más largo
aliento, Baraguá (1986), ineludible referencia del cine épico
revolucionario.
Pero también habrá que contar con el artista polémico y atrevido
de Páginas del Diario de José Martí (1971), filme que ocupa
un sitio prominente en las búsquedas experimentales de su tiempo.
Massip ha desbordado la pantalla. Ha aspirado a ser lo que
Gramsci llamaba un intelectual orgánico, militante. Ese es su más
preciado legado, el de una eticidad a toda prueba.