El lamentable incidente del derribo de las avionetas el 24 de
febrero de 1996 pudo haberse evitado. El Gobierno de William Clinton
acomodó una imagen bien negativa de Cuba ante la opinión pública con
la manipulación de información, la falsificación de datos y la
tergiversación de los hechos, convirtiendo el asunto en un "show" de
campaña electoral, pero era su Administración la que tenía las
posibilidades de evitar lo que sucedió.
La parte cubana, hasta ese instante, había actuado discretamente
por los canales diplomáticos en 24 oportunidades anteriores, durante
el transcurso de unos 20 meses, a la espera de una reacción en
correspondencia con la distensión propiciada por las conversaciones
migratorias iniciadas después de los acontecimientos de agosto de
1994.
Tras las violaciones del 9 y el 13 de enero de 1996 sobre el
espacio aéreo de la ciudad de La Habana para acometer "un plan
político de desobediencia civil", donde no le interesan los llamados
de atención del Gobierno cubano, según las declaraciones del propio
José Basulto ante numerosos medios de prensa norteamericanos, la
inmensa mayoría de la opinión pública cubana empezó a manifestarse
preocupada con la posibilidad de una peligrosa escalada de estos
grupos contrarrevolucionarios, que se consideraban impunes.
Las posibilidades cubanas para impedir que los infractores
continuaran sus operaciones sin percances ya eran escasas, por el
comportamiento cada vez más agresivo y desafiante que asumían ante
las reiteradas advertencias sobre la peligrosidad de lo que estaban
haciendo.
A Cuba solo le quedaban tres alternativas: 1) apelar a la parte
norteamericana para que pusiera fin a esas acciones; 2) actuar, y 3)
permitir la impunidad. La última variante estaba totalmente
descartada. Por el contenido y el tono de la denuncia del Gobierno
cubano sobre esas dos violaciones flagrantes del espacio aéreo, era
evidente que las autoridades cubanas habían tomado la decisión de
interrumpir el próximo vuelo de esas avionetas piratas, para
proteger su seguridad nacional y disuadir a los grupos terroristas
de Miami de continuar esas actividades.
Durante las tres últimas semanas de enero y las dos primeras de
febrero de 1996, no solo hubo un uso mayor del canal diplomático,
sino que también se utilizó el intenso trasiego de visitas
norteamericanas a la Isla (políticos, empresarios, dirigentes
sindicales, personalidades religiosas, etc.), para expresarles la
preocupación sobre estas provocaciones y la necesidad de demandar de
la Administración Clinton un mínimo de sentido común para frenarlas.
Como diputado a la Asamblea Nacional y vicepresidente de su
Comisión de Relaciones Internacionales, por ejemplo, acudí al
aeropuerto internacional José Martí, tanto el 19 de enero como el 10
de febrero de 1996, a recibir al congresista Bill Richardson, a
quien se le ofreció una detallada información sobre la peligrosidad
de esas provocaciones, se entrevistó con el Comandante en Jefe y en
su segundo viaje en febrero dio a entender que la Administración
Clinton afirmaba que eso no volvería a pasar y que se adoptarían
medidas.
En aquellos días de enero de 1996 hubo otros congresistas y
personalidades norteamericanas a las que se les planteó las mismas
preocupaciones del Gobierno Revolucionario y después se pudo conocer
por asesores de Clinton que los mensajes fueron recibidos en
Washington.
Es decir, tanto el presidente Clinton como sus asesores del
Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado, estaban
al tanto y conocían perfectamente la peligrosidad de lo que venían
haciendo los corsarios contemporáneos de Basulto y sus Hermanos,
pero no se hizo lo necesario para impedir el incidente provocador,
pese a esos mensajes de que se adoptarían medidas contra los
violadores.
En su intervención durante la sesión del Consejo de Seguridad de
las Naciones Unidas, el 26 de julio de 1996, el compañero Ricardo
Alarcón de Quesada, presidente de la Asamblea Nacional, ofreció
numerosos elementos en los cuales se demuestra fehacientemente que
la Administración Clinton podía haber evitado el incidente. Alarcón
subrayó cómo en el propio informe de los investigadores de la
Organización Internacional de Aviación Civil (OACI) está descrito el
hecho de que el 13 de febrero de 1996, el Departamento de Estado
había dirigido una comunicación a otras instancias del Gobierno
norteamericano, advirtiéndoles sobre la probabilidad de que
ocurriese algún problema con estas aeronaves, algún suceso que
involucrase a Cuba. Pero también demostró cómo después de la
investigación de la OACI comenzaron a salir a la luz pública las
pruebas que comprometían al Gobierno norteamericano con los hechos.
Están, por ejemplo, las actas del proceso de la Junta Nacional de
Seguridad del Transporte contra José Basulto, y la comparecencia
ante un juez federal norteamericano. En este juicio hubo varios
testigos, y uno de ellos fue un oficial de apellido Houlihan,
responsable de registrar y controlar los vuelos hacia o desde
Estados Unidos. En este voluminoso documento oficial y público, este
señor Houlihan reconoció bajo juramento ante el juez federal que el
17 de febrero de 1996, una semana antes del acontecimiento, había
sido citado a una reunión junto con otros funcionarios u oficiales,
donde se les dijo que el día 24 de febrero este grupo iba a volar
desde Oppa Locka (aeropuerto cercano a Miami) hasta Cuba, para crear
un incidente político.
También el señor Houlihan confesó ante el juez federal que el 23
de febrero lo volvieron a citar a una reunión en la que se le
reiteró que Hermanos al Rescate despegaría al día siguiente desde
Miami, para volar sobre Cuba, y que en las primeras horas del día 24
de febrero fue citado otra vez a similar reunión, donde se ratificó
que ese día se produciría dicho vuelo y el incidente programado.
El conocimiento por la parte norteamericana de lo que estaba por
ocurrir es revelado igualmente en el informe de los investigadores
de la OACI, aunque más tenuemente, cuando se reconoce que el 24 de
febrero el propio Departamento de Estado solicitó información a la
torre de control del aeropuerto de Oppa Locka acerca de si los
aviones de Hermanos al Rescate habían salido o iban a salir y
requirió que lo mantuvieran informado. Washington supo ese día,
minuto a minuto, todos los movimientos de Basulto y sus Hermanos y
lo que iban a hacer, pero no hizo nada por impedirlo.
Hoy se saben más cosas, como que Estados Unidos dice que se
perdieron los registros de los radares y se niega reiteradamente a
entregar las pruebas satelitales que arrojan mucha luz sobre los
hechos de aquel día.
Clinton y sus asesores electorales utilizaron el incidente con
total oportunismo político y, para desembarazarse de las presiones
domésticas con el tema cubano, dieron luz verde a la peor versión de
la Ley Helms-Burton, que ya desde el mes de noviembre de 1995 estaba
conciliada por el Congreso e iba a ser aprobada de todas maneras.
En todos los debates del Congreso estadounidense siempre fue
aprobado el neocolonialista contenido de los dos primeros capítulos
de esta Ley, donde los yankis definen esencialmente la política de
agresión hacia Cuba y los intereses norteamericanos acerca del
futuro político de la isla, bajo el supuesto de que harán colapsar a
la Revolución.
Clinton hizo lo que ni los "halcones" Reagan y Bush hubieran
aceptado: renunció y les quitó a los venideros presidentes
norteamericanos la facultad de decidir la política hacia Cuba y
modificó el contexto del diferendo entre las dos naciones, dejando
su posible solución en un limbo. Con este precedente, nadie sabe en
un año electoral norteamericano quién puede determinar una política
en Estados Unidos: ¿El Presidente? ¿El Congreso? ¿O cualquier
provocador de origen cubano que se monta en un avión y desafía las
leyes de ambos países?