Ni
el mismísimo Jackson Pollock, cuyo primer centenario acaba de
celebrarse, calculó que su gesto pictórico trascendería el grito de
la moda —los pulgares hacia arriba y hacia abajo que acompasan la
crítica en un mercado de arte tan competitivo como el de Estados
Unidos— y marcaría, con mayores o menores evidencias, el último
medio siglo de la creación plástica.
La
vida del artista, nacido el 28 de enero de 1912 en el estado
norteamericano de Wyoming y fallecido cerca de Nueva York en un
accidente automovilístico el 11 de agosto de 1956, adquirió ribetes
míticos e incluso controvertidos.
Biografías que especulan con la naturaleza psíquica de su arte,
un muy publicitado filme protagonizado por Ed Harris, su inclusión
en pasajes memorialísticos de sus contemporáneos y la revelación de
documentos que lo vinculan a una operación de inteligencia cultural
llevada a cabo por la CIA en los años 50, cuando el llamado Congreso
por la Libertad de la Cultura trató de manipular el abstraccionismo
para neutralizar las inquietudes sociales de los artistas en el
Hemisferio Occidental, presentan a un Pollock atormentado,
manipulable, inconsciente y frágil.
Se ha exagerado hasta la saciedad el automatismo de su pintura y
hasta se atribuyen el action painting (pintar según los
impulsos anímicos) y el dripping (chorreado o goteado sobre
el lienzo o el papel), técnicas cuyo uso consagró a la casualidad.
Pero cuando se observa la obra de Pollock, sobre todo la que
cultivó en los años 40 e inicios de los 50, se advierte una voluntad
de estilo que lo llevó a desarrollar una expresión ajena a los
convencionalismos, pero determinada por una necesidad de ofrecer a
los espectadores otro orden para los colores y las formas.
Lo atestiguan sus propias palabras: "No tengo miedo de hacer
cambios o destruir la imagen, pues la pintura tiene una vida en sí
misma. Trato de que esta surja. Solo cuando pierdo el contacto con
la pintura, el resultado es una confusión. Si no, es pura armonía,
un fácil dar y tomar y la pintura sale muy bien".
A esa nueva armonía, que lo convirtió en uno de los íconos del
expresionismo abstracto, mucho le debe una zona de la pintura
cubana, desde el grupo de Los Once hasta nuestros días. Ese es el
Pollock que no se ha dejado arrastrar por los vientos del mito.