Por
encima de las diferencias, como un testimonio de que es posible la
plena comunicación desde la diversidad, María del Mar Bonet juntó
las savias del Mediterráneo y del Caribe a medida que fue deshojando
cada una de las obras cantadas en su único concierto cubano en el
teatro Lázaro Peña, de la CTC.
Si para algunos, los que nos felicitamos por concederle el año
pasado un Premio Internacional Cubadisco por el álbum Bellver,
el empaque sinfónico constituyó la confirmación de la altura de su
aventura espiritual por las aguas que los romanos llamaron mare
nostrum, y que hoy, de Beirut a Gibraltar, es el espejo de
culturas entrelazadas por la autenticidad y resistencia a la
hegemonía del sonido global, la dimensión antillana de la primera
parte de la jornada nos sobrecogió por la pertinencia del encaje de
María del Mar en el territorio de los ritmos y giros de esta parte
del mundo, mar nuestro también, caribeño y abierto a todas las idas
y vueltas.
Ciro
Benemelis, presidente de Cubadisco, entregó a María del Mar el
Premio Internacional que ese evento le concedió el año pasado.
Enrique Pérez Mesa, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional,
desplegó con encanto y precisión los arreglos originales de Toni
Cuenca que sustentan la proyección vocal de la artista mallorquina,
que unas veces da cuenta de la fuerza telúrica de los pueblos
mediterráneos y otras nos remite a un estado de introspección
poética.
Clase y señoría recorren la intención de quien hermana los cantos
del juglar turco Zulfi Livanelli con los decires del poeta
valenciano Albert Garcí, las tonadas de la tradición sarda con los
versos del griego Kazantakis, sin olvidar nunca que su centro de
gravedad está plantado en el tiempo y el espacio de la nova canço,
aquel movimiento que relanzó la catalanidad hacia coordenadas
universales.
Pero cuando María del Mar llegó a esa parte de su concierto, ya
se había sometido a una prueba de confianza entre ella y otros
músicos cubanos. Porque solo la complicidad y el compromiso pueden
explicar la naturaleza del encuentro de la cantante y la aguerrida
tropa que reunió Jorge Reyes para jazzear, sonear, bolerear y
antillanizar los aires mediterráneos, arropados por el teclado de
Alejandro Falcón, la guitarra de Héctor Quintana, el saxofón y el
clarinete de Ernesto Camilo Vega, la batería de Keisel Jiménez, la
percusión afrocubana de Tomás (El Panga) Ramos y el contrabajo del
propio líder de la agrupación. Encuentro para nada forzado y sí
pleno de matices y sugerencias, al punto que es muy posible que una
pieza como Las princesas africanas haya tenido aquí una
versión insuperable.
Por demás, quedó el gesto agradecido ante las voces unidas de
María del Mar y Omara Portuondo, algo así como una comunión de
leyendas. Y está por ver, si en la saga de estas confluencias, más
temprano que tarde se dé el milagro de tener a la mallorquina junto
a María Victoria, la joven y ya grande tonadista cubana, quien como
jugando, al margen del concierto, le hizo escuchar a María del Mar
el entrecruce de los puntos insulares con los cantos de sus tierras.
En todo caso, para lograrlo, Yanni Minujos, el ángel tutelar de
María del Mar, estará atento.