El ojo del amo engorda la vaca

Una iniciativa dirigida a lograr la presencia permanente del administrador en las vaquerías, ha propiciado la reducción de la mortalidad de terneros y el hurto de ganado

RONALD SUÁREZ RIVAS

Aunque el carné de identidad señala su dirección en otra parte, hace mucho que vive aquí. Por eso Miguel Ángel González le llama "mi casa" mientras señala el techo recién colocado, las puertas y las ventanas nuevas de la vivienda que ha sido su hogar durante los últimos 10 años, en la vaquería 116 de la Empresa Pecuaria Genética Camilo Cienfuegos.

 foto del autorAnteriormente, la jornada laboral concluía después del ordeño y a partir de ese momento las vaquerías quedaban abandonadas, comenta Seleni.

Con ella asciende a 14 el número de este tipo de instalaciones a las que se les ha cambiado en parte o totalmente la antigua cubierta de zinc por una de placa, a fin de que puedan resistir sin problemas el embate de un huracán.

De esa manera se consolida una valiosa iniciativa surgida en la entidad hace alrededor de dos décadas, con el propósito de lograr una mejor atención al ganado y proteger los recursos ubicados en las unidades: las casas del vaquero.

Cuentan que antes de su creación, la jornada laboral concluía después del ordeño, y a partir de ese momento las vaquerías quedaban abandonadas.

Si alguien intentaba sustraer un animal o algún producto del almacén, o si a una res se le complicaba el parto, no se sabía, por lo menos, hasta el día siguiente.

Más control y menos muertes

Ante esa situación, a inicios de los años 90 y aprovechando parte de las naves existentes, se llevó a cabo en todas las unidades la construcción de una vivienda dotada de sala, baño, cocina y dos habitaciones, con el propósito de garantizar en ellas la presencia permanente de alguno de los trabajadores (generalmente el administrador).

"La idea ha sido muy fructífera. Desde el portal de la casa puedo controlarlo todo", explica Seleni Lemus, una mujer que hace seis años cerró su hogar en el entronque de Herradura y se mudó con su familia a la vaquería 126, donde es la administradora.

Gracias a esta experiencia, ha crecido el sentido de pertenencia de nuestros trabajadores, al tiempo que han mejorado significativamente todos los indicadores, asegura Luis Fernández, director adjunto de la Empresa Camilo Cienfuegos.

"El hurto de ganado, por ejemplo, reporta niveles muy bajos (en el 2010 fue cero), a pesar de abarcar una superficie de 14 mil hectáreas, con una masa cercana a los 20 mil animales."

"Las vacas con frecuencia paren por la noche, y si son primerizas muchas veces hay que sacarles el ternero. Yo he tenido que hacer partos en la medianoche o avanzada la madrugada. Por tanto, si no viviera aquí con mi familia, muchas de esas crías que nacieron saludables, podrían haber muerto", coincide Omar García, el administrador de la vaquería 119.

Por otra parte, la experiencia ha ayudado a controlar insumos y a preservar los equipos de ordeño mecánico y de almacenamiento de la leche. "Aquí nunca se ha perdido un animal, ni ningún otro recurso", afirma Miguel Ángel, administrador de la 116, una unidad que promedia siete litros por vaca, y donde solo se reporta la muerte de una res en los últimos tres años.

Decisivas en la producción

La casa del vaquero ha sido, además, una pieza clave en la recuperación de la producción tras el azote de huracanes. Así quedó demostrado con el paso de Gustav y Ike, en el 2008.

"En cuanto aflojaron los vientos, recogimos el ganado, que había sido ubicado en los potreros más altos, montamos los equipos, y con el agua a los tobillos, empezamos a ordeñar. No dejamos de entregar leche ni un solo día", rememora Omar.

Por ello, en medio de un panorama desolador, con la totalidad de su infraestructura (más de 100 edificaciones) sin techo, la dirección de la empresa decidió dar prioridad a la reconstrucción de las 37 casas del vaquero, junto a los cepos de inseminación y los almacenes.

En ellas fueron empleadas las pocas planchas de zinc que el viento dejó. Sin embargo, quedaba clara la necesidad de ir sustituyendo cubiertas ligeras por techos sólidos, según lo permitieran las posibilidades.

Así se inició el programa, con el cual se beneficia ya a una buena parte de los trabajadores que han aceptado dejar sus casas en distintos poblados, y mudarse a las vaquerías, para dar protección al ganado y los recursos, haciendo valer en toda su magnitud la máxima de que "el ojo del amo engorda al caballo", o en este caso, la vaca.

 

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