Paisaje brouweriano con música

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

FOTO: Yander ZamoraLeo Brouwer es sencillamente inagotable. Las jornadas del III Festival de Música de Cámara que acaba de poner en marcha en la Basílica de San Francisco movilizan fervores y electrizan el ambiente musical de la capital a base de descubrimientos, sorpresas, confirmaciones y novedades sin cuento. La jornada sabatina, rotulada sugestivamente Un holandés errante, sacó a relucir partituras esenciales y encumbró a intérpretes de sobrados méritos.

La referencia al gentilicio de los Países Bajos, vino por partida doble: el homenaje a Hubert de Blanck —también se reconoció a los colectivos del Museo Nacional de la Música y de la Basílica por sus conmemoraciones aniversarias— y la propia ascendencia de Leo, cuyo abuelo provino del país europeo y, como él mismo suele decir, "quedó prendado de la hermosura de una mestiza".

De Blanck (1856 – 1932) se instaló en Cuba y fundó uno de los más prestigiosos conservatorios de la Isla. Heredero de la tradición romántica tardía europea —piénsese en César Franck, como observó el músico Orlando Vistel—, escribió interesantes partituras, como la del Quinteto para cuarteto de cuerdas y piano, de 1914, atesorada por el Museo Nacional de la Música y en estado virginal hasta la audición de este Festival. Aunque dispuesta en dos movimientos, en realidad, de acuerdo con el atinado juicio del maestro Jesús Ortega, cumple estructuralmente con los principios de la sonata del siglo XIX, pues se hacen evidentes cuatro partes de dinámicas alternadas, con rondó incluido. Lisette Jorge y Liana Fuentes (violines), Norma Ferrer (viola), Isabel Paula García (cello) y Karla Martínez (piano), sacaron adelante con decoro la partitura.

Con Leo siempre la guitarra ocupará, de un modo u otro, un plano protagónico. Quiso esta vez, sin embargo, que en un primer momento sus obras para guitarra Preludios epigramáticos y Una idea: passagaglia para Eli, se rebautizaran en las aguas del jordán de los orígenes: tiorba, laúd, guitarra barroca, cordófonos de una era primigenia, interpretados por Aland López, experto mayor de esas lides en Cuba.

Luego la defensa del repertorio brouweriano corrió por cuenta de un dúo del que tendremos que hablar en nota aparte: el cubano Marcos Tamayo y la española Anabel Montesinos. Por lo pronto diremos que su recorrido por Micropiezas para dos guitarras fue magistral. Y como dato curioso añadiremos que su estreno aconteció en un recital de Leo y Ortega en 1957 en el Lyceum (hoy Casa de Cultura de Plaza), cuando ambos eran muy jóvenes y desconocidos. No tenían mucho repertorio montado y apenas dinero para comprar partituras. De manera que se inventaron el repertorio y atribuyeron las Micropiezas a un tal Raoul Petit. Un crítico de la época, buena gente pero con ínfulas eruditas, afirmó entonces que el inexistente Petit, daba muestras de superación con esa partitura.

Dos suculentos platos fueron servidos durante la jornada: el estreno, al fin, de la Sonata para violín, de Brouwer, y el Noneto a Cummings, también de su autoría. En 1960, como ejercicio de composición, Leo, que exploraba otros instrumentos, escribió un primer movimiento de sonata y lo dejó dormir. Uno de los más calificados violinistas cubanos, Alfredo Muñoz, lo interpretó repetidamente y con éxito en los años 70. Retomó la partitura en el 2008 y la completó, con motivos extraídos de su Concierto para violín. ¿Resultado? Una de las piezas más vigorosas para violín solo en lo que va de siglo XXI. Y quién mejor para interpretarla que el maestro español Manuel Guillén, virtuoso del instrumento e inteligente y apasionado conocedor de la poética de Leo.

El otro instante climático lo aportó el propio compositor al frente de un cuarteto de cuerdas procedente de la Orquesta de Cámara de La Habana y el quinteto de vientos Santa Cecilia para la primera audición nacional del noneto evocador de una formación que hizo época en Praga hacia la medianía de la pasada centuria. Edgar Estlin Cummings (1894 – 1962), o simplemente e.e. cummings, en minúscula según la tipografía de las tapas de sus libros, como señal propiciatoria, simboliza el atrevimiento en las metáforas de un poeta norteamericano fuera de serie, evocado siempre por composiciones tan sugestivas como Chansons Inocentes y Algún lugar al que nunca viajé. Reciclándose y reinventándose a sí mismo, con ingenio, ironía, sutileza y pasión, el Brouwer que aquí suena muestra otra piedra angular en ese paisaje cubano con música que se proyecta hacia el infinito como una espiral eterna.

 

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