La guarida del topo

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Largo viaje desde la soledad hasta la probable reden- .ción de un hombre, laberinto de búsquedas y agobios de por medio y, como colofón, la policía tocando a la puerta. Podría ser esa una pista inicial para los espectadores que vayan a ver La guarida del topo, cinta cubana de encomiable ejercicio narrativo en su primer tercio de metraje, sobre todo si se tiene en cuenta que se está contando la monotonía diaria de alguien decidido a vivir de puertas hacia adentro.

¿Antecedentes de tal conducta?

El filme de Alfredo Ureta escoge decir menos que más, e incluso su protagonista femenina ni abre la boca en toda la película. Pero no se necesita mayor elocuencia. En el caso del hombre, tres subrayados esenciales: la foto (rasgada al medio para excluir a la otra persona) de una hija pequeña, con una de esas dedicatorias que en su simpleza parten el alma; un viejo radio que a diario deja escuchar el No puedo ser feliz, interpretado por (el ya recurrente en el cine) Bola de Nieve, y un afiche en la pared que muestra a una monumental rubia en bikini, compañera de transportaciones cerebrales en las inquietas noches sin sueño.

El espectador tiene suficiente para configurar esencias sin necesidad de que le expliquen que el hombre (quizás) ha sido dejado por la mujer que ama, y que la hija está quién sabe dónde, y que si se baña con un cubito es porque el agua no llega a la ducha. Es decir, el hombre una vez fue feliz, como lo corroborará una foto suya sonriente en una revista, junto a otros constructores de túneles como él. No hay humor, pero sí una mano inteligente en la elaboración de dos o tres escenas tan imaginativas como suavizadoras de durezas. Entonces el vecino de al lado toca a la puerta del solitario y le pide, por favor, que le esconda a la sobrina que huye de un marido matamujeres.

Sigue fluyendo el equilibrio narrativo en la convivencia del hombre y la mujer que huye; se cuenta lo exacto, la mirada, el gesto, la expectativa hacia lo que traerán las próximas horas y al llegar el descalabro físico del marido violento que irrumpe una noche en el apartamento, se piensa que los realizadores están apostando fuerte por una película realista, intimista y no exenta de una atmósfera que, en alguna medida, ¿la acercará a la sordidez de un Arturo Ripstein?

Después llega el hueco en el piso y el descenso del protagonista por un largo túnel, escenas, al igual que el filme en general, en las que se destaca la fotografía de Alejandro Pérez, pero a esta altura de los descensos a las tinieblas hay que ver lo novedoso que de esos extravíos pueda obtenerse.

El recurso, ya sea onírico o real, es muy viejo. Desde el Orfeo y el Teseo mitológicos, hasta los dibujos que se encuentran en los pisos de algunas catedrales góticas como símbolos de las búsquedas y caminos tortuosos que deben seguir en los laberintos los seguidores de Cristo para encontrar la salvación de sus almas. Sin olvidar el uso de los surrealistas y otros artistas interesados en expresar sus agobios y estados de asfixia. No es que esté prohibido bajar a esos mundos de tinieblas, solo que el hacerlo ––después de tantas bajadas literarias y cinematográficas–– conlleva un reto demasiado resbaladizo del que La guarida del topo no sale airoso, porque más allá de sus imágenes bien filmadas y de los sonidos estrepitosos que buscan un poco de suspenso, no se aporta a la historia algo que ya no se sepa.

Y está lo que sería la tercera parte de la estructura fílmica, la policíaca, una quebradura dramática que no sustenta la debida complejidad al conflicto, sino más bien que lo concluye de una manera tan convencional que hace pensar en aquel código Hays predominante durante más de 30 años en la cinematografía norteamericana, y mediante el cual (¡el crimen siempre paga!) se les exigía a los filmes un final moralizante (con el detalle de que en La guarida¼ habría que hablar de accidente, mejor que de crimen).

Néstor Jiménez, que ha ido creciendo, dejando atrás algunos vicios de sobreactuación, está inmejorable en este filme que constituye una prueba de fuego para cualquier actor, y Ketty de la Iglesia no sorprende porque ya se sabe que es muy buena y por lo tanto debiera estar más en el cine.

Dentro de la carrera cinematográfica de Alfredo Ureta (muchos documentales y videos clip), este segundo largo es un innegable paso de avance que, entre virtudes y aspectos para discutir, hace pensar en una vieja máxima del cine: tan importante como lo que se cuenta, es la manera en que se organizan las ideas.

 

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