A 35 años de su constitución

Cumbre y cimiento del Poder Popular

Susana Lee
Susan.ll@granma.cip.cu

Fue un día como hoy, hace 35 años, en el teatro Carlos Marx. Transcurrían las últimas semanas del Año del XX aniversario del Granma y con él concluían meses de intenso trabajo que involucró a todo el pueblo en la implementación de las profundas transformaciones institucionales acordadas a finales de 1975 en el Primer Congreso del Partido, y sustentadas en el primero de sus actos: la proclamación de la Constitución de la República el 24 de febrero de 1976, votada afirmativamente unos días antes en masivo referendo por el 97,7 % de los electores cubanos.

En unas horas, tras el cumplimiento de los trámites procesales legislados, los primeros 481 diputados de la Revolución dejaron instalada la Asamblea Nacional del Poder Popular, eligieron a su dirección, encabezada por el inolvidable Blas Roca Calderío y a los miembros del Consejo de Estado, entre otras responsabilidades.

Fidel, hasta ese momento Primer Ministro del Gobierno Revolucionario y ya investido como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, anunció, desde los primeros minutos de su discurso clausura aquel día:

"En este acto trascendental e histórico, del cual todos somos testigos vivientes, cesa el período de provisionalidad del Gobierno Revolucionario y adopta nuestro Estado socialista formas institucionales definitivas. La Asamblea Nacional se constituye en órgano supremo del Estado y asume las funciones que le asigna la Constitución. Era un deber y es a la vez un gran triunfo de nuestra generación arribar a esta meta."

Con esta sesión solemne cerraba un ciclo de ejercicio democrático del poder del pueblo, iniciado de forma masiva y entusiasta con la nominación y elección de los candidatos a delegados a las asambleas locales del Poder Popular y la constitución de estas en los entonces 169 municipios y 14 provincias del país, de acuerdo con la nueva división político-administrativa, como parte sustantiva del proceso de institucionalización de la Revolución.

La Asamblea Nacional se erigía a la par en cumbre y cimiento del sistema del Poder Popular, sobre el que descansa la voluntad soberana de la ciudadanía y a la que han de llegar, en la voz y acción de quienes la representan, sus intereses, aspiraciones, inquietudes y problemas.

"Estos representantes del pueblo, precisó Fidel en aquella memorable jornada, no reciben remuneración alguna por su condición de diputados. Tampoco ejercen el cargo sin el control de sus conciudadanos. Su representación es revocable en cualquier instante por los mismos que los eligieron. Ninguno estará por encima de la ley, ni del resto de sus compatriotas. Sus cargos no entrañan privilegios sino deberes y responsabilidades."

Han transcurrido siete lustros y con algunos cambios electorales trascendentes, como el acontecido en 1993 que llevó a la elección de diputados y delegados provinciales por el voto libre, directo y secreto del electorado, el órgano supremo del poder del Estado transita por su VII Legislatura, constituida el 24 de febrero del 2008.

Es imposible asumir cualquier recuento y mucho menos esta última fecha, sin mencionar a Fidel, quien días antes anticipara en un mensaje a sus compatriotas lo que, aún a sabiendas, queríamos eludir: su decisión de no aspirar ni aceptar el cargo de Presidente del Consejo de Estado.

Vale añadir, como mínimos detalles, el extraordinario valor que siempre concedió a la Asamblea Nacional, la que acogió como escenario por excelencia para abordar con transparencia y franqueza los asuntos más cruciales y candentes de la actualidad nacional e internacional.

Sus actuales 614 diputados encaran desafíos similares a los de sus antecesores de 1976: continuar fortaleciendo la Revolución en un momento histórico que exige ser dialécticos y creadores, trabajar en el constante perfeccionamiento de la institucionalidad como uno de los pilares de la invulnerabilidad de la Revolución en el orden político y hacer más eficiente la gestión del Gobierno, tal y como sentenció Raúl, a poco de ser elegido Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Su intervención entonces, y en las que con posterioridad ha clausurado sus sucesivos períodos ordinarios de sesiones, también han sido el espacio en que tal vez como ningún otro, ha empleado para transmitir al pueblo sus innumerables apreciaciones del complejo acontecer cotidiano y las alternativas para enfrentarlo, con claridad meridiana y llamando a las cosas por sus nombres, con escasos reconocimientos —no acostumbra a ello— y sí con argumentados señalamientos críticos, sin obviar las limitaciones objetivas y la plena conciencia de los enormes esfuerzos que requiere fortalecer la economía.

La Asamblea Nacional —y todo el sistema del Poder Popular— tiene ante sí el enorme reto de corregir distorsiones y retomar los fundamentos que hagan de su funcionamiento el más democrático sistema de gobierno.

 

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