Después del combate de La Plata, ocurrido el 17 de enero de 1957
y en el cual la fuerza rebelde integrada por solo treinta hombres
infligió su primera derrota al enemigo, la columna al mando de Fidel
llegó al río de Palma Mocha y comenzó la escalada siguiendo su curso
en pos de las alturas.
Como narró Pedro Álvarez Tabío en el libro Diario de la Guerra,
la intuición de Fidel le hizo sospechar que el ejército de la
tiranía no permanecería tranquilo luego de la derrota sufrida;
seguramente lanzaría tras ellos fuerzas superiores para tratar de
liquidarlos.
Precisamente eso es lo que deseaba el Comandante en Jefe. Pondría
entonces en práctica una de las formas de pelear características de
la guerrilla: la emboscada a fuerzas enemigas en marcha. Claro,
antes debía hallar un sitio propicio para emboscarse y en busca de
tal lugar se dirigieron a las alturas de Palma Mocha, zona
intrincada y abrupta, sembrada de abismos y donde el solo hecho de
romper monte es una prueba para cualquiera.
El 18 de enero arribaron a una meseta en forma de herradura, con
dos casas deshabitadas, rodeada de espesa vegetación en la ladera de
una montaña. Solo por la abertura de la herradura se puede entrar en
ella¼ de inmediato el jefe rebelde se
percató de que había hallado lo que buscaba. En la zona, este sitio
tiene un nombre: Llanos del Infierno.
Al día siguiente, el Jefe de la Revolución distribuye
definitivamente el personal en las siete posiciones que ha decidido
establecer después de un examen cuidadoso del terreno, y da las
órdenes pertinentes para preparar la emboscada.
Los cálculos de Fidel han sido exactos. Al conocer la noticia del
combate de La Plata, el alto mando de la tiranía despacha por mar
hacia la zona una compañía de tropas escogidas al mando del teniente
Ángel Sánchez Mosquera. Son alrededor de 45 hombres, bien entrenados
y equipados para la misión que se les encomienda.
Detrás de esta fuerza viene una columna de trescientos hombres al
mando de Joaquín Casillas Lumpuy, el asesino de Jesús Menéndez, que
debe tender el cerco a la guerrilla.
En la mañana del 22, los guardias comienzan a ascender hacia el
Infierno. Pero antes asesinan a uno de los prácticos que los han
llevado hasta allí obligados por la fuerza, y dejan malherido al
otro. Son tiros que se han sentido desde las posiciones
guerrilleras.
En medio de extremadas precauciones, los guardias suben por el
mismo camino que utilizó días antes la guerrilla. Al frente avanza
una vanguardia de seis hombres. Cerca del mediodía, la avanzada sale
del bosque. El teniente ordena a la tropa detenerse, mientras sus
exploradores reconocen el lugar. Sobre el alto de la primera casita
han aparecido seis guardias.
De pronto suena el primer disparo de Fidel. Uno de los tres que
bajan por entre la malanga cae fulminado.
—¡Ay, mi madre!
El grito retumba entre los montes, ahogado de inmediato por el
fuego de las armas.
Raúl describe así estos primeros momentos del combate:
"Eran como las doce del día, había que esperar que F. (Fidel)
hiciera fuego para iniciar las descargas. Llegaron seis de ellos (de
los guardias) con muchas precauciones, arrastrándose hasta la
primera casita, atravesando la estancia y rehuyendo el trillo por el
que tenían que atravesar varios metros de la punta del bosque en la
que estaban las escuadras de Almeida y la mía. Estos últimos
soldados, dentro de la casa, estaban a muy escasos metros de la
escuadra de F. (Fidel)."
Los otros dos soldados de la dictadura también caen abatidos, uno
de ellos se había logrado refugiar en la casa. Che lo descubre al
verle las piernas. Tira y falla. Apunta cuidadosamente y tira de
nuevo. La figura cae al suelo. Luego el Che se arrastra los veinte
metros que lo separan de la casa, toma el fusil Garand y la canana
del muerto y regresa a su posición. Algunos combatientes han estado
a punto de tirarle creyendo que se trata de uno de los guardias.
La acción ha durado unos 30 minutos, donde otros dos soldados de
la tiranía mueren en el combate, y se ha logrado el objetivo:
golpear rápidamente al enemigo, destruir su vanguardia, causarle
bajas y obtener armas y parque si fuera posible.
Esa noche la columna acampa al borde de un acantilado, cerca de
Camaroncito de La Plata. Muchos combatientes tienen que dormir
enhorquetados en los troncos de los árboles, pues de otra forma
caerían al vacío.
El combate de los Llanos del Infierno fue una típica emboscada
guerrillera, brillantemente concebida y ejecutada por Fidel. Se
cumplieron en él varios axiomas de la lucha de guerrillas: causar
bajas al enemigo sin sufrir bajas propias, sostener encuentros en el
terreno escogido y preparado al efecto, desvincular rápidamente el
contacto mediante una retirada organizada.
El enemigo sufrió seis bajas, de ellas cinco muertos, de una
tropa elite de paracaidistas, y se le ocupó un arma y algún parque.
Para los combatientes guerrilleros, el combate demostró la
posibilidad de vencer a una fuerte tropa enemiga en operaciones.
Vendrán días difíciles producto de la traición del guía Eutimio
Guerra. Pero aun en esta etapa, las victorias de La Plata y de los
Llanos del Infierno sostendrán la moral de la guerrilla, que al cabo
superará la nueva prueba.