Aquel 8 de enero La Habana fue una apoteosis de alegría y
multicolores. Desde el amanecer el pueblo había tomado las
principales avenidas y calles para recibir a la Caravana de la
Libertad llegada con la magia de aquellos barbudos y Fidel al
frente.
Han transcurrido cincuenta y tres años y posiblemente ese día
quede como otra de las huellas imborrables de la Revolución que hará
hablar de generación en generación sobre la manera inolvidable en
que toda una ciudad acogió el saludo y la bandera en cada esquina,
en cada cuadra, en balcones y ventanas con el sentimiento de la
libertad verdadera. Después aquella concentración popular en el
antiguo cuartel de Columbia, acompañada de blancas palomas posadas
sobre el hombro verde olivo y la lealtad y la confianza unidas en
aquella pregunta compañeril: ¿Voy bien, Camilo?
Y mucho menos se olvidará aquel discurso y sus profecías:
... es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía
ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho
por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo
será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil.