"Ya no te pertenecerás", decía el sabio Esculapio a su hijo
cuando lo aconsejaba ante la compleja decisión de convertirse en
médico. Toda razón tenía, porque si hay un profesional consagrado a
su labor, es aquel que escoge el exigente, pero gratificante, camino
de la medicina.
Como padre, Esculapio advertía al joven las consecuencias de su
elección y le mostraba los obstáculos que enfrentaría: "Tendrás que
renunciar a la vida privada, tu puerta quedará siempre abierta a
todos; habrá quienes te llamen solo en casos de urgencia, otros tan
solo sientan la primera inquietud sin respetar tu descanso; tendrás
que estar siempre listo; la paciencia deberá sobrarte; exigirán todo
de ti, únicamente la conciencia de aliviar males podrá sostenerte en
tus fatigas".
Sin embargo, cada vez que leo los consejos de Esculapio,
convertidos ya en símbolo para la Medicina, no puedo menos que
sentir la necesidad de reivindicar un tanto a aquellos que se han
hecho médicos a pesar de las adversidades y para los que no hay más
placer que la silenciosa retribución de defender la vida.
Cuba ha formado un ejército de batas blancas, presente hoy en
cada punto de esta geografía. Y aún cuando la cotidianidad los
abrume, como a todos, reconforta saber que nuestros médicos se
consagran cada día.
Ejemplos sobran: y es que para muchos de nosotros el médico ha
pasado a ser parte de nuestra familia, pues muchas veces no se miden
horarios para acudir e invocar a un especialista que no demora
atenciones.
Basta solo asistir a una consulta para palpar la abnegación de
médicos como Juan María, un angiólogo de San Cristóbal, en la
provincia de Artemisa, quien al igual que muchos otros, luego de una
mañana de docencia llega a la sala y, además de los enfermos
ingresados, encuentra una larga cola de pacientes que acuden a su
encuentro.
No se escucha un "no es día de consulta", más bien se palpa
cariño, respeto, comprensión, atención esmerada en una faena
agotadora que dura los 365 días del año y las 24 horas del día.
Hay que reparar en los detalles para comprender el mundo. Y es
que Juan María es solo uno en la larga lista de profesionales
dedicados con que cuenta la Salud Pública en nuestro país, y a los
que vale ofrecerles la consideración que merecen.
Con el agradecimiento a todos esos profesionales que, como diría
el sabio, "con alma estoica se satisfacen con el deber cumplido, se
juzgan bien pagados con la dicha de una madre o la sonrisa del que
ya no padece", se pudiese compensar a los que escogieron, sin dudar,
esta noble profesión, llena de virtud y sacrificio.