A
finales del siglo pasado, tras la caída del muro de Berlín y la
desaparición de la URSS,el imperialismo norteamericano vio
realizados sus sueños. Se convertía así, sin rival, en potencia
hegemónica mundial. Surgió entonces como síntesis y explicación de
esta laica "consumación de los tiempos" la ideología del "fin de la
historia". Su principal difusor fue el profesor estadounidense de
origen japonés Francis Fukuyama. Según su profecía, iban a
desaparecer las contradicciones en el ámbito mundial y comenzaba una
nueva era de pensamiento único. Era ineluctable, según él, el
triunfo de la economía neoliberal a nivel planetario y como
consecuencia de ello las ideologías dejaban de tener sentido. Solo
habría lugar en ese "mundo de las ideas" (llamémosle así) para la
economía capitalista en su forma más depurada.
El mundo que ha venido después del libro-guía de este profeta
miope apenas se parece a ese final de película de Walt Disney que él
dibujaba: transformaciones revolucionarias en América Latina, crisis
económica sin precedentes en el corazón mismo del sistema
capitalista (es decir, EE.UU. y Europa), guerras en Iraq y
Afganistán, desastres en la industria nuclear, destrucción imparable
del medio ambiente¼ Parece que la
historia no ha querido hacer suyas las lecciones de este maestro
Ciruela y anda más movida y agitada que en décadas anteriores.
Ahora también sabemos que el señor Fukuyama no era tan neutral y
aparentemente científico como se presentaba. Formó parte del núcleo
extremista y militarista de los ideólogos neoconservadores (Cheney,
Wolfowitz, Rumsfeld) quienes sembraron los vientos de la guerra.
Llegó incluso, a pedir por escrito, junto a los siniestros Richard
Perle, John Bolton y Robert Kagan, una segunda guerra contra Iraq,
ataque que el presidente George W. Bush se encargaría de llevar a la
práctica con las desastrosas consecuencias que todavía sufre el gran
país árabe y que por desgracia seguirá padeciendo durante
generaciones.
La crisis económica comienza a barrer la democracia en Europa.
La reciente crisis económica surgida inicialmente en los Estados
Unidos de América y contagiada después a Europa está provocando una
quiebra en el Estado de bienestar que se había ido construyendo con
dificultad en suelo continental tras la II Guerra Mundial. Primero,
cayó Islandia; después, Irlanda a la que se consideraba en los
últimos años modelo de desarrollo neocapitalista; Grecia conoció más
tarde el hundimiento de su economía; Portugal sufrió a continuación
las mismas dificultades financieras. Por último, dos grandes países
del Sur, España e Italia, eran atacados con furia por los
especuladores. No hace falta ser un experto en prognosis para ver en
estas sucesivas crisis una maniobra a gran escala contra la economía
europea y contra el euro en particular cuyo efecto dominó no parece
haber concluido.
¿Cuáles han sido las recetas aplicadas para salir de la crisis?
Salvo en el caso de Islandia donde han cogido el toro por los
cuernos al negarse a salvar a los bancos que habían provocado la
quiebra financiera y al procesar a los principales dirigentes
políticos, en los demás países las medidas tomadas han ido en la
misma dirección: ayuda masiva a la banca con fondos públicos,
congelación de las pensiones, privatización de empresas estatales,
reducción del sueldo a los funcionarios, incremento del IVA
(Impuesto al Valor Agregado), disminución severa de las inversiones
públicas, desregulación de las relaciones laborales, despido de
empleados públicos y reducción de servicios sociales. Las
consecuencias, desastrosas para los trabajadores y las capas
populares, no se han hecho esperar: aumento del paro, disminución
del consumo, estancamiento de la economía y alarmante desprotección
de cientos de miles de familias al borde de la pobreza y la
marginación. Sirvan de botón de muestra algunas escuetas y
dramáticas cifras referidas a España: número de trabajadores en
paro, cinco millones; número de parados que no reciben prestación
alguna por desempleo, más de un millón y medio; número de hogares
que no tienen ningún tipo de ingresos, más de medio millón; el
número de personas que sufren pobreza relativa se eleva a casi diez
millones, es decir, el 20,8 % de la población española.
En Grecia, que ha dado ejemplo de resistencia popular durante
este año como otras veces en el pasado, la segunda oleada de medidas
antisociales dictadas al unísono por la Unión Europea (UE) y por los
grandes bancos alemanes y franceses llevó al primer ministro y
dirigente del Partido Socialista griego (Pasok), Yorgos Papandreu,
al anuncio de un referéndum. Las críticas de los políticos y de los
medios europeos fueron unánimes. ¿Cómo se le ocurría semejante
dislate? Sobre los amenazantes recortes sociales tenían que decidir
—según ellos— los políticos y no el pueblo. Como se ve, un ejemplo
claro de lo que entienden por "democracia" la casta política y los
medios de comunicación oligárquicos.
Pero Papandreu, que aparentaba querer salir del Gobierno por la
puerta grande, ha acabado saliendo por la puerta de atrás. No habrá
referéndum (se trataba de amagar y no dar) sino acuerdo entre las
cúpulas del Pasok y del partido de derechas Nueva Democracia para
crear un Gobierno de unidad, presidido por un tecnócrata y cuya
única tarea consistirá en imponer al pueblo griego las medidas
económicas dictadas por la gran banca y sus intermediarios de la UE.
El nuevo primer ministro de consenso entre Yorgos Papandreu y
Antonis Samaras de Nueva Democracia es el perfecto tecnócrata al
servicio de la gran banca y de las empresas transnacionales. Lucas
Papademos tiene, en efecto, un expediente inmejorable en ese
sentido: formado en los Estados Unidos, miembro de la atlantista
Comisión Trilateral y asiduo al Club Bilderberg, nunca ha sido
elegido, pero sí ha ocupado, entre otros, los cargos de
vicepresidente del Banco Central Europeo y de Gobernador del Banco
de Grecia. Antes de aceptar el nombramiento exigió a ambos partidos
"que se comprometieran por escrito al rescate financiero". El nuevo
Primer Ministro del país que creó la democracia ha hecho toda una
declaración de principios antes de tomar posesión: "No soy
político". Como muestra de ello, se ha atrevido a incluir en su
gobierno (formado por dirigentes del Pasok y de Nueva Democracia) a
un Ministro del partido de extrema derecha de Laos. Solo quedan
fuera del pacto y del reparto de la tarta ministerial los diputados
de izquierda del Partido Comunista de Grecia (KKE) y de la Coalición
Syriza. Ah, sí: habrá elecciones más tarde, a toro pasado, para
distraer al personal.
Una salida política similar a la griega se está produciendo en
Italia durante los últimos días. Presionado por los "mercados" y
traicionado por algunos diputados de su propio partido, el primer
ministro Silvio Berlusconi se ha visto obligado a dimitir para dejar
paso a un gobierno tecnocrático que dirigirá probablemente el
economista Mario Monti, de perfil profesional muy similar al del
griego Papademos y miembro asimismo de la Comisión Trilateral y del
Club Bilderberg. Ocupó también el cargo de Comisario de la UE y es
asesor internacional del banco estadounidense Goldman Sachs,
perteneciendo igualmente al consejo asesor de Coca-Cola. Otro que no
ha sido elegido nunca en las urnas. Antes de la salida efectiva de
Berlusconi, el Senado y el Parlamento aprobarán las amargas medidas
antisociales que imponen los poderes fácticos económicos. El
presidente Obama ha perdido el brillo de su retórica y la confianza
en el cambio que había generado al comienzo de su mandato, pero no
podemos dejar de reconocer el cínico realismo con el que expresó su
apoyo a la anunciada cirugía antipopular que con mano firme usará el
profesor y banquero Mario Monti: "Italia aplicará un programa
agresivo de reformas y recuperará la confianza de los mercados".
En las mesas redondas celebradas en diferentes cadenas
televisivas italianas y que he tenido la oportunidad de seguir en
directo en estos días, los dirigentes políticos participantes en
ellas han expresado su apoyo a una salida urgente de la crisis
mediante la aprobación en sede parlamentaria del plan de ajuste
exigido por la UE y la posterior formación de un gobierno de
gestión. Solo el ex magistrado y diputado Antonio di Pietro se
atrevió a discrepar: se quiere que aprobemos unas medidas que no
conocemos, que apoyemos a un gobierno cuya composición ignoramos y
que demos nuestra conformidad a una política que no ha sido
expuesta. Las medidas que se quieren implantar, concluyó, solo
conducirán a una macelleria sociale ("una carnicería
social").
Grecia e Italia están sirviendo de laboratorio para un siniestro
experimento: la sustitución de la voz del pueblo por el dictado de
los banqueros. La mano oculta de los "mercados" está suplantando
abiertamente a la política. Los gobernantes han dejado de aparentar
un cierto distanciamiento del poder económico para convertirse en
simples recaderos a sus órdenes. Si no se corta a tiempo (y todo
parece indicar que en nuestra sociedad adormecida por el consumismo
falta coherencia intelectual y coraje moral), Europa puede
precipitarse al vacío liquidando la política de la propia vida
social y dejando que la riqueza nacional se convierta en botín de un
puñado de oligarcas sin rostro.