En ese entonces la prédica mafiosa pronosticó una catástrofe
nacional: la caída de la Bolsa de Valores, la quiebra de las
inversiones, la fuga de capitales, la inflación galopante, la
destrucción del aparato productivo, el retorno del terror, y muchas
otras calamidades que habrían de caer sobre los hombros de los
peruanos que habían tenido "la osadía" de consagrar la victoria de
un candidato empeñado en promover el cambio social.
Nada de lo augurado sucedió. El Perú pudo registrar el conjunto
de maldiciones que echara contra el pueblo la Mafia envilecida. Pero
pudo también darse cuenta de que se trataba simplemente de palabras,
de profecías siniestras que carecían de sustento.
Hoy, en efecto, la vida de los peruanos se desarrolla con
tranquilidad básica en tanto que la estima ciudadana por el Jefe del
Estado —cuyo gobierno enfrenta a una campaña demoledora de los
medios adversos— se mantiene por encima del 65 % de adhesion
es. La economía sigue su curso y las expectativas de la reacción
se han dado con un palmo de narices sin llamar la atención del
mundo.
Al llegar a los cien días de gestión gubernativa, diversos
analistas, dirigentes sociales y políticos y distintas
personalidades de los más variados ámbitos, han dado sus opiniones.
En lo fundamental, ellas coinciden en considerar que el Gobierno se
maneja con cautela y ejecutoria responsable, aunque —unos y otros—
han registrado insuficiencias de diverso tipo. Curiosamente, tanto
la Sociedad Nacional de Industrias —lo más rancio de la oligarquía
local— como la Central Sindical más poderosa —la CGTP— han
coincidido en su apreciación del momento y han tenido elogios para
el rumbo del gobierno en funciones.
¿Qué ha podido unir, esta vez, al agua y al aceite? ¿Alguien
podría suponer una suerte de coincidencia básica entre la
organización patronal y la estructura histórica de los asalariados?
¿En qué se basa este sorprendente punto de convergencia que coloca
al Gobierno, y en particular al Presidente de la República, por
encima de la crítica cotidiana?
Hay que reconocer, en primer lugar, que la derecha tiene motivos
de contento: nadie le ha cortado el cuello, como ella esperaba que
ocurriera al día siguiente de la victoria del humalismo; o más
tarde, a poco que asumiera su mandato el presidente hoy en
funciones.
Por eso, mientras organiza sus escuadrones de combate y envía a
sus áulicos a que ladren contra los funcionarios del Estado en todos
los niveles, la derecha suspira, anhelando que se prolongue su
tiempo de supervivencia hasta que —finalmente— concluya su gestión
este gobierno y las aguas —como ellos dicen— "vuelvan a su nivel".
En la otra orilla, los trabajadores no perciben aún en toda su
dimensión el complejo cuadro que se perfila en el escenario.
Perciben cambios, pero no los juzgan con criterio de futuro, sino
como el resultado de acciones puntuales que responden tan solo a los
retos de hoy. Ni uno ni otro ven, entonces, una confrontación global
en el escenario.
Hay que considerar que el nuevo gobierno tiene aún muy recortada
su capacidad operativa. Muchos de los funcionarios de la
administración pública fueron tomados por el gobierno de García
entre enero y junio de este año, mediante la modalidad de "contrato
a plazo fijo". Y esa situación se prolongará hasta el próximo 31 de
diciembre, fecha en la que finalmente podrán ser removidos de sus
cargos. Igualmente, el Gobierno de García hizo muchas adquisiciones
con el propósito de favorecer a sus clientes y allegados. Así,
llenó, por ejemplo, los depósitos del arroz que hoy se pudre en los
almacenes del Estado sin tener la red elemental de distribución del
producto. En dichas adquisiciones, el Gobierno anterior dispuso de
numerosas partidas, por lo que dejó exhaustas las arcas públicas en
distintas áreas. Con presupuestos agotados, no es mucho lo que se
puede hacer en beneficio de la ciudadanía.
De todos modos bien puede decirse que hay cuatro áreas —las
principales— en las que se perciben cambios que auguran algo más en
la perspectiva. Veamos.
Si los trabajadores de los grandes almacenes Ripley hubieran
hecho su huelga demandando el reconocimiento del sindicato, la
admisión del Pliego y la dación de aumentos salariales durante el
Gobierno de García, simplemente los habrían despedido a todos sin
pena ni gloria. Pero la situación es hoy diferente: triunfaron en su
lucha, les reconocieron el sindicato, les admitieron el Pliego y
debieron otorgarles aumentos salariales.
¿Qué faltó para que la victoria de los trabajadores fuera
completa? Que la Vanguardia Obrera hubiera procesado, en horas, la
organización sindical de los trabajadores de las otras empresas
similares, como Saga Falabella, Tottus, Metro, Wong, Plaza Vea u
otras. Lo que ocurrió, sin embargo, confirma la idea de que el trato
que el Gobierno da a los trabajadores es esencialmente distinto hoy.
Y esa es una primera señal.
Una segunda tiene que ver con los temas de inclusión y de
explotación de reservas y recursos. Están en marcha los programas
sociales más importantes. Pero, además, el Gobierno incluye a la
población en las decisiones referidas a los apremiantes temas de la
inversión. Lo ocurrido en Cajamarca con la empresa Yanacocha y su
proyecto La Conga refleja eso de cuerpo entero. Se acabaron los
tiempos en los que primaba la voracidad de los capitalistas
empeñados en apoderarse de las riquezas nacionales de cualquier
modo. Ahora, tendrán que someterse a nuevas reglas y, sobre todo, a
mecanismos creados para proteger la soberanía nacional y los
derechos de las poblaciones.
Pero hay un tercer elemento significativo: la lucha contra la
corrupción. Ella ha sido el centro de los discursos presidenciales
referidos al tema. Y no ha hecho concesiones aún en el caso en el
que las denuncias han tocado a parlamentarios, o incluso, ministros
del Gobierno. Diferencia notable, por cierto, con relación a las
administraciones anteriores: Fujimori, Toledo y García tuvieron
siempre la misma debilidad: amparar y proteger a los ladrones de
cuello y corbata, con tal de que les sirvieran. Aunque no se le ha
probado realmente nada —salvo soberbia desmedida— Omar Chehade se ha
visto en la necesidad de enfrentar virtualmente solo a sus
adversarios, que lo han colocado contra la pared con acusaciones
variadas.
Y un cuarto elemento clave tiene que ver con la política
exterior. Con acierto, la Cancillería ha colocado en el centro de
sus preocupaciones su relación integradora con pueblos y países de
América Latina, ha hablado sin prejuicios en torno a Venezuela y ha
tenido el tino de extender la mano al Gobierno de Cuba, que en tan
difíciles circunstancias siempre se solidarizó con los peruanos.
Pero, además, la Cancillería ha abierto el abanico de las
relaciones internacionales dejando sin habla a la derecha al
asegurar que Estados Unidos no constituye hoy nuestro prioritario
centro de interés. El mundo —dijo el ministro Roncagliolo— es ahora
multipolar. Y tan importante como Estados Unidos, es ahora la Unión
Europea, China, la India, la Unión Africana o América del Sur. Tan
categórica afirmación produjo soponcios en los predios de
Yanquilandia, pero responde a la más estricta verdad. El discurso de
Humala en la reciente cumbre de Asunción marcará por cierto un hito
en materia de nuestra política exterior, pero también en la
definición del rol y el papel del Estado en la vida nacional. Estos
cuatro elementos confirman la idea de que, en estos cien días, el
Perú ha comenzado a cambiar. Quienes quieren realmente que este
cambio avance no deben sentarse a esperar qué hace el Gobierno, sino
hacer desde ahora lo que el país requiere a gritos: unidad,
organización y conciencia.