La Décima Musa ante los ojos de Carpentier

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

No creo que muchos, en esta parte del mundo, hayan advertido, cuando aún se consideraba al cine una atracción de feria, las potencialidades de un arte que al doblar de la esquina se convertiría en el fenómeno cultural de masas de mayor alcance universal. Como también caben en la cuenta de los dedos de una mano quienes en edad tan temprana hayan discernido entre lo auténticamente innovador en términos estéticos y el abaratamiento de fórmulas destinadas al adormecimiento de los sentidos y la obtención de ganancias a toda costa.

De su admirado Chaplin, Carpentier escribió: “Ninguna obra del autor de El chicuelo o Vida de perro deja de marcar una fecha en la historia del cine”.

Ese mérito corresponde a Alejo Carpentier. El 3 de julio de 1925, las páginas del diario habanero El País recogían una nota suya titulada El cine, décima musa... , al parecer el primero de las decenas de artículos que a lo largo de su carrera como escritor y periodista dedicó al arte y la industria cinematográficos. Llamó la atención de su escritura antes de que en el exilio parisino, al que lo arrojó la represión machadista, estuviera en contacto con las realizaciones de las vanguardias y las producciones de Rusia, Alemania y Francia, tan caras a su sensibilidad. En la nota de El País explicaba el gusto por el cine en el hecho que "el espectador percibe un acuerdo perfecto establecido entre la estética de ese arte nuevo y sus actuales condiciones de vida", y cortaba de raíz las comparaciones entre las representaciones escénicas y el cine al decir que "el teatro bueno pertenece a un género tan distinto al cinematógrafo, que afirmar una preferencia por uno a favor de otro, es demostrar que no se comprende ni uno ni otro; son dos cosas situadas en planos diversos".

Al calor del 33 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, Ediciones ICAIC y la Fundación Alejo Carpentier reúnen la más completa compilación de artículos y notas carpenterianos sobre el tema en el volumen El cine, décima musa, fruto de la atenta labor de Salvador Arias, auxiliado por los minuciosos registros hemerográficos de Araceli García Carranza y la colaboración del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo.

En la presentación del libro, la doctora Graziella Pogolotti apunta: "A diferencia de lo que ocurría con los bonzos del saber establecido, detectó las posibilidades implícitas en un cine todavía en fase experimental. No fue entonces un espectador casual. Frecuentaba la sala oscura en la etapa del silente con Amadeo Roldán (... ), quien ganaba unos centavos acompañando al piano las imágenes en movimiento. A la salida, ambos prolongaban la noche tejiendo sueños de futuro. Esa proyección de futuridad, volcada hacia la realización de un arte nuevo, aguzó el entendimiento para percibir las posibilidades abiertas por la cámara y el celuloide".

Tanto en Carteles como en El Nacional, de Caracas y en otras publicaciones, Carpentier alternó por décadas sus crónicas sobre música —algo más que un mero violín de Ingres en su formación y proyección intelectual—, literatura y artes plásticas, con sus apreciaciones cinematográficas.

Asistió al tránsito del cine silente al sonoro, a la grandeza y decadencia del expresionismo alemán, a la revelación de Serguei Eisenstein y Orson Welles; cantó una y otra vez la grandeza de Chaplin, intuyó la novedad del neorrealismo italiano, separó la paja y el grano en la abrumadora producción hollywoodense, se adelantó a los análisis contemporáneos del star system, y saludó el nacimiento y desarrollo de la etapa del cine cubano que se inauguró a partir de la fundación del ICAIC.

Precisamente, una de sus últimas notas fue publicada en Granma —cada vez que pudo en medio de su intensa labor diplomática y de la concepción de sus novelas Concierto barroco, El recurso del método, La consagración de la primavera y El arpa y la sombra remitió trabajos a nuestra redacción, como lo hizo al comentar el triunfo del pianista Jorge Luis Prats en París—; y la dedicó a celebrar el vigésimo aniversario del organismo y del movimiento fílmico de la Revolución, y a destacar su importancia en el concierto de las nuevas realidades de América Latina y el Caribe.

Repasar o descubrir las crónicas de Carpentier sobre cine deparará, estoy seguro, al lector una experiencia intelectual inefable, al disfrutar, junto al brillante espesor de su prosa, la lucidez de su enorme capacidad asociativa. Para decirlo en pocas palabras, leer a Carpentier equivale a asistir a una fiesta de la inteligencia.

 

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