De inmediato las fuerzas represivas se pusieron en acción, pero
con mayor sutileza actuaron los servicios de inteligencia, con el
FBI y la CIA a la cabeza, para penetrar el movimiento y
desnaturalizarlo, tarea que llevó varios años y el empleo de métodos
de control social, desde inundar de drogas alucinógenas los medios
universitarios hasta la asimilación de las expresiones
contraculturales.
Debe recordarse cómo lo que comenzó en Berkeley se propagó
prontamente a otras universidades norteamericanas, con su punto más
álgido hacia 1968, cuando los estudiantes afronorteamericanos de
Howard ocuparon el rectorado y casi de inmediato otras 12
universidades fueron ocupadas por los jóvenes, con sus consignas
antibelicistas y muestras de solidaridad con la insurgencia negra en
los ghettos de Chicago, Filadelfia y Atlanta. En la sede
californiana durante dos semanas hubo enfrentamientos brutales,
animados nada menos que por Ronald Reagan, a la sazón gobernador del
estado, quien acuñó una frase: "Hay que limpiar el desorden de
Berkeley". Fue el mismo año en que París y varias ciudades alemanas
protagonizaron el Mayo del 68 y en México se desencadena la tragedia
conocida como la Matanza de Tlatelolco.
Ahora Berkeley no es el centro sino una de las tantas cajas de
resonancia de la ola de protestas e indignación de decenas de miles
de ciudadanos, desde Atenas a Nueva York, pasando por Madrid y
Barcelona, contra los privilegios y la impunidad con que se
desenvuelven las oligarquías financieras y los políticos
tradicionales ante la crisis originada por la desorbitada
especulación y la adopción del neoliberalismo como dogma sistémico.
En este caso los estudiantes abandonaron las aulas no solo para
apoyar el movimiento Ocupa Wall Street, que apunta sus dardos contra
el símbolo del poder financiero de Estados Unidos y se ha extendido
a importantes ciudades de la Unión, sino sobre todo para denunciar
el progresivo e insostenible aumento de las cuotas de matrícula, el
previsto recorte de unos 100 millones de dólares del presupuesto del
estado para la educación superior en la planificación para el 2012 y
el alza hasta de un 9 % de los intereses bancarios en los préstamos
a los universitarios que necesitan financiar sus carreras.
"El mensaje que llevamos todos es que los bancos deben pagar por
este desastre financiero que ha creado Wall Street. Deben poner de
su parte para que más familias no sigan sufriendo, ya que se siguen
recortando servicios sociales y aumentando las tasas
universitarias", declaró al diario San Francisco Chronicle Jennifer
Tucker, una de las organizadoras de la protesta. Los estudiantes
estaban desarmados, ni siquiera con estacas ni piedras. Y contaban
con la anuencia de uno de los administradores del campus que solo
prohibió el uso de estufas en la acampada.
La acción pacífica, denominada Ocupemos California (Occupy Cal),
fue frustrada por la policía a bastonazo limpio. La vocera del
Departamento de Policía de Berkeley, Mary Kusmiss, tuvo el cinismo
de expresar en un comunicado: "... no quisimos dañar a nadie,
actuamos para proteger a la comunidad universitaria y a los propios
estudiantes".
Por tradición heredada, la protesta de Berkeley no debe quedar en
nada. También por tradición, ya el establisment debe estar
pensando en una estrategia que desarticule o cuando menos minimice
el impacto mediático y social de la protesta, sin descartar, desde
luego, nuevos actos represivos.
Por lo pronto, los de Berkeley recibieron el apoyo de sus iguales
en las sedes universitarias de Santacruz, Santa Bárbara, Davis, Los
Ángeles (UCLA), Riverside, Irvine y San Diego, que se manifestaron a
lo largo del último jueves.
La imagen de policías, porra en mano, arremetiendo la pasada
semana contra estudiantes en el campus de Berkeley de la Universidad
de California, trajo a la memoria los tiempos en que ese centro
docente en la vecindad de San Francisco se convirtió en uno de los
puntos de irradiación de la rebeldía juvenil de los años 60 del
siglo pasado y, también como era de esperar, uno de los escenarios
en los que el sistema puso en práctica todos los métodos posibles
para neutralizar el espíritu levantisco de la época.