Crónica de un espectador

El infierno y El año del tigre

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Unas horas después de haber visto El infierno, leo la noticia de la muerte de un jefe de la policía y de su hijo de once años en un atentado ocurrido en Monterrey, lo que confirma la opinión de no pocos críticos mexicanos en cuanto a que la película de Luis Estrada, aunque dice mucho, "no dice nada que ya no se sepa".

El año del tigre, del chileno Sebastián Lelio.

Apoteósica, desbordante en su connotación de sátira social vinculada con la violencia, los cárteles de la droga y la corrupción a diferentes escalas, este filme de dos horas y media de duración fue el máximo acumulador de premios del cine mexicano, y a la vez uno de los más vistos y aplaudidos por el público en el año a punto de concluir.

A Luis Estrada se le conoce muy bien por La ley de Herodes, una sátira sobre la política y sus manipulaciones, que causó más de un revuelo. Luego vino Un mundo maravilloso y con El infierno se concluye una trilogía interesada en desmenuzar la problemática política y social del pueblo mexicano, con el significante de que esta última cinta fue realizada para que coincidiera con los festejos por los 200 años de la independencia de México.

Sobre los hombros de Damián Alcázar, un actor con el don de hacerlo todo bien, descansa la estructura narrativa de El infierno. Él es Benny, un buscavidas alegre y sentimental que regresa a su país tras 20 años de haberse ido a los Estados Unidos. Regresa tan pobre como se fue y al reintegrarse a su pueblito se entera de que el hermano y muchos amigos están bajo tierra, no por ley de la vida, sino enterrados por la violencia.

Aunque no quiere, Benny es atrapado finalmente por las trampas de la miseria y las tentaciones del narcotráfico. ¿Qué hacer? Pronto lo veremos con cadena de media libra al cuello, camioneta y forifai a la cintura. Lo que sigue puede ser predecible en alguna medida porque se trata de una historia entre dos bandas de mafiosos, policías y políticos vendidos al mejor postor, y también mucho humor negro para justificar dedos, orejas y cabezas cortados.

Es cierto que a ratos hay aires de realización de "película americana" vinculada con la violencia, pero la piel y espíritu de historia mexicana aflora por todas partes y las críticas son tan certeras y contundentes que no dejan títere con cabeza.

No es un filme perfecto y se aprecia en el guión algún que otro trazo grueso, pero en conjunto se puede calificar de buena realización y muy necesaria para comprender por qué ––como dice uno de los personajes–– el narcotráfico, la corrupción, la violencia generalizada y los discursos huecos han causado ya más muertos que la mismísima Revolución mexicana.

Buena El año del tigre, realizada pocas semanas después del terremoto y tsunami que azotaron a Chile en el 2010. El filme de Sebastián Lelio, realizado cámara en mano y sobre las ruinas del desastre, lo protagonizan dos actores, Luis Dubó y Sergio Hernández, y se basa en una historia verdadera: la de un presidiario que aprovecha el derrumbe de la cárcel donde se encuentra para escapar e ir en pos de su familia. Verdadero drama existencial entre un hombre acerado por la vida y un mundo hecho trizas que parece haberlo dejado a la buena de Dios. Y Dios está presente en las dudas y sufrimiento del hombre. ¿De qué le sirve la libertad si lo que quería no existe? En medio de tanta desolación, un tigre de circo (también un hecho real) escapa y el director se sirve de él para redondear una metáfora.

 

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