Leo
Brouwer es sencillamente inagotable. Las jornadas del III Festival
de Música de Cámara que acaba de poner en marcha en la Basílica de
San Francisco movilizan fervores y electrizan el ambiente musical de
la capital a base de descubrimientos, sorpresas, confirmaciones y
novedades sin cuento. La jornada sabatina, rotulada sugestivamente
Un holandés errante, sacó a relucir partituras esenciales y
encumbró a intérpretes de sobrados méritos.
La referencia al gentilicio de los Países Bajos, vino por partida
doble: el homenaje a Hubert de Blanck —también se reconoció a los
colectivos del Museo Nacional de la Música y de la Basílica por sus
conmemoraciones aniversarias— y la propia ascendencia de Leo, cuyo
abuelo provino del país europeo y, como él mismo suele decir, "quedó
prendado de la hermosura de una mestiza".
De Blanck (1856 – 1932) se instaló en Cuba y fundó uno de los más
prestigiosos conservatorios de la Isla. Heredero de la tradición
romántica tardía europea —piénsese en César Franck, como observó el
músico Orlando Vistel—, escribió interesantes partituras, como la
del Quinteto para cuarteto de cuerdas y piano, de 1914,
atesorada por el Museo Nacional de la Música y en estado virginal
hasta la audición de este Festival. Aunque dispuesta en dos
movimientos, en realidad, de acuerdo con el atinado juicio del
maestro Jesús Ortega, cumple estructuralmente con los principios de
la sonata del siglo XIX, pues se hacen evidentes cuatro partes de
dinámicas alternadas, con rondó incluido. Lisette Jorge y Liana
Fuentes (violines), Norma Ferrer (viola), Isabel Paula García
(cello) y Karla Martínez (piano), sacaron adelante con decoro la
partitura.
Con Leo siempre la guitarra ocupará, de un modo u otro, un plano
protagónico. Quiso esta vez, sin embargo, que en un primer momento
sus obras para guitarra Preludios epigramáticos y Una
idea: passagaglia para Eli, se rebautizaran en las aguas del
jordán de los orígenes: tiorba, laúd, guitarra barroca, cordófonos
de una era primigenia, interpretados por Aland López, experto mayor
de esas lides en Cuba.
Luego la defensa del repertorio brouweriano corrió por cuenta de
un dúo del que tendremos que hablar en nota aparte: el cubano Marcos
Tamayo y la española Anabel Montesinos. Por lo pronto diremos que su
recorrido por Micropiezas para dos guitarras fue magistral. Y
como dato curioso añadiremos que su estreno aconteció en un recital
de Leo y Ortega en 1957 en el Lyceum (hoy Casa de Cultura de Plaza),
cuando ambos eran muy jóvenes y desconocidos. No tenían mucho
repertorio montado y apenas dinero para comprar partituras. De
manera que se inventaron el repertorio y atribuyeron las
Micropiezas a un tal Raoul Petit. Un crítico de la época, buena
gente pero con ínfulas eruditas, afirmó entonces que el inexistente
Petit, daba muestras de superación con esa partitura.
Dos suculentos platos fueron servidos durante la jornada: el
estreno, al fin, de la Sonata para violín, de Brouwer, y el
Noneto a Cummings, también de su autoría. En 1960, como
ejercicio de composición, Leo, que exploraba otros instrumentos,
escribió un primer movimiento de sonata y lo dejó dormir. Uno de los
más calificados violinistas cubanos, Alfredo Muñoz, lo interpretó
repetidamente y con éxito en los años 70. Retomó la partitura en el
2008 y la completó, con motivos extraídos de su Concierto para
violín. ¿Resultado? Una de las piezas más vigorosas para violín
solo en lo que va de siglo XXI. Y quién mejor para interpretarla que
el maestro español Manuel Guillén, virtuoso del instrumento e
inteligente y apasionado conocedor de la poética de Leo.
El otro instante climático lo aportó el propio compositor al
frente de un cuarteto de cuerdas procedente de la Orquesta de Cámara
de La Habana y el quinteto de vientos Santa Cecilia para la primera
audición nacional del noneto evocador de una formación que hizo
época en Praga hacia la medianía de la pasada centuria. Edgar Estlin
Cummings (1894 – 1962), o simplemente e.e. cummings, en minúscula
según la tipografía de las tapas de sus libros, como señal
propiciatoria, simboliza el atrevimiento en las metáforas de un
poeta norteamericano fuera de serie, evocado siempre por
composiciones tan sugestivas como Chansons Inocentes y
Algún lugar al que nunca viajé. Reciclándose y reinventándose a
sí mismo, con ingenio, ironía, sutileza y pasión, el Brouwer que
aquí suena muestra otra piedra angular en ese paisaje cubano con
música que se proyecta hacia el infinito como una espiral eterna.