"No fueron ni libres ni justos", así se refirió a los comicios y
no dudó en acusar a las autoridades de haber cometido fraude
electoral. La avenida Tverskaya y las plazas Triumfalnaya y
Bolotnaya de Moscú se convirtieron en escenarios de protestas
antigubernamentales y acto seguido los medios internacionales se
inundaron de titulares que vaticinan una "primavera rusa" o el
retorno a las "revoluciones de colores", términos que se traducen en
revueltas sociales promovidas por grupos opositores internos, que a
su vez son sospechosamente respaldados por gobiernos occidentales.
Pero hay detalles que la Casa Blanca pasa por alto. En primer
lugar, si el partido gobernante Rusia Unida alteró el resultado de
las votaciones, ¿no es curioso que sus escaños en el Parlamento
hayan disminuido de 315 a 238? ¿No cree Washington que el éxito del
candidato a la presidencia Vladimir Putin y del actual mandatario,
Dimitri Medvedev, se deba también a la ausencia de una figura
opositora capaz de competir con ellos?
Rusia es el país más extenso del mundo, con una superficie de más
de 17 millones de kilómetros cuadrados y 142 millones de habitantes,
es imposible que siempre nieve a gusto de todos. El propio
presidente Medvedev explicó que las protestas son expresión de
democracia y resaltó que las personas deben tener la oportunidad de
exponer sus opiniones en público.
De esta forma, el jefe del Ejecutivo anunció este domingo la
apertura de una investigación sobre las presuntas irregularidades,
pero subrayó que no está de acuerdo con las acusaciones y las
consignas de los manifestantes.
Incluso el exprimer ministro británico, Anthony Blair, declaró
este año a la Televisión Española que las manifestaciones son
importantes, pero no pueden determinar la política de un gobierno.
Claro que Blair se refería al quebradero de cabeza en que se
convirtió el Movimiento de los Indignados que luego derivó en Ocupa
Wall Street, donde, por cierto, participaron más de cien mil
personas y los mítines fueron disueltos con especial violencia.
Pero estas protestas vienen como anillo al dedo a Washington,
tanto que, según denunció Putin, la jefa de la diplomacia
estadounidense dio la señal a algunos personajes en el país y ellos,
apoyados por el Departamento de Estado norteamericano, empezaron a
trabajar activamente. Putin dejó claro que solo es competencia del
Gobierno ruso obtener conclusiones sobre posibles irregularidades en
la cita a las urnas y cuestionó si lo próximo que haría la Casa
Blanca sería enseñarles cómo redactar la Constitución del país.
Sin duda, Estados Unidos necesita fortalecer el mito de un
Kremlin débil, de baja popularidad, y de una Rusia necesitada de
"amigos" que ayuden a restablecer la democracia. Da igual si el
pretexto son las elecciones, los derechos humanos o las bajas
temperaturas, Washington seguirá trabajando en ello. Mientras,
pretenderán que en los sufragios del 2000 no fuera necesario que el
Tribunal Supremo interviniera en la victoria de George W. Bush, o
que en el 2004 la administración del país no prohibiera a los
observadores cumplir su trabajo, o que en el 2008 no se registraran
falsificaciones de listas electorales y se privara del derecho al
voto a un gran número de ciudadanos. Por cierto, en todos esos casos
los resultados electorales se declararon válidos.