Yo amo la educación…

Confesó a Granma el profesor Edgar Hilario Hernández, 50 años después de haber participado en la Campaña de Alfabetización

OLGA DÍAZ RUIZ
olga@granma.cip.cu

Aunque poco dado a las palabras, basta una rápida mirada para presagiar la inquieta personalidad de Edgar Hilario Hernández Reyes, pedagogo de larga trayectoria, natural de Gibara, Holguín, quien a punto de cumplir 70 años y con más de 50 de ejercicio docente, aclara que, por ahora, no está en sus planes retirarse.

Foto: Yander Zamora Participar en la Campaña de Alfabetización es una experiencia que no se puede narrar, uno tiene que vivirla, destacó Hernández.

Al contrario, con su energía poco usual y su capacidad de síntesis a la hora de abatir las interrogantes de cualquier reportero atrevido, confesó que, para combatir el ocio, ha adquirido habilidades también como barbero, albañil, cerrajero y zapatero, y en su tiempo libre, cultiva una pequeña parcela de tierra.

"Siempre he sentido la necesidad de aprender oficios, ser útil en la vida y no depender de nadie", sentenció al conversar con Granma en la escuela de oficios Nguyen Van Troi, del municipio capitalino del Cerro, donde se desempeña desde hace cinco años como profesor de Matemática, mientras colabora con la Facultad Obrero Campesina (FOC) de esta localidad.

Siendo el menor de seis hermanos, estimulado por su madre y su hermana mayor, comenzó su formación pedagógica e inclinación hacia el magisterio en enero de 1959, cuando decidió alternar, casi sin tiempo para descansar, el trabajo en el antiguo Ayuntamiento de Gibara —ahora Poder Popular— con el estudio todos los sábados en la Escuela Formadora de Maestros Primarios de Holguín. Hoy, de sus tres hijos, dos ejercen la docencia además de otra especialidad.

Graduado de maestro primario en 1962, luego como profesor de Matemática en el nivel medio superior, Hernández se licenció en Educación en la década del ‘80, y ya ha impartido esta disciplina en todos los niveles de enseñanza.

A la capital llegó en la década del ‘90 y desde entonces vive en el Cerro. En todos estos años, además de la docencia, realizó disímiles tareas dentro del sector como inspector de maestro primario, asesor regional de Matemática, secretario docente y director de FOC.

LA GESTA DE 1961

En 1958 el 23,6 % de la población cubana con 15 años o más, era analfabeta, mientras poco más del 50 %, con edades entre seis y once años, contaba con algún nivel de escolarización. Para erradicar este flagelo, el Estado revolucionario llevó adelante la histórica Campaña de Alfabetización en 1961.

Según Hernández, esta gesta "abrió las puertas del conocimiento para todas aquellas personas sin instrucción, que entonces tuvieron la posibilidad de estudiar y superarse, de aprender a leer y escribir, pero también a interpretar, escuchar y razonar, y este es uno de los grandes legados de la Revolución cubana para el mundo".

Su espíritu incansable y su amor por la enseñanza lo condujeron a formar parte, con 18 años, de las brigadas Conrado Benítez: "Me formé en el Campamento Granma, de Varadero, Matanzas, donde también colaboré en la preparación de otros jóvenes gracias a mi formación previa como docente, adquirida en Holguín".

Al frente de un grupo pequeño de brigadistas, fue enviado a alfabetizar a los campesinos del cuartón de Los Hoyos, en Jobal, a dos kilómetros de Gibara, donde continuó trabajando en la batalla por alcanzar el sexto y noveno grados. Más tarde, este militante del Movimiento 26 de Julio, participaría también en la formación de maestros populares para impartir el sexto grado de adultos.

Sobre su experiencia en la Campaña de 1961 comentó: "Llegamos de madrugada al campamento y me conmovió mucho entonar las notas del himno de la alfabetización entre tantos adolescentes y jóvenes de todo el país, unidos por un mismo principio de lucha, con una hermandad y una fraternidad tremendas. Es una experiencia que no se puede narrar, uno tiene que vivirla, y se vive una sola vez".

Pero no era fácil la enseñanza entonces, destaca, "teníamos que recorrer grandes distancias diariamente para impartir las clases, y en mi caso, trabajábamos fundamentalmente con personas muy mayores, que mostraban serias dificultades para escribir y desarrollar una caligrafía legible porque sus manos estaban demasiado maltratadas por el trabajo intenso en las peores condiciones".

El apoyo de la familia entonces fue muy importante, advierte, "y eso hace falta hoy, que la familia sea ejemplo para los jóvenes, demande de ellos un mayor esfuerzo y dedicación al estudio y los motive para cumplir además con sus tareas en el ámbito docente y laboral, siempre con disciplina y responsabilidad".

También señaló que los profesores deben ser más exigentes, crear hábitos de estudio, consolidar la formación científico-técnica de los estudiantes, conducir y orientar a los alumnos en la búsqueda de nuevos conocimientos, en el análisis y razonamiento de los contenidos, evitando el facilismo y la reproducción mecánica, y por supuesto, rescatar el empleo de los libros de texto y los diferentes materiales bibliográficos y didácticos de apoyo a la enseñanza, que se debe seguir fortaleciendo desde la base.

"Yo amo la educación —afirma— y aunque creo que debemos continuar perfeccionándola, pienso que se debe enaltecer y reconocer aún más el esfuerzo y sacrificio diarios de nuestros pedagogos.

"No hay nada que pueda sustituir la función social del maestro, por eso, toda mi vida he trabajado para que mis alumnos aprendan un poco más y se superen, porque si queremos una sociedad que sea cada día mejor, todos tenemos que cooperar, sacrificarnos y ser ejemplo."

 

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