En el Oratorio San Felipe Neri, con el acompañamiento al piano de
Esperanza Rodríguez, Johana recorrió algunos de los hitos de ese
género seminal, enriquecido secularmente en las idas y vueltas a uno
y otro lado del Atlántico.
Entre las páginas más frecuentadas no podían faltar Mírame así,
de Eduardo Sánchez de Fuentes, ni La bella cubana, del
inefable José White, con la línea melódica del violín aportado por
Jenny Peña, ni ya en el plano de la mayor exigencia el célebre
Vocalisse en forma de habanera, del francés Maurice Ravel, ni la
Havanaise, de Pauline Viardot.
Tampoco fue esta la primera vez en que la Simón, asistida por una
vocación de estudio de sus raíces, redescubre momentos
significativos pero venidos a menos de nuestro acervo lírico, como
lo son Bajo una enredadera, de Carmelina Delfín, Habanera
simple, del recordado maestro Félix Guerrero, y la atrevida y
criollísima Al ingenio de mi papá, que Ignacio Cervantes
incluyó en su zarzuela El submarino de Peral.
Quizá pudo prescindir de En tu jardín solar de mar y viento,
hermoso poema de Ángel Augier dedicado a Alicia Alonso, pero que no
corrió igual fortuna en la musicalización del trovador Walfrido
Guevara ni aún con la atendible versión para piano y voz de Hilario
González, compositor que merece ser mucho más escuchado en nuestra
época.
Sin embargo, el mayor desafío estuvo al comienzo del recital,
cuando Johana interpretó el ciclo Cinco canciones negras, del
catalán Xavier Montsalvatge (1912 – 2001), honrado con el Premio
Iberoamericano de la Música Tomás Luis Victoria al igual que
nuestros Harold Gramatges y Leo Brouwer.
Las aludidas piezas vocales han devenido referencias ineludibles
en el cancionero ibérico de concierto de la primera mitad del siglo
XX, solo comparables con el impacto de Siete canciones españolas,
de Manuel de Falla. Prueba al canto, su presencia en los repertorios
de grandes voces peninsulares como las de Montserrat Caballé, Teresa
Berganza y Victoria de los Ángeles. El genio de Montsalvatge se
transparenta en el juego con un esquema tonal armónico llevado a
tensiones inimaginables y su encaje con líneas de canto influidas
por la habanera y el son pero asimiladas a un estilo personal.
La Simón no sólo logró una sensible identidad con el material
sonoro de Montsalvatge sino que supo transmitir las inflexiones e
intenciones de los versos de Rafael Alberti, Nicolás Guillén,
Idelfonso Pereda Valdés y Néstor Luján musicalizados por el
compositor catalán. Valdrá la pena que esta versión de la muchacha
habanera de las Cinco canciones negras quedara registrada más
temprano que tarde en un fonograma.