El
derecho a la educación fue señalado como una de las prioridades del
programa del Moncada, esto es, del programa de la Revolución
expuesto por Fidel Castro en el histórico juicio por los heroicos
sucesos del 26 de julio de 1953. Junto a la Reforma Agraria, la
Reforma Urbana, la recuperación de los bienes malversados, la
socialización de la salud pública, la Campaña de Alfabetización y la
Reforma General de la Enseñanza, la Reforma Universitaria se
convirtió en uno de los pilares de esa etapa inicial de
transformaciones revolucionarias.
Era comprensible desde mucho antes del triunfo popular del
Primero de Enero de 1959 la urgencia y necesidad de acometer una
profunda reforma de la enseñanza universitaria, que no era ajena a
otras crisis estructurales de aquella sociedad. En el caso
universitario, esas estructuras envejecidas habían permanecido
intactas a lo largo de décadas, mostrándose la educación superior
como un sistema incoherente e inconexo, muy lejos de las necesidades
para enfrentar un eventual proceso de desarrollo económico y social,
aún en medio de las condiciones de la República neocolonial.
Diríamos que la enseñanza superior permanecía insertada dentro de
las peores tradiciones de la nación semifeudalizada, estancada y
dependiente, sujeta en todos los terrenos a los intereses más
reaccionarios dentro del país y al dominio extranjero, en especial
del imperialismo norteamericano.
Es justo señalar, sin embargo, que a pesar de ello o precisamente
por ello, fueron las universidades cubanas, escenarios
imprescindibles de las luchas contra los vicios, las tiranías, la
corrupción, la incultura, la ignorancia y demás males intrínsecos a
aquella etapa. Estudiantes y profesores formaron parte destacada de
la vanguardia revolucionaria y cultural de la época y muchos de
ellos se enfrentaron con valor a la angustiosa y decadente situación
que atravesaba el país y, por consiguiente, también sus
universidades.
En Cuba, tras el triunfo de la Revolución, era imprescindible la
Reforma Universitaria para poder hacer realidad la articulación
definitiva de la universidad con el pueblo y con la nueva realidad
socioeconómica nacional, incluyendo los más recientes y actuales
conocimientos universales en todas las ramas de las ciencias y del
saber.
No olvidemos, en primer término, que ha sido siempre el compañero
Fidel Castro un hombre de profunda vocación universitaria y que,
según él mismo ha confesado, se hizo revolucionario en las aulas de
la Universidad de La Habana, donde desarrolló sus fundamentales
luchas juveniles y donde amplió y profundizó sus conocimientos e
ideas. Ello le otorgó una decisiva ventaja para entender,
interpretar e impulsar los conceptos y las acciones requeridas por
la Reforma Universitaria desde sus inicios, aportando continuamente
sus valiosos criterios al contenido y alcance de la Reforma,
resumidos en las respuestas que deben corresponderse a tres
preguntas clásicas: ¿Qué se va a estudiar?, ¿Cómo se va a estudiar?,
¿Quiénes van a estudiar?
En ese mismo orden de ideas, sus orientaciones a la Comisión de
la Reforma —que tuve el inesperado honor de presidir—, se
encaminaron entonces a que esas interrogantes debían ser respondidas
por la Revolución de la manera siguiente:
1º- Serán, en primer lugar, las carreras universitarias que
respondan a las necesidades del desarrollo económico y social del
país.
2º- Deberá hacerse en la más estrecha relación con toda la
sociedad.
3º- Estudiarán los hijos del pueblo que estén en condiciones de
acceder a las universidades, en igualdad de oportunidades.
Más allá incluso de lo estrictamente universitario, la educación
e instrucción nacionales tenían que alcanzar altos niveles de
calidad, basadas en la historia pedagógica, científica y espiritual
de Cuba y de América Latina, encabezándose con las ideas más
universales. Estas últimas estaban presentes entonces y ahora en el
pensamiento martiano y la mejor aspiración socialista, inspirándose
en la vinculación del estudio con el trabajo, del conocimiento
científico con la investigación, en la formación de sentimientos de
solidaridad y en la orientación científica del pensamiento.
En el caso de Cuba, la génesis del movimiento intelectual,
cultural y científico que propició y condujo las ideas de lo que
posteriormente fue la Reforma Universitaria hay que buscarla en
antecedentes tan lejanos como los siglos XVII y XVIII y en sus
figuras originales como José Agustín Caballero, Félix Varela y José
de la Luz y Caballero, prolongándose hasta José Martí y Enrique José
Varona.
Ellos, nuestros grandes educadores y filósofos, promovieron la
enseñanza fundamentada en la ciencia frente a la escolástica,
intelectualista y formalista que durante siglos prevaleció en las
primeras instituciones de educación superior radicadas en nuestro
país, fundamentalmente durante la etapa colonial, extendiéndose a la
República neocolonial.
Los antecedentes de la Reforma Universitaria están también en la
Revolución Universitaria de 1923 que encabezó Julio Antonio Mella
como presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU)
y que tuvo por escenario inicial al Primer Congreso Nacional de
Estudiantes Universitarios. Las dificultades que enfrentó aquel
intento heroico —también inspirado en las reformas de la universidad
argentina de Córdoba—, ratificaron que, como señaló Mella, la
reforma universitaria no podía lograrse como un hecho aislado,
independiente de la transformación revolucionaria de la sociedad en
su conjunto.
Para nuestro país, la hora llegó con la victoria del Primero de
Enero y, por tanto, se hizo necesario emprender desde ese momento
los pasos conducentes hacia la imprescindible Reforma de la
enseñanza universitaria, constituyéndose la Comisión Ejecutiva
integrada por destacadas personalidades académicas, así como las
comisiones de las universidades de La Habana, Las Villas y Oriente.
La proyección y elaboración de la Reforma constituyó una ardua
tarea que contó con la participación y el apoyo masivo de profesores
y estudiantes de las tres universidades existentes y con el trabajo
serio y riguroso de aquella Comisión Ejecutiva, donde se encontraban
los doctores Regino Boti, Abelardo Moreno Bonilla, Carlos Rafael
Rodríguez, Manuel Aguilera Barciela, Gaspar Jorge García Galló y
Ángel Quevedo Valdivia, por la FEU.
El 10 de enero de 1962, treinta y tres años después del asesinato
de Julio Antonio Mella y en justo homenaje a su memoria
imperecedera, se puso en vigor la Reforma Universitaria.
Debe quedar claro que solamente en medio de las nuevas
condiciones socioeconómicas abiertas para el país por la Revolución
hubiera sido posible llevar a vías de hecho una Reforma
Universitaria del carácter planteado, que puso fin a conceptos y
estructuras esquematizadas en algunos casos desde hacía siglos. No
habían podido tener éxito hasta entonces los esfuerzos de profesores
y estudiantes que lucharon por superar los defectos tradicionales de
la universidad, pues para ello era preciso conquistar la verdadera
independencia y —a partir de ahí—, comenzar a diseñar la universidad
nueva, como parte del gran cambio social, económico y político de la
nación.
Las universidades, como se ha comprobado históricamente, no
pueden vivir al margen de sus tiempos pues corren el riesgo de verse
envueltas, como antes de la Reforma, en una inercia infecunda. Para
ello, tienen que insertarse ágilmente en las actualizaciones del
medio circundante, con flexibilidad y sin perder rigor, como agentes
impulsores de nuevos desarrollos y capaces de asegurar las
respuestas urgentes que el país demanda.