Que una lengua se practique en pocos países o regiones no quiere
decir que no sea genuinamente internacional. En Haití si no se habla
creole, todo intento de comunicación en inglés, francés o español es
prácticamente en vano. El dialecto, uno de los idiomas oficiales
junto al francés, es el canal más eficaz para comunicarse en el
país.
Orgullo de la identidad y herencia histórica, los haitianos
además del creole no reconocen otro tipo de lenguaje. Parecerá una
perogrullada pero es la verdad. Tan imprescindible resulta para el
pueblo haitiano que, por su supervivencia, lo emplean en documentos
oficiales, en literatura, en todos los niveles de enseñanza,
carteles instructivos o propagandísticos y en los medios de
comunicación.
Basado estructuralmente en el francés y compuesto por palabras
derivadas del español, inglés y dialectos africanos como el wolof,
el fon, ewé, kikongo, yoruba e igbo, el creole surgió en la época de
la colonización como necesidad de los esclavos para comunicarse en
secreto. Su etimología nació de un préstamo del término portugués "kreyol"
que luego se transfirió como sustantivo al francés y significa
criar.
La lengua fue declarada oficial desde 1961, aunque había sido el
único idioma literario de Haití desde su independencia en 1804.
Actualmente también se cultiva en Martinica, Guadalupe, las Islas
Seychelles —donde fue emitido en 1979, el Día Internacional del
Creole que se celebra cada 28 de octubre— y en lugares donde abunda
la emigración haitiana como República Dominicana, Bahamas, la
Florida, en Estados Unidos, y en Cuba.
A nuestro territorio llegó entre 1791 y 1804. Muchos
descendientes de haitianos de las provincias orientales, Camagüey y
Ciego de Ávila, lo practican como segunda lengua.
Aprender las más de 200 variedades de matices en símbolos,
signos, dibujos y sonidos del creole haitiano no resulta una faena
fácil, pero las tribulaciones son comprensibles: una lengua no es
interesante por sí misma, sino por lo que promete. Y la promesa, en
este caso, viene motivada por la interacción y la admiración.
Por eso los cooperantes y médicos cubanos se han dado a la tarea
de hablar el creole. Sorprende ver a muchos de ellos, los que más
tiempo llevan trabajando en la nación, conversar con fluidez
mientras atienden a los pacientes, interactuar en las comunidades y
mantener una comunicación activa con los haitianos. El pueblo lo
agradece, una sola frase de saludo es suficiente para recibir una
sonrisa como respuesta. Los niños son el mejor apoyo para el
aprendizaje.
Definitivamente, el creole es una lengua con mucha generosidad.
Hablarlo es una muestra fraternal y solidaria con los habitantes de
este país.