Fábula

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Repite Lester Hamlet por segundo año en el Festival con un asunto más difícil de contar que Casa vieja, por cuanto Fábula es una historia de transiciones en la que se debe convencer, tanto por el desempeño de los actores (bien Alicia Hechavarría y Carlos Luis González), como por los cambios sustanciales que sufre el conflicto central (el amor) a largo de seis años.

Seis años, tiempo suficiente para que cualquier historia de amor ––transcurridas las etapas del encantamiento, la pasión y todo lo que sigue–– se vaya por la borda. Solo que en Fábula la borda conduce a unas profundidades del argumento tan desconsoladas, y hasta sórdidas, que para llegar a ellas, por mucho aire que se tenga en los pulmones, no se puede nadar demasiado rápido.

Diferentes aspectos de la realidad social condicionan la historia de Fábula. Pero el director sabe que a esta altura de una temática recurrente en el cine cubano, no puede aparecerse otra vez con la historia de la muchacha linda que "hace la calle" con extranjeros y la del muchacho que, antes de enamorarse de ella, pensaba brincar el charco, halado por unas tías que prometen mejores condiciones de vida material.

Quiere más el director a partir de lo ya tratado, quiere complejidad, quiere sorprender y hasta explorar zonas oscuras de las relaciones humanas y eso, como reto artístico, está muy bien.

Parte Hamlet del presupuesto de la subversión de valores imperantes en ciertos sectores de la sociedad y de cómo hasta los sentimientos más puros pueden contaminarse en una relación de sexo sin fronteras, aun para unos amantes que empezaron a quererse dentro de los cánones de la más clásica historia de amor.

Está claro entonces lo que se quiere exponer en Fábula, pero no tan clara la manera en que se plantea y se soluciona dramáticamente lo que viene a ser la esencia del asunto: el límite hasta donde están dispuestos a llegar los jóvenes amantes en las relaciones que establecen con el "tercero en amores" —como se decía ya en la Edad Media— ese extranjero todopoderoso en billetes que ha vivido antes y comienza a vivir de nuevo no solo con ella, sino también con él.

Luego de haber dedicado quizá demasiado tiempo a contar el nacimiento del amor entre los jóvenes mediante lindas imágenes y canciones, y de establecer certeramente el cuadro social que no los favorece, llegada la hora del cuajo, del gran salto hacia las relaciones homosexuales que acepta el joven (¿por amor a ella, por conservar la familia, por el dinero, porque en fin de cuentas se descubre bisexual?), faltan "explicaciones" en la dramaturgia que sustenten el devenir de los acontecimientos, la felicidad repentina de los tres encamados, las lágrimas y desesperación de ella cuando "el tercero en amores" desaparece, la desintegración de la familia a partir de ese momento, porque hay una hija de por medio, la transformación participativa y placentera del que parecía un "macho hasta la muerte".

Y no hablo de que la historia, como historia real, resulte inverosímil, sino de que no la hacen creer, como se merecía, debido a que allí donde se necesitaba una mayor densidad para contar y calar en el por qué tales transformaciones e impudores—la fina línea que resquebraja—, se resuelve todo de una manera un tanto apresurada, como si los tremendismos dramáticos que se justifican en el videoclip para resolver una historia de cinco minutos, estirados un poco más, sirvieran también ahora

Ya se sabe que en materia artística todo no se puede decir, que la sugerencia bien trabajada vale doble, y que el silencio, bien usado, es oro. No es el caso de Fábula, que luego de una primera parte con aciertos, estaba obligada a calar hondo y con matices en el complejo tema que aceptó como reto, que logró plasmar a medias, y que sin dudas la hará polémica.

 

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