Hay quienes no ven más que analogías entre la intervención
militar de la OTAN en Kosovo, en 1999, y la que actualmente tiene
lugar en Libia. A priori, la cuestión parece obvia, al menos así lo
reflejan la mayoría de los medios de comunicación: la alianza
atlántica intervino en los Balcanes para detener la limpieza étnica,
que supuestamente llevaba a cabo el entonces presidente yugoslavo,
Slobodan Milosevic, contra los albaneses que habitaban la región. La
solución fue bombardear la zona para detener las atrocidades que se
producirían de no hacerlo. La invasión en Libia también estuvo
respaldada por "nobles" intenciones. Ante la represión local era
necesario proteger a los civiles lanzando cohetes hacia escuelas y
hospitales.
Pero más allá de estas similitudes novelescas, existen otros
lazos que unen las dos guerras a pesar de los 12 años transcurridos
entre una y otra. Según el politólogo estadounidense Noam Chomsky,
momentos antes de la agresión a Yugoslavia, observadores de la OTAN
y la ONU coincidieron en que no había un solo informe presentado en
el periodo comprendido entre finales de noviembre de 1998 y vísperas
de la guerra, que mencionara graves delitos cometidos por Belgrado
contra los albaneses, ni tampoco existió un solo caso que se
refiriera a incidentes o delitos de genocidio. Por el contrario, en
los informes se registró que, teniendo en cuenta los ataques del
Ejército de Liberación de Kosovo, cada vez más frecuentes contra el
Gobierno serbio, la ley fue aplicada con moderación y disciplina.
Expone Chomsky que hubo enormes "diferencias de percepción" entre
lo informado por las misiones en Kosovo a sus respectivos gobiernos
y lo que luego se divulgó a los medios de comunicación y al público.
Por esta razón, hasta el 20 de marzo de 1999 no había ningún motivo
para la intervención militar, lo que hizo ilegítimas las medidas
adoptadas posteriormente por la comunidad internacional.
No obstante, en aquel momento invadir Kosovo representaba también
la posibilidad de desmembrar Yugoslavia, una nación ubicada en el
corazón de Europa, que mantenía históricos vínculos con Rusia y
mostraba al mundo una alternativa de gobierno diferente a la de su
entorno.
Fue por ello que la OTAN ignoró al Consejo de Seguridad,
previendo que Rusia vetaría la agresión, y desplegó su ataque de
forma unilateral, sin apoyo de ninguna organización internacional.
En Libia se reeditó el guion; incluso no importó que el
presidente Gaddafi gozara de la gracia de Occidente, numerosos son
los testimonios gráficos que inmortalizaron las sonrisas compartidas
con los principales líderes de las naciones de la Alianza Bélica
antes de la agresión. Pero la OTAN utilizó el silencio de Rusia y
China en el Consejo de Seguridad, e inició su intervención, con la
cual fue develando sus verdaderas intenciones mediante el asesinato
de civiles y la destrucción de gran parte de la infraestructura de
la nación.
En síntesis, el aparente propósito de proteger a la población
libia se convirtió en una intervención militar extranjera de
considerable magnitud contra ese mismo pueblo. Paradójicamente, la
fuerza que ocupó Trípoli estuvo integrada, entre otros, por
militantes libios de Al Qaeda entrenados y apoyados por tropas
especiales estadounidenses.
Con la destrucción del país africano, la OTAN hirió de muerte a
la nación más desarrollada del continente, provocó el caos interno y
garantizó que el próximo gobierno le retribuya este gesto mediante
el control de los grandes yacimientos petrolíferos del país.
Situación similar es la que se experimenta hoy en Kosovo. Al
tener presencia en los Balcanes, las fuerzas occidentales garantizan
el acceso al Mar Negro y acechan desde cerca a Ucrania y Rusia. El
Mediterráneo y Oriente Medio también se encuentran en el horizonte
próximo y como si fuera poco, Estados Unidos y la Unión Europea
están interesados en promover el proyecto Nabucco, un gasoducto por
el cual fluiría gas desde el Mar Caspio hasta el centro de Europa.
Sin embargo, en ambos casos la OTAN desvía la vista de las
violaciones a los derechos humanos que se producen en las tierras
"rescatadas" por sus tropas. Cada vez son más evidentes las pruebas
de la existencia de una organizada red de tráfico de órganos que
implica tanto a las fuerzas albanesas como a los independentistas de
Kosovo.
En Libia, curiosamente, aumentan a diario los ataques racistas.
¿Las víctimas? La minoría negra, sección que constituye un tercio de
la población del país. Pero esta limpieza étnica no preocupa a la
alianza, la misión ya está cumplida.