Cuatro
días antes de la Navidad, 523 instituciones financieras europeas
recibieron el mejor regalo de Papá Noel: 489 mil millones de euros,
prestados por el BCE (Banco Central Europeo) al interés del ¡1%
anual!
Es curiosa la lógica que rige el sistema capitalista: nunca hay
recursos para salvar vidas, para erradicar el hambre, para reducir
la degradación ambiental, para producir medicamentos y distribuirlos
gratis... Pero tratándose de la salud de los Bancos, el dinero
aparece en un abrir y cerrar de ojos.
Sin embargo, hay un aspecto preocupante en tamaña generosidad: si
fueron tantas las instituciones que se pusieron en la fila del BCE
es señal de que no caminan muy bien.
¿Cuáles son los fundamentos de esa lógica que considera más
importante salvar el Mercado que las vidas humanas? Uno de ellos es
este mito de nuestra cultura: el sacrificio de Isaac por Abrahán
(Génesis 22,1-19). En dicho relato Abrahán debe probar su fe
sacrificando a Yahvé su único hijo, Isaac. En el momento preciso en
que, en lo alto de un monte, prepara el cuchillo para matar a su
hijo, aparece un ángel que impide a Abrahán consumar el hecho. La
prueba de fe ya fue dada por su disposición a matar. En recompensa,
Yahvé cubre a Abrahán de bendiciones y le multiplica su descendencia
como las estrellas del cielo o las arenas del mar.
Desde la óptica del poder esa lectura pone a la muerte como
camino para la vida. Toda gran causa —como la fe en Yahvé—
exige pequeños sacrificios que acentúen la magnitud de los
ideales abrazados. De ese modo la muerte provocada, fruto del
desinterés del Mercado por las vidas humanas, pasa a integrar la
lógica del poder, como el sacrificio ‘necesario’ del hijo Isaac por
el padre Abrahán, en obediencia a la voluntad soberana de Dios.
Abrahán era el intermediario entre el hijo y Dios, así como el
FMI y el BCE hacen de puente entre los bancos y los ideales de
prosperidad capitalista de los gobiernos europeos, que para escapar
de la crisis deben ofrecer sacrificios.
Esa misma lógica informa el inconsciente del patrón que bloquea
el salario de sus empleados con el pretexto de capitalizar y así
multiplicar la prosperidad general y crear más empleos. También
lleva al gobierno a acusar a las huelgas como responsables del caos
económico, aun sabiendo que son originadas por los bajos salarios
pagados a quienes trabajan tanto sin alcanzar nunca la recompensa de
una vida digna.
El dios de la razón del Mercado merece, como prueba de fidelidad,
el sacrificio de todo un pueblo. Todos los ideales están preñados de
promesas de vida: la prosperidad de los bancos acreedores, la
capitalización de las empresas, el ajuste fiscal del gobierno. Se
salva lo abstracto en detrimento de lo concreto, que es la vida
humana.
Lo espantoso de esa lógica es admitir, como mediación, la muerte
anunciada. Se mata cruelmente a través del corte de los subsidios a
programas sociales; del revocamiento de las relaciones laborales;
del incentivo al desempleo; de los ajustes fiscales draconianos; del
rechazo a conceder a los jubilados la calidad de una vejez decente.
La lógica cotidiana del asesinato es sutil y esmerada. Los que
tienen admiten como natural el despojo del que no tiene. Cualquier
amenaza a la lógica acumulativa del sistema es una ofensa al dios de
la libertad occidental o de la libre iniciativa. Se exige el
sacrificio como prueba de fidelidad. No importa que Isaac sea el
hijo único. Abrahán debe probar su fidelidad a Yahvé. Y no hay mayor
prueba que la disposición a matar la vida más querida.
La lógica de la vida, sin embargo, encara el relato bíblico con
los ojos de Isaac. Este no sabía que sería asesinado, hasta el punto
que le preguntó a su padre que dónde estaba el cordero destinado al
sacrificio. Abrahán cumplió todas las condiciones para matar al
hijo: le unció, le ató, le puso sobre la leña preparada para la
hoguera y empuñó el chuchillo para degollarlo.
Sin embargo, advertido por el ángel, Abrahán se detuvo. No aceptó
la lógica de la muerte. Rechazó el precepto que obligaba a los
padres a sacrificar a sus hijos primogénitos. Rechazó las razones
del poder. Ante la ley que exigía la muerte, Abrahán respondió con
la vida y arriesgó la suya propia, lo que le obligó a cambiar de
residencia.
Si no cambiamos de residencia —sobre todo en el modo de encarar
la realidad—, como Abrahán, continuaremos dando culto y adoración a
Mammón. Continuaremos empeñados en salvar el capital en lugar de las
vidas, y mucho menos la salud del planeta. (Tomado de Adital)