Todo parece indicar que el mundo experimenta en la actualidad una
especie de transición desde un espejismo unipolar hacia un escenario
más complejo, donde se crean instrumentos para combatir el
predominio estadounidense, aunque este aún sea considerable.
Los
presidentes de Belarús, Aleksander Lukashenko, de Rusia, Dimitri
Medvedev, y de Kazajstán, Nursultán Nazarbayev, celebran la firma de
los tratados de integración.
Dos décadas después del desmembramiento de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas (URSS) y en momentos en que la Unión Europea
(UE) se encuentra en una grave crisis, los presidentes de Rusia, Belarús y Kazajstán desafían a quienes no ven en las agrupaciones
supranacionales una vía para el desarrollo económico y la
convivencia política, y dan un importante paso para la creación, en
el 2015, de la denominada Unión Euroasiática.
La idea de la integración de países del espacio postsoviético no
es nueva. Según Constantín Zatulin, director del Instituto de
Estudios sobre la Comunidad de Estados Independientes, la aspiración
a una unión de naciones cuyas industrias estuvieron unificadas
durante decenios, es bien lógica. Por ello el proyecto ha superado
diferentes etapas hasta llegar a la firma de la Declaración de
Integración Euroasiática y el Tratado de la Comisión Económica
Euroasiática, documentos que se pondrán en práctica desde comienzos
del 2012, cuando entrará en vigor un paquete de acuerdos que
posibilitará a los estados miembros el libre traslado de mercancías,
capitales y fuerza de trabajo entre sus fronteras.
El presidente ruso Dimitri Medvedev expresó que en lo adelante,
los países tienen previsto implementar una política monetaria y
macroeconómica coordinada, y que en realidad se puede hablar de la
formación de un mercado interno común entre Rusia, Belarús y
Kazajstán, que será fuertemente protegido contra las conmociones
económicas globales.
En Occidente la noticia fue recibida con recelo y no tardó en
propagarse la idea de esta integración como un intento por parte de
Rusia de reeditar la experiencia soviética. Sin embargo, en un
artículo publicado recientemente por la prensa rusa, el primer
ministro, Vladimir Putin, negó el hecho y explicó que el modelo de
agrupación no tiene que ver con la URSS, ya que resultaría ingenuo
intentar restaurar o copiar algo que forma parte del pasado.
Lo que sí aseguró el presidente Medvedev, es que la nueva unión
evitará los problemas que surgieron durante la creación de la UE y
obrará con cuidado, tomando en cuenta la amarga situación que
atraviesan sus 27 miembros.
El súmmum de este proyecto sería el establecimiento del rublo
como moneda regional y de reserva, y la exclusión del dólar
estadounidense de la circulación en la zona. No obstante, los
miembros del Espacio Común no esperan aún la creación de la unión
monetaria, según declaró el ministro de Industria ruso, Víktor
Jristenko.
Pero más allá del prometedor futuro que muchos le auguran a esta
nueva coalición, existen aspectos todavía inciertos sobre sus
fundamentos estratégicos. Los años transcurridos desde la
desaparición de la URSS en 1991, se han caracterizado por vaivenes
continuos entre las exrepúblicas socialistas y Moscú. Por lo tanto,
según especialistas, la cooperación no debería limitarse al aspecto
económico, pues en caso del arribo al poder de nuevos mandatarios,
existiría el riesgo de malograr los avances alcanzados.
No hay que ignorar tampoco la difícil situación económica que
atraviesa Belarús, donde el rublo belaruso en apenas dos años se ha
devaluado en más del 70 %, ni las constantes discrepancias
comerciales que han enfrentado a Minsk y Moscú en los últimos años,
mayormente vinculadas al gas y el petróleo.
Cabría señalar además que la participación de Kiev ayudaría a
viabilizar los proyectos de colaboración con Europa Occidental,
aunque Ucrania aún estudia su incorporación a la Unión Aduanera,
integrada desde el 2010 por Rusia, Belarús y Kazajstán, por lo cual,
al parecer, a corto plazo Ucrania no engrosará las filas de la
agrupación regional.
Víktor Jristenko expresó que por lo pronto Kirguistán y
Tayikistán se perfilan como los siguientes en sumarse al Espacio
Económico Euroasiático, y en perspectiva, en la Unión Euroasiática.