La tendencia de contar sin pistas concretas parece
imbricarse en la cinematografía latinoamericana de los últimos
tiempos, un ensayo arriesgado con el que prueba la argentina Abrir
puertas y ventanas.
Milagros Mumenthaler debutó este sábado en el
Festival de Cine de La Habana con su Opera Prima consagrada a
ausencias y rupturas, en medio de sutilezas y silencios, para marcar
el tempo sosegado en una historia de tres jóvenes sin brújula.
Astor de Oro en la cita de Mar del Plata y
reconocida en Locarno, Suiza en 2011, Abrir puertas y ventanas
apunta hacia los lazos afectivos desaparecidos y los abismos a veces
imposibles de llenar cuando se marcharon ciertos protagonistas.
Marina, Sofía y Violeta, que según la directora y la
sinopsis tienen 21, 20 y 18 años, viven en una mansión de algún
lugar de este mundo que pudiera ser Buenos Aires o cualquier otra
ciudad, porque las referencias argentinas son escasas.
Nexos afectivos tirantes o tiernos, ante el hecho de
que las jóvenes han perdido a Alicia, la abuela que murió poco
tiempo atrás y a todas luces servía de hilo conductor de sus vidas,
tras la desaparición física antes de sus padres.
Aunque el asunto se inclina bastante al melodrama,
la realizadora se guarda bien los pasajes de un retrato plañidero si
bien arriesga demasiado al tedio.
Mumenthalar prefiere bordear las ramas y apoyarse en
notables actuaciones de María Canale (Marina), Martina Juncadella
(Sofía) y Tilín Salas (Violeta), para completar un largometraje que,
no obstante, debió ahorrarse algunos de sus 99 minutos de duración.
La víspera, el brasileño Karim Ainouz le dio vueltas
a otro asunto de sentimientos y seres humanos, al abordar el
abandono de una mujer en El abismo plateado, preludio quizás de este
cine latinoamericano empecinado en marcar pautas.