Al contrario, con su energía poco usual y su capacidad de
síntesis a la hora de abatir las interrogantes de cualquier
reportero atrevido, confesó que, para combatir el ocio, ha adquirido
habilidades también como barbero, albañil, cerrajero y zapatero, y
en su tiempo libre, cultiva una pequeña parcela de tierra.
"Siempre he sentido la necesidad de aprender oficios, ser útil en
la vida y no depender de nadie", sentenció al conversar con
Granma en la escuela de oficios Nguyen Van Troi, del municipio
capitalino del Cerro, donde se desempeña desde hace cinco años como
profesor de Matemática, mientras colabora con la Facultad Obrero
Campesina (FOC) de esta localidad.
Siendo el menor de seis hermanos, estimulado por su madre y su
hermana mayor, comenzó su formación pedagógica e inclinación hacia
el magisterio en enero de 1959, cuando decidió alternar, casi sin
tiempo para descansar, el trabajo en el antiguo Ayuntamiento de
Gibara —ahora Poder Popular— con el estudio todos los sábados en la
Escuela Formadora de Maestros Primarios de Holguín. Hoy, de sus tres
hijos, dos ejercen la docencia además de otra especialidad.
Graduado de maestro primario en 1962, luego como profesor de
Matemática en el nivel medio superior, Hernández se licenció en
Educación en la década del ‘80, y ya ha impartido esta disciplina en
todos los niveles de enseñanza.
A la capital llegó en la década del ‘90 y desde entonces vive en
el Cerro. En todos estos años, además de la docencia, realizó
disímiles tareas dentro del sector como inspector de maestro
primario, asesor regional de Matemática, secretario docente y
director de FOC.
En 1958 el 23,6 % de la población cubana con 15 años o más, era
analfabeta, mientras poco más del 50 %, con edades entre seis y once
años, contaba con algún nivel de escolarización. Para erradicar este
flagelo, el Estado revolucionario llevó adelante la histórica
Campaña de Alfabetización en 1961.
Según Hernández, esta gesta "abrió las puertas del conocimiento
para todas aquellas personas sin instrucción, que entonces tuvieron
la posibilidad de estudiar y superarse, de aprender a leer y
escribir, pero también a interpretar, escuchar y razonar, y este es
uno de los grandes legados de la Revolución cubana para el mundo".
Su espíritu incansable y su amor por la enseñanza lo condujeron a
formar parte, con 18 años, de las brigadas Conrado Benítez: "Me
formé en el Campamento Granma, de Varadero, Matanzas, donde también
colaboré en la preparación de otros jóvenes gracias a mi formación
previa como docente, adquirida en Holguín".
Al frente de un grupo pequeño de brigadistas, fue enviado a
alfabetizar a los campesinos del cuartón de Los Hoyos, en Jobal, a
dos kilómetros de Gibara, donde continuó trabajando en la batalla
por alcanzar el sexto y noveno grados. Más tarde, este militante del
Movimiento 26 de Julio, participaría también en la formación de
maestros populares para impartir el sexto grado de adultos.
Sobre su experiencia en la Campaña de 1961 comentó: "Llegamos de
madrugada al campamento y me conmovió mucho entonar las notas del
himno de la alfabetización entre tantos adolescentes y jóvenes de
todo el país, unidos por un mismo principio de lucha, con una
hermandad y una fraternidad tremendas. Es una experiencia que no se
puede narrar, uno tiene que vivirla, y se vive una sola vez".
Pero no era fácil la enseñanza entonces, destaca, "teníamos que
recorrer grandes distancias diariamente para impartir las clases, y
en mi caso, trabajábamos fundamentalmente con personas muy mayores,
que mostraban serias dificultades para escribir y desarrollar una
caligrafía legible porque sus manos estaban demasiado maltratadas
por el trabajo intenso en las peores condiciones".
El apoyo de la familia entonces fue muy importante, advierte, "y
eso hace falta hoy, que la familia sea ejemplo para los jóvenes,
demande de ellos un mayor esfuerzo y dedicación al estudio y los
motive para cumplir además con sus tareas en el ámbito docente y
laboral, siempre con disciplina y responsabilidad".
También señaló que los profesores deben ser más exigentes, crear
hábitos de estudio, consolidar la formación científico-técnica de
los estudiantes, conducir y orientar a los alumnos en la búsqueda de
nuevos conocimientos, en el análisis y razonamiento de los
contenidos, evitando el facilismo y la reproducción mecánica, y por
supuesto, rescatar el empleo de los libros de texto y los diferentes
materiales bibliográficos y didácticos de apoyo a la enseñanza, que
se debe seguir fortaleciendo desde la base.
"Yo amo la educación —afirma— y aunque creo que debemos continuar
perfeccionándola, pienso que se debe enaltecer y reconocer aún más
el esfuerzo y sacrificio diarios de nuestros pedagogos.
"No hay nada que pueda sustituir la función social del maestro,
por eso, toda mi vida he trabajado para que mis alumnos aprendan un
poco más y se superen, porque si queremos una sociedad que sea cada
día mejor, todos tenemos que cooperar, sacrificarnos y ser ejemplo."