Calor y sabor de la charanga

Ricardo Alonso Venereo

Foto: Otmaro RodríguezLa permanencia de las orquestas tipo charanga en el gusto de los bailadores cubanos es un hecho. Si cabía alguna duda, esta fue despejada el último fin de semana cuando, en el Salón Rosado Beny Moré de La Tropical, cientos de bailadores de diferentes generaciones respaldaron cálidamente la quinta edición de Charangueando, espacio auspiciado por el centro promotor Ignacio Piñeiro, de la capital, para poner de relieve a este tipo de agrupación.

Allí convergieron tres orquestas: la Sublime, dirigida por Abilio Betancourt; la Charanga de Oro, comandada por José Loyola y la emblemática Aragón, bajo las riendas de Rafaelito Lay.

A la Sublime, en el aniversario 55 de su creación, se dedicó esta vez el encuentro, que rindió también homenaje al destacado compositor y violinista Félix Rafael Herrera Altuna (Félix Reina), en el aniversario 90 de su natalicio. Reina es el autor del conocido danzón Angoa, compuesto en 1946 en homenaje al bailarín Ricardo Benedit Varela y que popularizara la Sublime y su propia orquesta, Estrellas Cubanas, la que fundó en 1959 y dirigió hasta su muerte.

Junto a las calidades instrumentales, es bueno conservar un repertorio inmarcesible. Eso lo asumieron los músicos de la Sublime, conocida como "la pachanguera de Cuba" con temas como Dónde andabas anoche, de Ignacio Piñeiro; El divertido, de Joni Zúñiga y Hay que sembrar, de Guillermo Castillo.

Curiosamente con la llegada de la Charanga de Oro, los bailadores hicieron un alto y prefirieron escuchar de esta agrupación temas como La cocina, de Ernesto Ramos; Te llevo en el corazón, de Lázaro Buides y La moto de Rosa, de José Loyola. Momento climático fue la interpretación por esta misma charanga del danzón Angoa, en un arreglo novedoso y contemporáneo que impactó a todos los presentes.

Con la Aragón vino la apoteosis. Sobre el escenario una leyenda: La Aragón, que pronto tributó temas clásicos como La engañadora, de Enrique Jorrín, Cero codazos, de Rafael Lay y La muela, de Richard Egües junto con La gata del segundo piso, de Lázaro González y Te comiste el mango, de Rafaelito Lay; obras que conservan en su raíz la tradición charanguera que heredó de su padre, el maestro Rafael Lay.

 

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