El sabor del gato

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

A esta altura ya casi no se sabe qué fue lo primero, .si el sexo o el cine.

Lo cierto es que si se sacaran de la historia de la cinematografía todas aquellas películas que tengan que ver con el sexo, pues simplemente no habría historia.

Aquí se anuncia como Mi hijo Nerón, pero es la misma Los fines de semana de Nerón, con Brigitte Bardot

El sexo fue un gancho esencial que se utilizó para atraer espectadores y no han sido pocos los que lo descubrieron, primero en el cine, que en la vida misma.

Se iba al cine para ver el último oeste pero también para captar la fugaz aparición de un seno, aunque fuera de perfil.

Además de que uno se enamoraba de las actrices.

A finales de los cincuenta y principios de los sesenta del pasado siglo, Brigitte Bardot sedujo a millones de espectadores con la mezcla de candidez y sensualidad que de ella emanaba. Al igual que antes se hiciera con Marlene Dietrich (en los principios de la actriz alemana), la Bardot era utilizada por los directores y las casas productoras, más como una estética del descoco que como actriz.

En 1960 la promoción cinematográfica fue amplia en Cuba, al informar de la exhibición de una comedia que la Bardot realizara en 1956 junto a la mítica Gloria Swanson. También aparecían en el filme Vittorio de Sica y Alberto Sordi y su título era Los fines de semanas de Nerón. La sinopsis hablaba de la Bardot en el papel de Popea Sabina, la amante de Nerón, y había una foto que la recreaba sin más ropa que una vaporosa seda.

¡El acabose!

Los más serios en la escuela se ocuparon de buscar referencias librescas acerca de la tal Popea Sabina y fue así que nos enteramos que había estado casada dos veces antes de llegar a los brazos de Nerón. También que había sido la responsable ––intriga mediante––, de que el emperador enviara al último hueco a su madre, Agripina, a su amantísima esposa y hasta al venerado Séneca. Abierto el camino al tálamo, Popea se convertiría en emperatriz y seguiría dándose baños con leche de asna.

Suficiente: ningún director renunciaría a una escena con la Bardot desnuda bajo cántaros de leche.

Había, sin embargo, un problema, la cinta era prohibida para menores de 15 años y teníamos entre 13-14. Pero por ver a la Bardot en la tinaja lo que fuera: empinarse ante la taquilla y mentir descaradamente, pintarse un bigotito, llegar fumando y con gesto de gángster apurado decir "dame una para arriba"; un sombrero de agua, un saco prestado, cualquier recurso menos una clemencia.

Algunos pudieron pasar y otros no. Todavía me pregunto cómo con tanto cuerpo menguado me dejaron. Empezó la película y el silencio era expectante. Primer rollo, nada: segundo rollo, nada; tercer rollo ––comenzaba el nerviosismo––, nada; cuarto rollo, apareció la tinaja, pero nada.

Nunca más volví a ver aquella comedia, tan insulsa como criminalmente casta.

Pero más de cincuenta años después la sigo recordando porque fue la primera vez que el cine ––aun tratándose de una Bardot fresquita–– me hizo sentir en la boca el sabor a gato, cuando en realidad era liebre lo que esperaba.

 

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