Las
atrocidades cometidas por los conquistadores contra la población
nativa de La Española hicieron que el cacique de Guahabá, de nombre
Hatuey o Yahatuey, huyera con algunos cientos de los suyos hacia la
vecina isla de Cuba.
Allí se asentó en una aldea próxima a la desembocadura del río
Toa, advirtió a la población indígena del peligro que se avecinaba y
trató de organizar la resistencia armada contra los invasores.
Según los historiadores, es casi imposible precisar el nivel que
alcanzó dicha organización, pues a pesar de la creación de guaridas
permanentes en el litoral, no logró el apoyo de otros jefes nativos
ni consiguió que se le sumaran un número considerable de
combatientes.
Bajo su mando, un grupo de aborígenes armados con lanzas
rudimentarias atacaron y emboscaron a los colonizadores, como acto
de valor ante la matanza a que eran sometidos.
Después de varios meses de resistencia, tan activa como
infructuosa, Hatuey se vio obligado a internarse en la Sierra
Maestra y a buscar refugio en Macaca, región de Manzanillo. Hasta
allí fueron a buscarlo las patrullas de los invasores, conocedoras
de que él era el alma de la resistencia.
Al poco tiempo el líder fue capturado, sometido a juicio donde lo
declararon hereje y rebelde, lo amarraron a un madero, y condenaron
a morir en la hoguera.
Era el día 2 de febrero de 1512, en los alrededores del lugar
donde después Diego Velázquez fundaría la villa de San Salvador de
Bayamo.
Como leyenda ha trascendido que momentos antes de ser quemado, un
sacerdote se le acercó para que aceptara el bautismo de la religión
católica, porque este le abriría una mejor vida en el cielo. Hatuey,
al saber que los conquistadores también irían allí, lo rechazó, su
coraje no admitía súplicas, y así murió quemado vivo, bárbaramente.
El horrible crimen pasó a la historia como un ejemplo más del
honor que acompañó la vida de los primeros habitantes de Las
Américas, tras la llegada de los colonizadores.