Dardos envenenados han sustituido el lenguaje diplomático que
debía caracterizar a la secretaria de Estado norteamericana, Hillary
Clinton, a la hora de referirse a un país soberano como lo es Rusia.
Pero, aunque fue ella quien encabezó el coro de críticas por las
últimas elecciones rusas, el asunto ha llegado al propio presidente
Barack Obama quien, con la prepotencia acostumbrada de los
mandatarios del imperio, también se inmiscuyó en asuntos internos de
Moscú, durante una muy reciente conversación telefónica con el
presidente ruso, Dmitri Medvedev.
Ese día se había producido el ingreso de Rusia a la Organización
Mundial de Comercio (OMC), tras largos años de puja.
Cuando más bien se esperaba la felicitación de Obama por el
hecho, del otro lado de la línea, solo escuchó velados
cuestionamientos sobre el proceso electoral, a lo que el mandatario
ruso, con firmeza, respondió: "su opinión no tiene ninguna
importancia, ustedes pueden considerar nuestras elecciones como
quieran. Para hablar francamente, no le damos ninguna importancia a
sus palabras".
Todo este hostigamiento hacia Rusia parece formar parte de un
amplio plan de la administración Obama, que guarda relación estrecha
con la pretensión de cercar a Moscú con el escudo antimisiles que el
Pentágono instala en países de Europa del Este.
Entre las medidas anunciadas por Medvedev se encuentran misiles
estratégicos de largo alcance más sofisticados, misiles balísticos
de corto alcance en los límites meridionales y occidentales del
país, y la salida del nuevo Start, el tratado ruso-norteamericano
sobre el desarme nuclear, firmado en abril del 2012 por Medvedev y
Obama.
Desde Moscú, la agencia ITAR-TASS citó una entrevista del
secretario del Consejo Nacional de Seguridad de Rusia, Nikolai
Patrushev, el 16 de diciembre con el periódico Argumenty I Fakty, en
la que advirtió que "Moscú no tenía ninguna duda de que Rusia y
China son el blanco del sistema europeo de misiles antibalísticos de
los Estados Unidos y la OTAN".
"Cálculos muy convincentes de nuestros expertos —explicó
Patrushev—, dejan muy en claro que los argumentos sobre la amenaza
para Estados Unidos y Europa desde Irán o Corea Democrática son
invenciones."
Dmitri Rogozin, representante ruso en la OTAN, preguntó
recientemente en una declaración televisada: "¿Cómo podemos nosotros
estar en calma cuando una infraestructura militar ajena, la de
Estados Unidos, ha llegado al área del Mar Negro?"
Son estos elementos los que caracterizan una relación que en la
actualidad Washington ha querido subordinar a sus intereses, o lo
que es peor, que Rusia acepte la humillación.
Todo eso y más podría haber más allá de una simple y provocativa
llamada telefónica desde el despacho imperial de la Casa Blanca.