Cuando
todavía escribir de cine no era una profesión, a principios de los
años sesenta, vi en el Teatro Campoamor cómo varias parejas se
levantaban y, entre protestas, abandonaban la sala, mientras en la
pantalla transcurría la violación que con dureza plasma Ingmar
Bergman en La fuente de la virgen.
Se sabe que El último tango en París llevó a los
tribunales a Bertolucci y que la película estuvo suspendida en
Italia por más de quince años (no hace mucho se reveló que el
proyecto original concebía una historia de amor entre dos hombres en
el París de los setenta, pero ¡ni pensarlo para la época!).
Y Brokeback Mountain, para solo citar tres cintas, fue
bombardeada por sectores conservadores en los Estados Unidos y,
cuando se pasó en nuestra televisión, tarde en la noche, aunque hubo
aplausos, también hizo sonar el timbre del teléfono con voces que
preguntaban ¿qué era aquello?
Desde sus inicios, la temática amor-sexo-erotismo, en imágenes y
conceptos, ha tenido que avanzar con pies de plomo ante prejuicios
y, también, sensibilidades de todo tipo.
Y eso que el cine nació machista, se desarrolló machista, y en
buena medida lo sigue siendo, aunque ya no a rajatabla, debido a que
la problemática homosexual ––no sin luchas de por medio–– ha ido
sacudiéndose moralinas e impedimentos.
Cualquier película puede traer hoy día un tópico homosexual
trabajado con "elegancia" dentro de un argumento más abarcador, y ya
nadie se asombra o, en todo caso, se asombran pocos.
Sin embargo, a filmes dedicados por completo al acople entre
parejas del mismo sexo, se les siguen demandando la contención y "el
sumo cuidado", en especial si en la trama se ven implicados varones,
pues más tolerancia (siempre machista) hay tratándose de ellas.
Cierto que existe un denominado "cine gay", pero se dirige
principalmente a un público definido y por lo tanto tiene
limitaciones en su difusión.
Lo que no puede negarse es que al sexo, como sujeto dramático, ya
sea heterosexual u homosexual ––sobre todo este último, y no
obstante las receptividades y conocimientos que trae el paso del
tiempo–– se le sigue viendo con aprensiones, a veces cercanas a las
de aquellas parejas que, cincuenta años atrás, buscaron las puertas
de salida en el Campoamor.
Pineda Barnet juega al duro en Verde verde, una película
que concibe no para un cine gay en específico, sino para cualquier
tipo de espectador.
Se trata de un filme de tesis que sin medias tintas trata de
decirlo todo sobre un ocultamiento temático (aunque no desconocido)
que entrelaza homosexualidad, prejuicios sociales y psicológicos,
posibles afectos verdaderos entre la pareja de marras y mucha
violencia, y al respecto habría que recordar que en cualquier
archivo policiaco del mundo se recogen tragedias muy similares a las
que recrea el filme.
Por primera vez el machismo, la homofobia y una estela de matices
más son tratados en la cinematografía cubana hundiendo el cuchillo
hasta el mango, y para ello se recurre a un muestrario de
seducciones captadas in situ, es decir, no narradas por metáforas o
sugerencias elípticas, sino haciendo ver al espectador, con lujo de
detalles, el desgarramiento entre dos hombres que se conocen en una
noche de taberna y en la intimidad empiezan a descubrirse.
Una manera de asumir el trance que para algunos espectadores
funcionará como reflexión y para otros se quedará en el mero
escándalo de las imágenes, y cabe preguntarse si con un poco de
contención ilustrativa (que nada tiene que ver con "equilibrios" ni
censuras), la cinta hubiera encontrado mayor interiorización a las
esencias de sus valientes planteamientos.
Prevalece en los diálogos de Verde verde la impronta del
teatro ––como en toda la concepción del filme–– y no escapan ellos
de un aire de didactismo, además de que el rompimiento en los
tiempos parlantes ––como síntesis de una larga noche y para darles
entrada a las escenas con el más joven de los hombres corriendo
entre galerías oscuras–– se puede apreciar lo mismo como intención
artística, que como quebrantamientos en la dramaturgia.
Unos diálogos asumidos por Héctor Noas y Carlos Miguel Caballero
que van de lo brillante imaginativo a la reiteración no justificada,
principalmente hacia el final alargado, en que el director se deja
tentar por las mieles del melodrama.
Transcurriendo en una bien trabajada visualidad, Verde verde
trae a la memoria, en lo que respecta a la utilización de dibujos
incorporados a la narrativa, aquel memorable Juego de masacre
(1967) del francés Alain Jessua, pero Pineda Barnet se luce en el
impacto dramático que le impregna a esas ilustraciones.
Otros aspectos son más discutibles, como el personaje que
interpreta Farah María, símbolo del eterno femenino presente en el
conflicto, demasiado reiterado en su deambular poético por oscuras
galerías.
Necesaria Verde verde y con alientos innegables en sus
planteos, pero al mismo tiempo sin poder escapar de objeciones a
cómo dice artísticamente lo que tenía que decir.