Ese mérito corresponde a Alejo Carpentier. El 3 de julio de 1925,
las páginas del diario habanero El País recogían una nota suya
titulada El cine, décima musa... , al parecer el primero de
las decenas de artículos que a lo largo de su carrera como escritor
y periodista dedicó al arte y la industria cinematográficos. Llamó
la atención de su escritura antes de que en el exilio parisino, al
que lo arrojó la represión machadista, estuviera en contacto con las
realizaciones de las vanguardias y las producciones de Rusia,
Alemania y Francia, tan caras a su sensibilidad. En la nota de El
País explicaba el gusto por el cine en el hecho que "el espectador
percibe un acuerdo perfecto establecido entre la estética de ese
arte nuevo y sus actuales condiciones de vida", y cortaba de raíz
las comparaciones entre las representaciones escénicas y el cine al
decir que "el teatro bueno pertenece a un género tan distinto al
cinematógrafo, que afirmar una preferencia por uno a favor de otro,
es demostrar que no se comprende ni uno ni otro; son dos cosas
situadas en planos diversos".
Al calor del 33 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano,
Ediciones ICAIC y la Fundación Alejo Carpentier reúnen la más
completa compilación de artículos y notas carpenterianos sobre el
tema en el volumen El cine, décima musa, fruto de la atenta
labor de Salvador Arias, auxiliado por los minuciosos registros
hemerográficos de Araceli García Carranza y la colaboración del
Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo.
En la presentación del libro, la doctora Graziella Pogolotti
apunta: "A diferencia de lo que ocurría con los bonzos del saber
establecido, detectó las posibilidades implícitas en un cine todavía
en fase experimental. No fue entonces un espectador casual.
Frecuentaba la sala oscura en la etapa del silente con Amadeo Roldán
(... ), quien ganaba unos centavos acompañando al piano las imágenes
en movimiento. A la salida, ambos prolongaban la noche tejiendo
sueños de futuro. Esa proyección de futuridad, volcada hacia la
realización de un arte nuevo, aguzó el entendimiento para percibir
las posibilidades abiertas por la cámara y el celuloide".
Tanto en Carteles como en El Nacional, de Caracas y en otras
publicaciones, Carpentier alternó por décadas sus crónicas sobre
música —algo más que un mero violín de Ingres en su formación y
proyección intelectual—, literatura y artes plásticas, con sus
apreciaciones cinematográficas.
Asistió al tránsito del cine silente al sonoro, a la grandeza y
decadencia del expresionismo alemán, a la revelación de Serguei
Eisenstein y Orson Welles; cantó una y otra vez la grandeza de
Chaplin, intuyó la novedad del neorrealismo italiano, separó la paja
y el grano en la abrumadora producción hollywoodense, se adelantó a
los análisis contemporáneos del star system, y saludó el
nacimiento y desarrollo de la etapa del cine cubano que se inauguró
a partir de la fundación del ICAIC.
Precisamente, una de sus últimas notas fue publicada en Granma
—cada vez que pudo en medio de su intensa labor diplomática y de la
concepción de sus novelas Concierto barroco, El recurso
del método, La consagración de la primavera y El arpa
y la sombra remitió trabajos a nuestra redacción, como lo hizo
al comentar el triunfo del pianista Jorge Luis Prats en París—; y la
dedicó a celebrar el vigésimo aniversario del organismo y del
movimiento fílmico de la Revolución, y a destacar su importancia en
el concierto de las nuevas realidades de América Latina y el Caribe.
Repasar o descubrir las crónicas de Carpentier sobre cine
deparará, estoy seguro, al lector una experiencia intelectual
inefable, al disfrutar, junto al brillante espesor de su prosa, la
lucidez de su enorme capacidad asociativa. Para decirlo en pocas
palabras, leer a Carpentier equivale a asistir a una fiesta de la
inteligencia.