El sexo fue un gancho esencial que se utilizó para atraer
espectadores y no han sido pocos los que lo descubrieron, primero en
el cine, que en la vida misma.
Se iba al cine para ver el último oeste pero también para captar
la fugaz aparición de un seno, aunque fuera de perfil.
Además de que uno se enamoraba de las actrices.
A finales de los cincuenta y principios de los sesenta del pasado
siglo, Brigitte Bardot sedujo a millones de espectadores con la
mezcla de candidez y sensualidad que de ella emanaba. Al igual que
antes se hiciera con Marlene Dietrich (en los principios de la
actriz alemana), la Bardot era utilizada por los directores y las
casas productoras, más como una estética del descoco que como
actriz.
En 1960 la promoción cinematográfica fue amplia en Cuba, al
informar de la exhibición de una comedia que la Bardot realizara en
1956 junto a la mítica Gloria Swanson. También aparecían en el filme
Vittorio de Sica y Alberto Sordi y su título era Los fines de
semanas de Nerón. La sinopsis hablaba de la Bardot en el papel
de Popea Sabina, la amante de Nerón, y había una foto que la
recreaba sin más ropa que una vaporosa seda.
¡El acabose!
Los más serios en la escuela se ocuparon de buscar referencias
librescas acerca de la tal Popea Sabina y fue así que nos enteramos
que había estado casada dos veces antes de llegar a los brazos de
Nerón. También que había sido la responsable ––intriga mediante––,
de que el emperador enviara al último hueco a su madre, Agripina, a
su amantísima esposa y hasta al venerado Séneca. Abierto el camino
al tálamo, Popea se convertiría en emperatriz y seguiría dándose
baños con leche de asna.
Suficiente: ningún director renunciaría a una escena con la
Bardot desnuda bajo cántaros de leche.
Había, sin embargo, un problema, la cinta era prohibida para
menores de 15 años y teníamos entre 13-14. Pero por ver a la Bardot
en la tinaja lo que fuera: empinarse ante la taquilla y mentir
descaradamente, pintarse un bigotito, llegar fumando y con gesto de
gángster apurado decir "dame una para arriba"; un sombrero de agua,
un saco prestado, cualquier recurso menos una clemencia.
Algunos pudieron pasar y otros no. Todavía me pregunto cómo con
tanto cuerpo menguado me dejaron. Empezó la película y el silencio
era expectante. Primer rollo, nada: segundo rollo, nada; tercer
rollo ––comenzaba el nerviosismo––, nada; cuarto rollo, apareció la
tinaja, pero nada.
Nunca más volví a ver aquella comedia, tan insulsa como
criminalmente casta.
Pero más de cincuenta años después la sigo recordando porque fue
la primera vez que el cine ––aun tratándose de una Bardot
fresquita–– me hizo sentir en la boca el sabor a gato, cuando en
realidad era liebre lo que esperaba.