ción
de un hombre, laberinto de búsquedas y agobios de por medio y, como
colofón, la policía tocando a la puerta. Podría ser esa una pista
inicial para los espectadores que vayan a ver La guarida del topo,
cinta cubana de encomiable ejercicio narrativo en su primer tercio
de metraje, sobre todo si se tiene en cuenta que se está contando la
monotonía diaria de alguien decidido a vivir de puertas hacia
adentro.
¿Antecedentes de tal conducta?
El filme de Alfredo Ureta escoge decir menos que más, e incluso
su protagonista femenina ni abre la boca en toda la película. Pero
no se necesita mayor elocuencia. En el caso del hombre, tres
subrayados esenciales: la foto (rasgada al medio para excluir a la
otra persona) de una hija pequeña, con una de esas dedicatorias que
en su simpleza parten el alma; un viejo radio que a diario deja
escuchar el No puedo ser feliz, interpretado por (el ya
recurrente en el cine) Bola de Nieve, y un afiche en la pared que
muestra a una monumental rubia en bikini, compañera de
transportaciones cerebrales en las inquietas noches sin sueño.
El espectador tiene suficiente para configurar esencias sin
necesidad de que le expliquen que el hombre (quizás) ha sido dejado
por la mujer que ama, y que la hija está quién sabe dónde, y que si
se baña con un cubito es porque el agua no llega a la ducha. Es
decir, el hombre una vez fue feliz, como lo corroborará una foto
suya sonriente en una revista, junto a otros constructores de
túneles como él. No hay humor, pero sí una mano inteligente en la
elaboración de dos o tres escenas tan imaginativas como suavizadoras
de durezas. Entonces el vecino de al lado toca a la puerta del
solitario y le pide, por favor, que le esconda a la sobrina que huye
de un marido matamujeres.
Sigue fluyendo el equilibrio narrativo en la convivencia del
hombre y la mujer que huye; se cuenta lo exacto, la mirada, el
gesto, la expectativa hacia lo que traerán las próximas horas y al
llegar el descalabro físico del marido violento que irrumpe una
noche en el apartamento, se piensa que los realizadores están
apostando fuerte por una película realista, intimista y no exenta de
una atmósfera que, en alguna medida, ¿la acercará a la sordidez de
un Arturo Ripstein?
Después llega el hueco en el piso y el descenso del protagonista
por un largo túnel, escenas, al igual que el filme en general, en
las que se destaca la fotografía de Alejandro Pérez, pero a esta
altura de los descensos a las tinieblas hay que ver lo novedoso que
de esos extravíos pueda obtenerse.
El recurso, ya sea onírico o real, es muy viejo. Desde el Orfeo y
el Teseo mitológicos, hasta los dibujos que se encuentran en los
pisos de algunas catedrales góticas como símbolos de las búsquedas y
caminos tortuosos que deben seguir en los laberintos los seguidores
de Cristo para encontrar la salvación de sus almas. Sin olvidar el
uso de los surrealistas y otros artistas interesados en expresar sus
agobios y estados de asfixia. No es que esté prohibido bajar a esos
mundos de tinieblas, solo que el hacerlo ––después de tantas bajadas
literarias y cinematográficas–– conlleva un reto demasiado
resbaladizo del que La guarida del topo no sale airoso,
porque más allá de sus imágenes bien filmadas y de los sonidos
estrepitosos que buscan un poco de suspenso, no se aporta a la
historia algo que ya no se sepa.
Y está lo que sería la tercera parte de la estructura fílmica, la
policíaca, una quebradura dramática que no sustenta la debida
complejidad al conflicto, sino más bien que lo concluye de una
manera tan convencional que hace pensar en aquel código Hays
predominante durante más de 30 años en la cinematografía
norteamericana, y mediante el cual (¡el crimen siempre paga!) se les
exigía a los filmes un final moralizante (con el detalle de que en
La guarida¼ habría que hablar de
accidente, mejor que de crimen).
Néstor Jiménez, que ha ido creciendo, dejando atrás algunos
vicios de sobreactuación, está inmejorable en este filme que
constituye una prueba de fuego para cualquier actor, y Ketty de la
Iglesia no sorprende porque ya se sabe que es muy buena y por lo
tanto debiera estar más en el cine.
Dentro de la carrera cinematográfica de Alfredo Ureta (muchos
documentales y videos clip), este segundo largo es un innegable paso
de avance que, entre virtudes y aspectos para discutir, hace pensar
en una vieja máxima del cine: tan importante como lo que se cuenta,
es la manera en que se organizan las ideas.