Según informes de la Organización para la Alimentación y la
Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), a principios de la
década de 1960, los países del Sur global tenían un excedente
comercial agrícola cercano a los 7 000 millones de dólares anuales;
sin embargo, ya a finales de los años ochenta ese sobrante había
desaparecido. Hoy, en cambio, todos los países del Sur son
importadores netos de alimentos, lo que evidencia a las claras que
cada vez son más los importadores y menos los productores.
A ello debe agregarse el incremento acelerado de los precios en
los últimos años debido, entre otros factores, al crecimiento
demográfico, el empleo de granos para fabricar biocombustibles, la
erosión del suelo, el agotamiento de las reservas acuíferas, el
desvío del agua dedicada al riego hacia las grandes ciudades, el
estancamiento en los rendimientos agrícolas de los países
desarrollados, fenómenos asociados al cambio climático y las
elevadas facturas del petróleo, entre otros.
Sobre el tema de los agrocombustibles, la propia FAO ha
reconocido que a partir del año 2000 la producción de etanol ha
consumido la cuarta parte del maíz producido en los Estados Unidos,
con la cual se pudieran haber alimentado 350 millones de personas
cada año.
Para tener una idea de la gravedad del fenómeno, solo durante el
2009 en el país más rico del mundo se cosecharon 416 millones de
toneladas de cereales, de las cuales, 119 fueron a parar a las
destilerías de etanol, a fin de producir combustible destinado a los
automóviles.
Y en Europa, donde gran parte de la flota de autos funciona con
combustible diesel, hay una creciente demanda de ese producto
fabricado a base de plantas, principalmente de colza y aceite de
palma.
Como reconoció en fecha reciente Osvaldo Martínez, director del
CIEM, a esos hechos habría que agregar un nuevo fenómeno: la
especulación financiera vinculada al sensible tema de la comida, que
ha llevado a las grandes potencias a ubicar en los mercados de
alimentos cerca de 13 millones de millones de dólares.
Además, en los últimos años la población mundial casi se ha
duplicado. Desde 1970 a la fecha el mundo creció a razón de 80
millones de personas por año, lo que significa que cada día habrá
219 mil bocas adicionales que alimentar, buena parte de las cuales
serán recibidas con platos vacíos, algo que al parecer no tendrá
mucha solución, de materializarse la predicción de la ONU de que
para el 2030, la demanda de alimentos aumentará un 50 %.
En cuanto a los suelos, se estima que un tercio de las tierras
cultivables del mundo disipa la capa superior más rápido que la
superficie formada a través de procesos naturales, perdiendo así la
productividad inherente a ella.
Acerca de la distribución se estima que el 25 % de los habitantes
de los países desarrollados consumen el 50 % de los alimentos, y el
75 % perteneciente a los países subdesarrollados, el otro 50 %. De
igual manera, quienes habitan en los países desarrol
lados, dedican entre el 10 y el 20 % de su salario a los
alimentos; sin embargo en los países pobres destinan cerca del 85 %.
Otro fenómeno bien interesante que ha influido en los precios es
el aumento de la demanda de carne en los países de las economías
emergentes como Brasil, Rusia, India, China y Singapur, por solo
citar algunos ejemplos, lo que influyó en la pasada década en el
incremento del consumo mundial de harina de soya en un 67 %.
China, por ejemplo, se ha convertido en el primer productor de
carne de cerdo del mundo, con un 46 % del total; sin embargo, por
cada tonelada de soya producida importa 2,5, lo que ha influido en
el crecimiento acelerado del precio de las materias primas
destinadas a la elaboración de piensos.
Otro fenómeno preocupante en los últimos tiempos es el éxodo de
las personas que trabajan la tierra hacia las grandes ciudades. Así,
mientras que en la década del cincuenta existían cuatro personas en
el campo por una en la ciudad, hoy esa proporción es casi
equitativa.
De igual manera, los grandes productores de alimentos consumen
cada vez más y exportan menos. Así, por ejemplo, el 90 % del arroz
producido en el mundo es de Asia, continente que solo exporta el 10
% de ese grano.
No menos sensible es el tema de las semillas. En la década del
sesenta del pasado siglo, casi la totalidad de ellas estaban en
manos de agricultores o instituciones públicas, en cambio, hoy solo
diez empresas como Monsanto, Syngenta, DuPont y Bayer, entre otras,
controlan el 67 % de las simientes.
En cuanto a los fertilizantes sucede algo similar, globalmente el
consumo industrial de esos productos aumentó un 31 % entre 1996 y el
2008, aunque a precios casi inalcanzables para los países pobres.
Para tener una idea de lo expresado, baste decir que solo entre
enero del 2007 y agosto del 2008, el monto de esos insumos se
disparó más allá del 650 %. En ese periodo la empresa Mosaic, la
tercera en producción de fertilizantes a nivel global, aumentó sus
ganancias en más de ¡1 000 %!
Ante este caos global y un mundo que se ha dedicado a comprar
alimentos y no a producirlos, no queda otra alternativa a nuestro
país que trabajar sin descanso para producir los alimentos que
precisamos y que vamos a necesitar en el futuro, de ahí la prioridad
otorgada al asunto por la máxima dirección de la Revolución, que con
justeza ha considerado el tema como un problema de seguridad
nacional.
Conscientes de que cada vez resultará más difícil a la economía
cubana acudir cada año al mercado en busca de sustentos que, como el
arroz, los granos, la leche, el café o las carnes, no producimos
aquí en cantidades suficientes, se impone un cambio de mentalidad y
desatar los nudos que atan el desarrollo de las fuerzas productivas,
barriendo las trabas objetivas y subjetivas que impiden avanzar con
la mayor celeridad en la solución de esta disyuntiva.
Para ello resulta necesario pasar de una agricultura gran
consumidora de insumos a una sostenible, donde imperen las buenas
prácticas agroecológicas y el uso eficiente de las semillas, porque
está probado que el 50 % del incremento de los rendimientos a nivel
mundial en los últimos 100 años ha estado determinado por la calidad
de las simientes y la introducción de nuevas variedades, para cuyos
propósitos contamos con un enorme potencial científico técnico,
según ha ratificado Sergio Rodríguez, director del INIVIT.
Como expresara el Comandante en Jefe Fidel Castro en la Cumbre
Mundial de la Alimentación celebrada en Roma en octubre de 1996:
Las campanas que doblan hoy por los que mueren de hambre cada día,
doblarán mañana por la humanidad entera si no quiso, no supo, o no
pudo ser suficientemente sabia para salvarse a sí misma.