Ramón Meza: relectura oportuna e imperiosa

MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ
madeleine@granma.cip.cu

Un buen motivo nos trae de vuelta a Ramón Meza —periodista acucioso, abogado y novelista cubano—, cuya mano firmó por los 80 del siglo XIX una novela que, careciendo de precedentes en las letras insulares, provocó entonces una inusitada algarabía. Se trata de Mi tío el empleado, concebida con "varonil amargura" por su autor, fallecido hace cien años.

Y justo es que se le estudie, más que se le recuerde, si bien historias como las que nos contó (la de Vicente Cuevas, inmigrante que arribó en alpargatas a la Isla y en ella consiguió, tras sus andanzas por corruptos y vergonzosos bregares, nombrarse conde Coveo) no han tenido licencia en la sociedad revolucionaria cubana

Lapidarias censuras intelectuales, excepto las de la apreciación martiana, recibió en su época la realidad perfilada por la pluma de este osado novelista que supo captar, con su lente de criollo avasallado por la colonia, la vergonzosa realidad que anegaba a esta "tierra de promisiones" donde el lucro alcanzaba deformados, pero firmes rostros para presentarse al banquete de tiranos tras el antifaz del oficinista, el secretario, el mayordomo, el contratista, el militar o el político.

El picaresco submundo de la corrupción, que desde entonces se erigía como la trastienda de los intereses famélicos de la Corona española, está tangible desde la superficie y hasta el fondo en el libro que revela, en colores harto contrastantes, la otra cara que mostraba una nación que ya había decidido desde el 68 torcerle el destino fácil al extranjero que pretendía rotularlo, tal como chirrea en la trama, con la ignominiosa etiqueta de "país de pillos".

Mientras un pueblo combatía en la manigua cubana para expulsar al dominio intruso que se trastrocara más tarde e irónicamente, al ganarle Cuba la guerra, en otro fisgón mayor, el pícaro, sin otra convicción que la de la hartura física, advenedizo o nativo, punzaba por escalar ilícitos peldaños y hacer fortuna.

El tema de la obra y su exquisito tratamiento, al parecer peliagudo, la mantuvieron, al punto de apenas saberse de su existencia, prácticamente encubierta, y sin sacarle el provecho que merece, incluso en nuestros días.

Si bien es cierto que en 1960 la narración —comprendida en dos partes de 25 y 20 capítulos, respectivamente— tuvo su segunda oportunidad al ser publicada por la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación, con un prólogo del ensayista Lorenzo García Vega, y un año después, en el 61, fecha del centenario del natalicio de su autor, se desempolvara la imagen de Meza, amén de un homenaje que organizara Mario Parajón y al que se sumara Alejo Carpentier catalogándola como singularísima novela, también lo es que Mi tío el empleado merece un regreso, porque a los cubanos tuvo y tiene mucho que decirnos.

Otras obras creó este fresco autor centenario al que no debe mirar de soslayo el cubano de hoy. Inéditos han sucumbido una novela y un libro de cuentos del escritor, al que le debemos las imágenes literarias de una época que no admite regreso. Pero la que lo distingue, la que contó el sobrino también expatriado, está ahí, esperando para ser elegida en las librerías de este país, que entre tantas rectas faenas se enfrasca en cerrarle el paso a algún pillo que tal vez haya osado escaparse de esas páginas.

 

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