La fusión del poder de las corporaciones con el accionar de los
funcionarios electos o nombrados en el sistema "democrático
representativo", no deja espacio a la defensa del interés público.
Millones de dólares en financiamiento para las elecciones inundan
las salas del poder de Washington, aportados por decenas de miles de
bien remunerados lobistas de las corporaciones, en tanto que los
ejecutivos de estas se mueven cada vez con mayor libertad entre lo
público y lo privado. La separación entre los organismos del
gobierno y las corporaciones privadas se hace más y más intangible.
Este control corporativo sobre la actividad del gobierno ayuda a
explicar por qué la ciudadanía estadounidense sufre un sistema de
salud que llena los bolsillos de los ejecutivos de la industria en
detrimento de los enfermos; la industria de la guerra causa tantas
muerte y destrucción para enriquecer a fabricantes de armas y
contratistas de la defensa, y el sector financiero quebranta a la
clase obrera y a los pobres para distribuir miles de millones de
dólares en bonificaciones a los directores ejecutivos de Wall Street.
Este corporativismo en rápido crecimiento se extiende más allá de
las fronteras de la nación a través de su diplomacia, como lo
denunció un artículo titulado "Cómo las corporaciones dominan la
diplomacia estadounidense", publicado a fines de junio en la revista
Information Clearing House con la firma de Rania Khalek.
Muchos de los mensajes de las embajadas de EE.UU. publicados por
WikiLeaks revelan la exorbitante influencia que ejercen las
corporaciones sobre la diplomacia de Washington y la constante
intervención del personal de sus embajadas en los asuntos internos
de otros países por cuenta de las corporaciones estadounidenses.
Esta colusión corporativa-gubernamental, que a menudo opera a los
más altos niveles del poder, ha logrado crear un procedimiento
operativo que propicia que los funcionarios del gobierno tengan lo
que puede considerarse un segundo empleo como servidores de las
corporaciones que, en el caso de los diplomáticos, equivale a un
trabajo como agentes virtuales de mercadeo de alguna corporación.
El trabajo periodístico de Rania Khalek ilustra con revelaciones
de WikiLeaks la manera en que los diplomáticos de EE.UU., de forma
sórdida e indecorosa, actúan más por cuenta de intereses
corporativos que por los de la nación que representan.
Con diplomáticos sirviéndoles como personal de ventas con acceso
privilegiado a los jefes de Estado de muchos países, las grandes
corporaciones promueven la venta de sus mercancías, tecnologías y
servicios, y ofrecen, a un muy elevado nivel de gobierno, seductores
contratos capaces de entorpecer las ofertas de sus rivales europeos
o asiáticos.
Con beneplácito o aprobación del Departamento de Estado, en
algunos países diplomáticos estadounidenses espían por cuenta de las
corporaciones y en detrimento de los derechos populares y el medio
ambiente, a dirigentes indígenas, obreros, estudiantiles y
académicos, así como a sus partidarios que organizan huelgas y
protestas.
Por encargo de los consorcios, diplomáticos de EE.UU. analizan
las políticas oficiales de los países de su acreditación que afectan
o puedan perjudicar sus intereses corporativos y tramitan sobornos y
pagos para sufragar acciones desestabilizadoras.
En no pocos países tercermundistas, diplomáticos de Estados
Unidos se involucran en las relaciones obrero-patronales ejerciendo
presión sobre los gobiernos para objetivos tales como mantener por
debajo del salario mínimo oficial a los trabajadores de las
maquiladoras.
Quizás el logro más positivo de las indiscreciones de WikiLeaks
haya sido sacar a la luz la corrupción introducida en el gobierno de
Estados Unidos por las corporaciones a través de su diplomacia.
Se evidencia que la oligarquía estadounidense, que hace siglos ha
venido actuando como un gobierno invisible, se adentra en una época
en que ha tenido que dejar a un lado la ficción democrática para
mostrarse crudamente.
Parece que la ciudadanía consciente de Estados Unidos también ha
comenzado a ver el asunto más claramente, pese al ocultamiento y
manipulación de la información por los medios principales en manos,
precisamente, de aquel gobierno invisible.
La consigna popular de "¡Ocupar Wall Street!", enarbolada por los
"indignados" en representación declarada del 99 % de los ciudadanos
de Estados Unidos como propuesta para resolver la crisis del
sistema, es prueba de ello.