tralladora disparadas por Fidel dieron
inicio al ataque del naciente Ejército Rebelde, una veintena de
combatientes, contra el pequeño cuartel de la tiranía ubicado en la
desembocadura del río La Plata, que se convertiría en la primera
victoria de las fuerzas revolucionarias de la Sierra Maestra.
Apenas se habían cumplido en ese momento las siete semanas del
desembarco del "Granma", y solo 22 días habían transcurrido desde el
reagrupamiento del reducido contingente de los supervivientes de
Alegría de Pío, en el bohío del campesino Mongo Pérez en Cinco
Palmas, cuando ya Fidel conducía a la tropa rebelde a su primera
acción contra el enemigo.
La victoria de La Plata significó, de esta forma, una expresión
de la irrevocable combatividad y voluntad de lucha del Ejército
Rebelde, y una reafirmación de la justa línea revolucionaria
adoptada por nuestra vanguardia y de las posibilidades de alcanzar
por esa vía el triunfo total.
Tuvo, además, otra importante resonancia política, de acuerdo con
el momento en que se produjo. Corrían por aquel entonces días
difíciles para el movimiento revolucionario. Luego del revés de
Alegría de Pío, la tiranía trataba por todos los medios de aniquilar
al núcleo rebelde de la Sierra Maestra y, simultáneamente, llevaba a
cabo una campaña de propaganda destinada a hacer creer que la Sierra
Maestra era "asunto concluido" y que Fidel había muerto o abandonado
el país. A esta labor del régimen, orientada a desalentar al pueblo
y a los revolucionarios, se sumaba la inescrupulosa actividad de los
politiqueros de la oposición burguesa, quienes también trataban de
echar tierra al proceso revolucionario en marcha, a fin de crear el
"clima electoral" que les permitiera reanudar sus rejuegos y
maniobras, en busca de un nuevo reparto de poder que les asegurara
el acostumbrado latrocinio y robo de los fondos públicos.
Frente a toda esta situación, la victoria de La Plata fue la
confirmación rotunda de que el Ejército Rebelde, y Fidel a su
cabeza, vivían y luchaban en el macizo montañoso oriental, y que
mantenían en alto la bandera revolucionaria del Moncada y del
"Granma".
Poco antes de iniciarse el ataque, el balance de las fuerzas
rebeldes era el siguiente: 22 hombres armados con 9 fusiles de mira
telescópica, 5 semiautomáticos, 4 de cerrojo, 2 ametralladoras
Thompson, 2 pistolas ametralladoras y una escopeta calibre 16.
El Che, en su magnífico relato sobre esta acción, que forma parte
de su libro Pasajes de la Guerra Revolucionaria, describió en
sus detalles aquel primer combate victorioso, donde una vez más la
Revolución demostró su determinación de sobreponerse a cualquier
revés y proseguir la lucha hasta el triunfo definitivo. La historia
confirmó la justeza de este camino.