A los que recuerden la historia real (2008) de la reina de
belleza vinculada a una banda de narcotraficantes mexicanos, habría
que recordarles que Miss Bala (Gerardo Naranjo) se inspira en
aquellos hechos, pero no son los hechos. De ahí que si la película,
a ratos, y hacia los finales principalmente, se torna demasiado
"película", se debe a que el director desboca imaginación en aras de
construir un thriller como indican las reglas, es decir, sin
respiro, hasta el último segundo y, en su caso, tratando de no
parecerse demasiado al Hollywood que tanto ha tratado el género.
La realidad social se ha vuelto tan sangrienta en México que no
son pocos los cineastas en enfilar proyectos hacia el tema del
narcotráfico y la violencia, un asunto imposible de tratar sin
definir las identidades y motivaciones de los involucrados en esa
suerte de catástrofe nacional. En tal sentido, todos los
tratamientos resultan válidos y el argumento ––esgrimido por
algunos–– de que la reiteración del tema le hace daño a esa nación
en lo que concierne a su imagen pública internacional, tiene muy
poca sustentación por cuanto lo importante es la denuncia y el
planteo de la problemática desde los ángulos más diferentes.
Y los cineastas lo saben.
Desde los presupuestos del thriller, Miss bala
habla de la corrupción, y la violencia imperantes en medio de un
clima de inseguridad ciudadana, y de los vínculos con la gente del
otro lado de la frontera, el Norte, de donde los narcos se abastecen
con armas de todos los calibres made in USA. Pero lo que más duele
en este filme es el papel de los inocentes envueltos en la tragedia.
Una suerte de violación emocional diaria representada por el
personaje de Laura Guerrero (excelente Stephanie Sigman), la
muchacha pobre que aspira a una corona de belleza como única opción
para dar un paso de mejoramiento en su vida.
Algunos tiroteos de más y un final discutible porque en su
simbología de "todo seguirá igual" se torna un poco truculento, pero
Miss bala, además de una notable factura, tiene un don
indispensable en sus intenciones: a nadie dejará indiferente.
Y de México también, Los últimos cristeros (Matías Meyer)
que trata de la convicción de un grupo de alzados renuente a aceptar
la amnistía del gobierno para que deponga las armas. Defienden sus
creencias del culto cristiano frente a la persecución religiosa que
tuvo lugar en los años veinte del siglo pasado, y ahora, en la
década del treinta, sin municiones y a punto de ser capturados,
cinco de ellos ofrendarán sus vidas. Filme de pocas palabras, pocos
balazos y una profunda espiritualidad que el director capta en cada
uno de los personajes y que cierra con una atmósfera plástica
altamente evocadora: una escena en que los cristeros toman lo que
será posiblemente su último baño en un río y al reposar unos minutos
bajo el sol, sobre las piedras, recuerdan la iconografía de Cristo
en la cruz.
Y con Todos tus muertos, el colombiano Carlos Moreno se
anota un buen punto en la comedia negra y nada menos que al contar
una historia acerca de una masacre. La realidad dio pie a la
historia: en una carretera entre dos municipios de Colombia
aparecieron varios muertos y ninguno de los dos alcaldes quiso
hacerse responsable. La masacre fue silenciada y el director la
retoma para hablar de la tragedia generalizada que vive su pueblo.
El reto era enorme, pero el género le funciona a Carlos Moreno
porque en los hechos y personajes que recrea está diciendo mucho de
una realidad en la que el horror y el desentendimiento se han
convertido en pan de cada día. El absurdo y hasta el surrealismo en
función de una metáfora directa a la conciencia. Excelente el
personaje del campesino que encuentra en sus tierras a más de 50
muertos y que al tratar de que se haga justicia, se tropieza con
todos los absurdos de la vida, menos con ella.