"Yo sentía vocación por este trabajo —confiesa—. Estudiaba por
las mañanas y en la tarde me echaba un cajón al hombro y salía a
limpiar zapatos de casa en casa o en los parques".
Sin dejar nunca la práctica del oficio, René también estudió en
la otrora Escuela Profesional de Comercio, donde se graduó de
contador; y luego del triunfo de la Revolución cursó estudios de
gastronomía y ejerció como tal en varias cafeterías de La Habana,
hasta jubilarse en 1999.
Sin embargo, desde su sitio como testigo de épocas y cambios,
René mantiene una preocupación: "No entiendo por qué ya no tenemos
un relevo. Veo que los jóvenes no hacen este trabajo, que es como
otro cualquiera. Y nosotros necesitamos un reemplazo. ¿Por qué?,
porque la tradición debe seguir y dentro de algunos años tal vez no
estemos aquí para enseñar".
Y es que la práctica de oficios, aunque disminuida en el tiempo,
ha permanecido por siglos en la sociedad cubana, contribuyendo a su
perfeccionamiento.
Limpiabotas, aguadores, forradores de botones, sastres, barberos¼
la actividad de cada una de estas figuras no es ajena a sus miles de
beneficiarios, sino que ha mantenido —acaso sigilosamente— el
equilibrio entre el desarrollo profesional del país y el resto de
las necesidades sociales.
A ello ha contribuido también el actual proceso de ampliación y
flexibilización de las actividades por cuenta propia, que ha
significado no solo el surgimiento de nuevas formas de empleo
alternativas al sector estatal, sino también una oportunidad para el
reflorecimiento de la práctica de oficios en la Isla, en un contexto
en que se potencia la integración a esas labores.
No es una cuestión meramente estadística, aunque si de cifras se
trata habría que mencionar las 135 escuelas de oficios que
actualmente funcionan en el país, a las que asisten cerca de 10 mil
estudiantes.
Amén de la representatividad numérica, la práctica de oficios en
Cuba —tanto por los cuentapropistas como por los que no lo son—, al
tiempo que favorece el desarrollo económico contribuye a la
actualización, reconocimiento social y mantenimiento de esta
tradición.
Entonces, ¿por qué ha decrecido su práctica? ¿Prejuicios,
facilismo, estigmas...? Lo cierto es que los oficios en el país, que
hasta el momento experimentaban el fulminante síndrome del
envejecimiento, parecen llegar ahora con nuevos bríos.
La posibilidad de mantenerlos radica no solo en las capacidades y
espacios abiertos para la enseñanza o práctica de los mismos, sino
en la medida en que la sociedad restituya su justo valor.