Mares nuestros

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Por encima de las diferencias, como un testimonio de que es posible la plena comunicación desde la diversidad, María del Mar Bonet juntó las savias del Mediterráneo y del Caribe a medida que fue deshojando cada una de las obras cantadas en su único concierto cubano en el teatro Lázaro Peña, de la CTC.

Si para algunos, los que nos felicitamos por concederle el año pasado un Premio Internacional Cubadisco por el álbum Bellver, el empaque sinfónico constituyó la confirmación de la altura de su aventura espiritual por las aguas que los romanos llamaron mare nostrum, y que hoy, de Beirut a Gibraltar, es el espejo de culturas entrelazadas por la autenticidad y resistencia a la hegemonía del sonido global, la dimensión antillana de la primera parte de la jornada nos sobrecogió por la pertinencia del encaje de María del Mar en el territorio de los ritmos y giros de esta parte del mundo, mar nuestro también, caribeño y abierto a todas las idas y vueltas.

foto: Yander ZamoraCiro Benemelis, presidente de Cubadisco, entregó a María del Mar el Premio Internacional que ese evento le concedió el año pasado.

Enrique Pérez Mesa, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional, desplegó con encanto y precisión los arreglos originales de Toni Cuenca que sustentan la proyección vocal de la artista mallorquina, que unas veces da cuenta de la fuerza telúrica de los pueblos mediterráneos y otras nos remite a un estado de introspección poética.

Clase y señoría recorren la intención de quien hermana los cantos del juglar turco Zulfi Livanelli con los decires del poeta valenciano Albert Garcí, las tonadas de la tradición sarda con los versos del griego Kazantakis, sin olvidar nunca que su centro de gravedad está plantado en el tiempo y el espacio de la nova canço, aquel movimiento que relanzó la catalanidad hacia coordenadas universales.

Pero cuando María del Mar llegó a esa parte de su concierto, ya se había sometido a una prueba de confianza entre ella y otros músicos cubanos. Porque solo la complicidad y el compromiso pueden explicar la naturaleza del encuentro de la cantante y la aguerrida tropa que reunió Jorge Reyes para jazzear, sonear, bolerear y antillanizar los aires mediterráneos, arropados por el teclado de Alejandro Falcón, la guitarra de Héctor Quintana, el saxofón y el clarinete de Ernesto Camilo Vega, la batería de Keisel Jiménez, la percusión afrocubana de Tomás (El Panga) Ramos y el contrabajo del propio líder de la agrupación. Encuentro para nada forzado y sí pleno de matices y sugerencias, al punto que es muy posible que una pieza como Las princesas africanas haya tenido aquí una versión insuperable.

Por demás, quedó el gesto agradecido ante las voces unidas de María del Mar y Omara Portuondo, algo así como una comunión de leyendas. Y está por ver, si en la saga de estas confluencias, más temprano que tarde se dé el milagro de tener a la mallorquina junto a María Victoria, la joven y ya grande tonadista cubana, quien como jugando, al margen del concierto, le hizo escuchar a María del Mar el entrecruce de los puntos insulares con los cantos de sus tierras. En todo caso, para lograrlo, Yanni Minujos, el ángel tutelar de María del Mar, estará atento.

 

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