Crónica de un Espectador

En el nombre de la hija y Silencio de amor

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Desde una historia ubicada en Ecuador, la debutante en largos, Tania Hermida, recurre a una mirada infantil para componer un cuadro social y político extensible a la América Latina de los setenta. En el nombre de la hija es el título de este simpático filme ecuatoriano en competencia, realizado en colaboración con Colombia y que permite apreciar tanto el vuelo imaginativo de la directora-guionista, como algunas fluctuaciones técnicas propias de un primer desempeño, pero en fin de cuentas no decisivas.

Imagen del rodaje de En el nombre de la hija.

Se adivina el trasfondo autobiográfico en la trama de esa Manuela, niña de diez años, que acompañada de su hermanito se va a pasar unas vacaciones en la estancia de los abuelos, junto a unos primos educados bajo una férrea disciplina católica y un estilo de mandos donde el blanco es blanco, y el indio, casi nada.

Mientras el abuelo es un próspero empresario rural y la abuela una beata de 24 horas, la niña Manuela, con padres de formación marxista, se cuestiona todo lo extraño en cuanto a diferencia de clases que ve a su alrededor, en tanto colecciona recortes de revistas de Marx, Mao, el Che y Fidel. La religión es un punto de conflicto —quizá demasiado reiterado— en su afán de explicar lo mismo las dudas de dos niños ateos que se deben enfrentar a los misterios teológicos de la Santísima Trinidad, como en las intenciones de remarcar las diferencias existentes entre la manera de creer del indio y la de sus patrones.

Confrontación entre el conservadurismo más reacio y el nacimiento de una nueva forma de asumir la vida, En el nombre de la hija se apoya en buena medida en su elenco infantil, en especial los hermanos en la vida real, Eva Mayu y Markus Mecham Benavides, este último nombrado Camilo en el filme, en homenaje a Camilo Cienfuegos y al cura guerrillero Camilo Torres Restrepo.

Dentro del amplio panorama internacional del Festival fue una nota agradable Silencio de amor (Tous les soleils, 2011) uno de esos filmes franceses que desde una cierta tristeza se tornan vitalistas, más por la fuerza de sus personajes que por unas historias particulares sin el tradicional cierre de conflictos al que nos tienen acostumbrados no pocos filmes. La cinta de Philippe Claudel habla de un profesor de música barroca, viudo, con una hija de quince años y un tormentoso hermano anarquista que ha jurado no volver a Italia mientras Berlusconi gobierne. Una sensible historia a la que el director sabe sacarle la mejor veta humorística y un regalo para los que la adoraron en La dulce vida de Fellini: Anouk Aimée, espléndida casi en los ochenta.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

SubirSubir